Cómicos Comerciantes Diletantes
Militares
Espiritualistas
Proletarios
Administración
Técnicos
Músico Rapsoda Música Guitarrista Funambulista Acróbata Prostituta Marchante Cortesana Bodeguera Iconoclasta Vagabundo Roca Pintora Perro Mendigo Escultor Diletante Conspirador Asesino Soldado Policía Policía Gurdián del aljibe Guerrero Alguacil Párroco Inquisidora Agua Facilitador de sueños Curandera Ángel Barquero Vaciador Talabartero Llenador de barriles Ama de casa Barquero Bibliotecario Contable Juez Oidor de aguas Registrador de aguas Ingeniero Vascular Guía Turística Geógrafa Fotógrafa Fontanero Farmacéutica Farmacéutica Deatascador Deatascador Clepsidrero Cirujano Bombero Anestesista Músico Rapsoda Música Guitarrista Funambulista Acróbata Prostituta Marchante Cortesana Bodeguera Iconoclasta Vagabundo Roca Pintora Perro Mendigo Escultor Diletante Conspirador Asesino Soldado Policía Policía Gurdián del aljibe Guerrero Alguacil Párroco Inquisidora Facilitador de sueños Curandera Ángel Vaciador Talabartero Llenador de barriles Ama de casa Barquero Bibliotecario Contable Juez Oidor de aguas Registrador de aguas Ingeniero Vascular Guía Turística Geógrafa Fotógrafa Fontanero Farmacéutica Farmacéutica Deatascador Deatascador Clepsidrero Cirujano Bombero Anestesista
técnicos en Armilla         

 

el relato del desatascador

 

"Armilla es una maravilla". Así reza el ridículo rótulo publicitario con que la propaganda del Estado promociona nuestra ciudad entre ustedes, los lectores, incautos viajeros por el país de los libros. Pero, créanme, Armilla es una cloaca en el aire, adornada por el prestigio de náyades y ninfas, que a su vez gozan de la fama que otorgan las mitologías. Se lo digo yo, un desatascador de este miserable laberinto de tuberías, hijo y nieto de desatascadores, que ve la realidad tal cual es y no bajo los efectos del sol prestidigitador que todo lo embellece con su mano de oro. "En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas…", escribe el publicista del Estado, y ustedes, al leer, dicen embaucados "Oh, Armilla", con los ojos en blanco y la boca boba. Pero yo, que me paso por el forro los rayos del sol, digo " Una mierda Armilla".

Cuando ustedes quieran conocer de verdad un lugar, no acudan a las guías oficiales, hablen con sus gentes, con el pueblo de a pie, o mejor, con el pueblo que se arrastra, y del cual yo soy uno de sus representantes, no sé si digno. Quizá los fontaneros les propongan una visión más alegre, muy distinta de la mía, al fin y al cabo ellos trabajan en la superficie ensamblando tuberías, soldando aquí y allá, instalando grifos y baños. También muy distinta será la opinión de los constructores de fuentes y estanques, que constantemente reciben en la espalda la palmadita del político de turno, quien, para justificar sus inversiones en la ciudad, nos abruma con chorritos saltarines y multicolores, algunos de ellos con música y todo, y pececillos estancados nostálgicos de mar. Pero nosotros, los desatacadores, no somos tan optimistas. Sabemos que Armilla es sólo un submundo de esa otra ciudad a la que abastece de agua. Una ciudad de amplias avenidas y altos rascacielos, de parques e hipermercados, cuyos ciudadanos tienen el privilegio de gozar del agua, y hasta de derrocharla, con sólo mover la mano pusilánime, porque se olvidan de que otras ciudades carecen de su Armilla nutricia, ciudades fantasmales con la piel árida del paisaje ya cuarteada, y con niños de vientre hinchado y ojos adultos y profundos como pozos secos.

Pero Armilla, no lo olviden, es una ciudad en decadencia. Los desatascadores limpiamos día y noche el laberinto de tuberías de las inmundicias y cachivaches que arroja la ciudad a la que servimos. Aunque este exceso de trabajo no debe llevarnos a engaño, pues muy pronto nuestra tarea será inútil, porque ya por las tuberías circula un caudal exiguo y contaminado, y las diosas de las aguas, que ya no lucen la lozanía de antaño, realizan sus juegos de agua en el vacío, como simulacros de locas redundantes. Y cercano está el día en que, ausente la melodía del agua, se instale el viento en las tuberías, arrancándoles un lamento de casa deshabitada.

Sí, muy pronto nuestro trabajo será inútil, cuando la ciudad a la que abastecemos se parezca a aquellas otras ciudades que, sin la memoria del agua, se desvanecen en el olvido.

 

 

Eloy Serrano Barroso es desatascador en Armilla

 


 

Ir arriba
técnicos comerciantes cómicos diletantes espiritualistas militares proletarios Administradores
Ir arriba