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técnicos en Armilla         

 

el relato de la guía turística

 

HISTORIA DE LA HIJA DEL SEPULTURERO

 

 

Vivíamos al lado del cementerio. Nuestra casa estaba en una cuesta al cruzar la carretera, donde todo era verde y, entre los montes, a lo lejos, se veía el mar. Apenas pasaban coches por aquel camino y mi padre se había quedado sin trabajo.

Nadie vivía en Armilla, salvo algunas mujeres jóvenes producto de la mente de un poeta, que cantaban sin cesar por las mañanas a las que acompañaban un censo impreciso de seres imaginarios, inventados por la fantasía de un narrador de cuentos. Eso tenía la ventaja de que la gente tampoco se moría, ni siquiera un poco.

Pero, de vez en cuando, sí que acudían visitantes para recorrer sus arroyos profundos, sus cañerías que allí dibujan las casas desaparecidas y para buscar las ninfas y las náyades que recorren su leyenda.

Por eso yo, hija única de un sepulturero en paro, huérfana de madre, y con necesidad de ganarme la vida de alguna manera honrada, no pudiendo heredar, por lo que he dicho, la profesión de mi padre, decidí hacerme guía turística.

Así le conocí. Me contrató porque necesitaba a alguien que le guiase por los vericuetos de Armilla. Como todo el mundo sabe, el hecho de que la ciudad sea tenue y no tenga paredes, ni techos, ni pavimentos, causa enormes problemas de orientación para un forastero. Aquí todas las referencias se pierden, al llegar se entra en un mundo vago en el que todo es posible, incluso perderse entre dos espejos de agua.

Este turista, era espeleólogo y venía buscando una cueva profunda y oscura en la montaña cercana. Los lagos de esa cueva, quietos, callados, ocultos, guardaban el secreto del agua de Armilla. Eran, según decía, el origen de todas las fuentes que regaban la ciudad.

Enseguida me enamoró de él, que sus ojos brillaran con la misma luz que la lamparita que llevaba siempre encendida, pegada en la frente, con una cinta roja. Al acostarme, el día que le conocí, no lograba recordar el color de sus ojos, pero sí aquel fulgor, la intensidad de su mirada y el entusiasmo con el que hablaba de su cueva perdida.

Juntos recorrimos durante días bajo el sol, las duchas, los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras de los que habló aquel poeta loco, sin encontrar la cueva mágica que nos revelaría tantos secretos.

De pronto, mi oído me proporcionó la clave. El ruido seco de la pala de mi padre hiriendo la hierba, abriendo agujeros en la pradera cercana a mi casa y, más tarde, la música lenta de la tierra cayendo sobre las cajas, cada vez que alguien moría, me habían enseñado, desde pequeña, que cualquier sonido, incluso el más pequeño, es un lenguaje que solo necesita para expresarse que alguien lo escuche. Y que también el silencio lo es.

Por eso descubrí, sin saber como, que sólo había que seguir, para encontrar la cueva, la huella del canto de las mujeres jóvenes que desde siempre habitan en la ciudad, como en un sueño. Ellas, hechas también de agua, nos guiarían al origen del surtidor que daba vida a tantas quimeras.

Así que subimos juntos por la montaña luminosa, cuando en la tarde se volvió azul y del canto de las ninfas, ya cansadas, apenas se oía un murmullo. Y allí estaba. Detrás de un roca, en el mismo corazón del bosque, encontramos la entrada a la cueva soñada que, iluminada por la lamparilla, nos enseñó las aguas que alimentaban la ciudad.

En ese viaje hacia arriba y hacia lo más profundo, yo encontré el camino del alma de mi acompañante, también llena de hilos de agua y rebosante de ternura. Y ahora yo, la hija del sepulturero, soy además de guía turística, mujer de un espeleólogo. Él ha sido hasta ahora, mi mejor cliente. Esta historia, gracias a mi oído, terminó bien y seguro que quien conozca el relato querrá venir a conocernos. Eso nos traerá nuevos turistas. Yo ya estoy preparada.

 

 

María Tena es guía turística en Armilla

 

 

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