FULGOR
ABISAL
Lo
único triste de esta vida bajo el agua es que nunca llueve.
Pero compensa, una vez te has acostumbrado a los labios de las
oceánidas. No recordamos nada del otro lado, y debe ser
porque aquella realidad no era más que una sombra perversa.
¡Cómo brillaba bajo el sol, con su viento y su relieve
silbando en cada poro! Allí temíamos morir ahogados,
por el polvo o el gas, por el agua de un glaciar, pero nos dejábamos
perder por un beso. El amor era lo único que nos acercaba
a la verdad, aunque tan brevemente que luchábamos por volver
a la superficie a respirar las sombras.
Y cómo ignorábamos que el aire nos abría
en la carne heridas, igual que una tormenta se lleva del acantilado
siglos de podredumbre. Y el sudor, y la sed, cómo sufríamos,
cómo el corazón se desbocaba y la boca se nos rompía
para no perder aire, y ganábamos así batallas de
supervivencia. Pero eran cruentas. La sangre, creíamos,
era la vida, y no fue sino la más brillante de las sombras.Que
nunca nadie supiera explicarnos de dónde veníamos
ni a dónde iríamos. Que ni siquiera ese fluido mágico
del beso, que nos hacía serpientes, nos abriese los ojos.
No haber intuido en las lenguas, en las lágrimas, en las
espaldas del sexo que éramos agua. Que nadie hubiese intuido
la bondad de la luz que aquí abajo recibimos como perlas,
porque la luz es bella sólo cuando titila por sorpresa.
Dicen que hay un prado de hielo inquebrantable conteniendo las
aguas. Al otro lado ya no hay luz, ni silbidos, ni sombras, ni
estrellas. Los vivos miraron hacia el infinito demasiado tiempo,
y mientras desaparecieron los bosques y las sierras. Nadie más
puede entrar ni salir de nuestra inmensa bola líquida.
Los besos no nos cansan, y cuando nos rozamos se ilumina la piel
con fulgor abisal.