LA
FAMILIA DE ACRÓBATAS
Llegamos,
saltimbanquis, a esta Armilla. La hallamos como hallamos a cualquier
otra ciudad: apareció ante nosotros.
(Somos
una familia de viajeros. Ganamos nuestra errancia con nuestros
cuerpos, que hemos endurecido y aligerado desde nuestra primera
infancia para que puedan efectuar toda suerte de saltos y piruetas,
llenos de riesgo y de belleza, para que los otros hombres y mujeres,
pesados, obsesos, siempre más cercanos a la tierra a la
que todos hemos de volver, se imaginen como nosotros: más
livianos, más del aire que perdura.)
Llegamos,
como digo, y no es la primera ciudad extraña con la que
damos, nada de eso: hemos estado en Octavia, en Raísa,
en la temiible Procopia, en Rosita, la tenue, la de albúmina
y aromas. Pero nada habíamos visto como esa floración
de tubos verticales, horizontales, siempre bifurcándose
y reuniéndose en ángulos rectos, siempre hacia arriba,
siempre más y más lejos, dibujando paredes, columnas,
casas, edificios que no están allí, como las venas
y arterias de un cuerpo que se hubiese marchado, puntuadas apenas
por fregaderos, lavamanos, grifos como flores y frutas de árboles
mecánicos. Nos quedamos mudos: todos, desde Javier el más
viejo, primero de nosotros, hasta Sonia segunda, que sólo
tiene tres años, y que despertó de la modorra del
viaje con visión semejante, en brazos de su madre, y pensó
que aún soñaba.
Pero
luego vimos a las señoritas: en las tinas, de pie en los
lavabos, sentadas en bidets e inodoros, precariamente asidas de
tes y eles y cruces por todas partes, mirándonos, curiosas.
Y,
cuando alguien nos mira, por supuesto que sabemos cómo
actuar, quién ha de dar el anuncio, quién pone la
música, quiénes forman la primera pirámide
humana, muy vistosa y llamativa, pero no lo mejor de nuestro repertorio,
por supuesto (conocemos nuestro oficio).
Alana
y Carlos trepan a brazo limpio de una planta baja a un segundo
piso. Gerardo y Mayra bajan, al mismo tiempo, del tercero al primero,
cabeza abajo. Los dos pares se encuentran y se cruzan. Javier
y Javier segundo, su hijo, toman a Javier tercero, que es tan
flexible, y lo enredan en un tubo, lo anudan y desanudan, juegan
a que es una cuenta de ábaco en un tubo transverso. Entre
otros dos más, elevados, paralelos, Sonia grande salta
y hace cabriolas y volteretas. Daniel corre de puntas a cinco
pisos de altura, se para en el dedo gordo del pie derecho, gira,
una, dos, tres veces, vuelve sobre sus pasos, finge que va a caer
y cae, claro, pero se agarra en el último momento, y su
propia caída se vuelve impulso ascendente, triunfal…
Todas
las señoritas aplauden, jubilosas, y entonces comenzamos
la Gran Pirámide: toda la compañía, de Javier
el más viejo a Sonia segunda, que tiene tres años,
todos del menos a la más ligera, unos sobre otros trepamos
como si la gravedad no existiera, como si no tomáramos
impulso, vamos montando la base de abuelos, la parte media de
los padres, la cúspide brillante de los más jóvenes,
y hasta arriba, sola, Sonia segunda, que trastabilla ligeramente,
vacila, es natural, es parte de su encanto, y roza apenas un tubo
horizontal para no perder el equilibrio.
Y
el tubo se rompe, no se sabe por qué ley de la física
o los metales, y se abre un espacio vacío entre sus mitades,
y el agua a presión de las tuberías inacabables
de Armilla se ve impelida, de pronto, tampoco se sabe por qué
reglas inexorables, a esa conexión rota, sobre todos nosotros,
y sale con la forma de un chorro potentísimo, un surtidor,
una lluvia que cae gozosa sobre nuestros padres, nuestros, hijos,
y nos baña en la plenitud de nuestro arte, y atrapa el
sol y nos pinta con reflejos innumerables, nos ilumina para alegría
de las señoritas, que aplauden y silban y gritan como locas.