LA
MEMORIA DEL AGUA
Recuerdo
Armilla como un extraño don innecesario, como una babel
incrédula y tocada por su destino de ciudad inconclusa.
A
las seis de la mañana emprendíamos la jornada de
duro trabajo. El lugar, un paraíso donde el agua florecía
por doquier, donde los manantiales y ríos subterráneos
esparcían su líquido y fresco contenido caprichosamente,
entre un bosque casi virginal, lleno de vida y sonidos misteriosos
y embaucadores.
El
primer día sentí como un dolor punzante en el pecho,
como aquella angina que casi acaba conmigo, pero de distinto significado.
¡Tanta belleza se desprendía por aquel valle!, ¡tanto ir
y venir de aguas transparentes!, y aquel jolgorio de trinos y
de vuelos. ¿Cómo pretender construir allí una ciudad?,
¿cómo romper aquel regalo divino con la osada presencia
del hombre?.
Los
arquitectos e ingenieros no descansaban de dar órdenes
todo el día. Se reunían de continuo, discutían,
se enojaban con cualquiera por la lentitud de las obras, y es
que era muy difícil trabajar en aquellas condiciones, abrir
cualquier agujero en la tierra era dar un nuevo camino al agua.
Taponar de continuo los caudales fríos que nos mantenían
húmedos constantemente, supuso, con mucho, la peor de las
labores.
Recuerdo
el orgullo con que aquellos hombres de traje oscuro se felicitaban
del éxito, se congratulaban de haber construido la ciudad
más hermosa en el lugar más hermosos de la tierra.
Armilla, decían, era el ejemplo del control que el hombre
ya ejercía sobre la naturaleza. Y todos nos dispusimos
para habitar aquel imperio de agua ultrajado.
Durante
los años de construcción había adquirido
un cierto apego a tanta humedad. De tal forma que decidí
instalarme como fontanero, ¿qué mejor oficio que ese para
no perder mi contacto con el agua?, ¿no había estado cortando
siempre su enfurecido devenir?, pues ese era el trabajo que ocuparía
el resto de mi vida, de la poca vida que me quedaba.
Cuando
empezaron a aparecer los primeros signos, cuando comenzó
a cundir el temor y la desconfianza en la gente, cuando el cemento
y la piedra cedían ya ante el empuje del agua, cuando los
primeros habitantes de Armilla emprendieron la huida, entonces,
sólo entonces, supe, definitivamente, que el agua vencería,
que su creciente revolución destronaría al hombre
de su estúpido pedestal de creador, de su inconsciente
osadía.
Ahora,
solo en este bosque de tuberías y grifos, en este paisaje
de aguas eternas, en donde espero que algún día
se acabe mi tiempo, distingo en la altura cualquier fuga, cualquier
rotura o desajuste, y escalo, asciendo, vuelo hasta la inmutable
herida transparente, y corto, tapo, aprieto, sueldo, lucho contra
el descontrol, y no siempre venzo. Pero siempre me espera el agua,
se ríe de mi inmutable empeño, juega con mi desafío
inoportuno, y ando siempre en la humedad y en las alturas, dispuesto
a derrotar al agua de esta ciudad fantasma, o de morir en el empeño.
No tengo otra necesidad ni otro destino mejor. Vivo en Armilla,
la ciudad del agua, ¿o es ella la que vive en mi?.
Algún
día llegaran ninfas y náyades dispuestas a habitar
las sinuosas calles de agua de mi ciudad, y no estaré ya
aquí, no estará mi cuerpo ufanado en reparaciones,
pero estaré inerte sobre los andamios de cobre, en las
colgadas bañeras, en los grifos que brillan bajo el sol,
estaré para entregarme, agua ya, humedad, río, fuente,
catarata