Sí,
en Armilla existió un periódico. Es obvio por qué
desapareció: nadie lo compraba ni lo leía; las noticias
eran repetitivas y fugaces Yo trabajaba como fotógrafo
para aquel periódico. Hacía fotos que acompañaban
a titulares como "Escape de agua en tal calle" o "Una mujer sufre
magulladuras al resbalar en la bañera". Frente a aquellas
noticias insignificantes, las fotos ocupaban cada vez más
espacio, empujaban las palabras hacia los márgenes, ganando
en tamaño y detalles. Puedo parecer poco humilde al contar
esto, pero me esforcé tanto en que cada encuadre revelara
una nueva cara de Armilla y sus habitantes, que no había
mancha de humedad, postura, reflejo que se me escapara. El periódico
cerró, pero yo seguí con aquel obsesivo rastreo.
No era belleza lo que buscaba, sino la hilazón perfecta,
invisible, entre habitantes y paisaje; sus ecos mudos.
El
gesto concentrado –casi lunático- de una niña bajo
la ducha se repetía días después en el rostro
de una mujer a punto de envejecer frente al espejo; una gota de
agua deslizándose por una espalda contenía el arcoiris,
igual que el pequeño charco que la esperaba sobre las baldosas.
La rodilla de una mujer en la bañera se curvaba dibujando
el mismo arco que el grifo de plata que vela su baño.
Tras
años de práctica, aprendí a ver relaciones
más indirectas, más frágiles: sobre el papel
satinado, las mujeres de Armilla escribían poemas y dibujaban
metáforas: una mujer llovía; otra giraba y se revolvía,
remolino en una corriente; aquella, humilde, se evaporaba; esta
iba y venía como una ola tranquila; una más, se
estremecía igual que la piel de un lago bajo el viento.
Las
tuberías no quedaban ajenas a este llamarse unas cosas
a otras: una se estiraba hacia el cielo como una mujer con los
brazos extendidos; otras daban vueltas como borrachas; algunas
se doblaban como una niña que se agacha para pintarse las
uñas.
Para
cada foto, cada gesto era un universo. Cada movimiento generaba
armónicos que se multiplican hasta el infinito. Mis fotos
demuestran que el infinito es redondo y tan pequeño como
un iris. Y que en su circunferencia rebotan los hechos para volver
al centro y que en ese camino van despojándose de atributos,
para que el brillo de una gota estancada en un ombligo, o la supuración
lenta de una cañería, sean, finalmente, brillo y
nada más que brillo.
Pero
como todo universo es imperfecto y siempre hay algo que escapa
a su ley, para que siga creciendo, hubo cosas que no pude retratar:
los cantos de las mujeres de Armilla, que son como encajes extendidos
al sol. O los sonidos guturales de las cañerías
al amanecer, después de las noches de inactividad, como
gargantas aclarándose, preparándose para un nuevo
día. La cara oculta de un perfil, el cuerpo hundido bajo
la espuma, los túneles inéditos de las tuberías.
Eso es lo que me mantiene atado a Armilla. Lo que queda escondido,
incógnito, solo; lo que no tiene reflejo ni eco