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Cómicos en Armilla             acróbata ·funambulista ·guitarrista · músico I · músico II · rapsoda

 

el relato del rapsoda

 

ELLA (ELLAS) Y MIS DESEOS

 

 

I

Al ver a la ciudad asomada al balcón de una distancia que no puedo medir, me admira su vagancia de perfiles absolutos y disfruto con su respiración abierta que siento pese a la misma lejanía. En fin, lo dijo quien lo dijo: "Parece que los fontaneros terminaron su trabajo y se fueron antes de que llegaran los albañiles". Tal vez no pretendían levantar ningún edificio en esta ciudad. Igual que nadie programa los sueños que nos toman por asalto ni los fantasmas que nos persiguen.

Quisiera que mis pasos me vayan descubriendo lo que soy. Buscar a cuenta de cualquier riesgo. Pero sólo sumo frustraciones. Ahora me siento extraño. Pesadamente ligero, como diría mi abuela, cada vez más, a medida que voy acercándome a esa ciudad donde pareciera que el agua ha sido obligada a seguir ciertos destinos encerrados y a soñar en concierto con un agujero por donde salir. Instintivamente me identificó con ella sin conocerla. Es una selva de tubos, me había adelantado un amigo al desearme suerte en mi intento; una selva de tubos y de mujeres, una ciudad rara. Aclaró que se la podía admirar desde lejos: no aceptaban turistas en ninguna época del año; consideraban al turismo una peste. Yo estaba apestado, pero por el desempleo. Estaba a punto de delirar si se prolongaba mi desesperanza; había durado demasiado.

II

Se baña y canta en las mañanas. Como todas ellas. Ellas, las ninfas. Pero Cassandrina es única: su cuerpo está hecho de lluvia. Tiene la mirada del mar en el ocaso, ella, la única... Mientras avanzaba, para ir practicando, no se me ocurría otra cosa más que inventar una mujer hecha de una lluvia fina que cuando abraza moja de sueños y deseos. Una mujer en la que quisiera perderme para encontrarme poblado de horizontes.

Aquel clasificado había marcado mi decisión; lo publicaron arrinconado, con letra de pulgas, y al leerlo sentí un ramalazo de nostalgia sin recordar los motivos. Cuando llegué al cartel en la ruta, después de que el coche había amenazado dos veces con un motor en huelga, ya la humedad del entorno había perturbado el recorte de papel que llevaba en el bolsillo. Despotriqué de la mala calidad de la tinta, mientras leía otra vez el clasificado, como si necesitara darme ánimo. Una frase aún se mantenía sin borronearse: «... urgente un rapsoda para Armilla, exlusivamente en la fecha...». Allí, junto al cartel, sin saber cómo presentarme, quién me recibiría ni qué me preguntaría, titubeé. ¿Podré convencer a mi presunto empleador? ¿O lo correcto sería hablar de empleadora?

«ARMILLA, ciudad tenue», decía el cartel en la ruta: «Acercarse a pie hasta el límite. Prohibido el turismo». En letra irregular, junto al borde inferior, leí: «Si sabe cómo, y es el rapsoda, entre. Siga siete baldes, derecho, luego un paso corto a la izquierda».

El estrambótico aviso me desestabilizó los impulsos. Alguien quiso hacerse el gracioso, pensé, aunque veía un balde vacío junto a la señalización. Un solo balde. Maldije mi suerte, ¡vaya comienzo burlesco! ¿Siete baldes de qué y cómo? Después de cavilar durante un rato, con desesperación agarré el cubo. Eché a caminar mientras lo llenaba con sueños de todas las edades y de varios fuertes encontronazos que me enseñaron lecciones de fiereza y desamor. También colé algunas vivencias inefables y muchas canciones atadas a mi biografía. Cada vez que sentía que estaba lleno, me vaciaba el cubo encima, enumeraba y miraba hacia donde se alzaba Armilla, allá en el horizonte; y seguía caminando.

Me costó un extraordinario esfuerzo llenar los dos primeros baldes; con el segundo me balanceé al filo de abandonar mi empeño. La ciudad se veía inalcanzable. Yo me movía y ella parecía estar en el mismo sitio, esperándome, cansada de esperar. Su oficio es ser una bruja, me dije. Por momentos, la notaba borrosa, como si reverberara en la neblina; pensar que la perdía tironeaba mis nervios y aceleraba mis movimientos. Seguí caminando recordando que el siete, para los egipcios, era símbolo de la vida eterna: el número del ciclo completo, la perfección dinámica. Aparece en innumerables tradiciones griegas, y siete son los emblemas de Buda como siete las vueltas de las circumambulaciones de La Meca. Registré en mi memoria que se habla de los siete sentidos esotéricos del Corán y de los siete centros sutiles del yoga; que el número frecuenta la Biblia, es la clave del Apocalipsis y emerge del sello de Salomón. Casi universalmente, representa una totalidad en movimiento: la totalidad del espacio y del tiempo, por la asociación del cuatro, que simboliza la tierra, y el tres, símbolo del cielo.

Enumeré el séptimo cubo, ansioso, y estuve a punto de llorar. Tan esquiva se veía ella. Pero recordé que tenía que dar un paso a la izquierda, lo hice y, de súbito, desarticulando las leyes de la óptica, quedó ciega la distancia: la ciudad se alzó delante de mí, un primer plano impresionante. Desconcertado, entré por una vasta plaza donde las voces del agua jugaban con mis reflejos. Ignoro cómo, pero percibí su asombro en el temblor de ciertos detalles: cien grifos se abrieron al unísono sin vajilla para limpiar; cien duchas parpadearon ante la ausencia de cuerpos; cien inodoros descargaron la nada. «Cien, cien, cien». Me lo susurraba una voz que parecía provenir de cualquier parte. Y luego se hizo un espeso silencio. Un silencio que tenía la tersura de quien espera la realidad de un misterio. «Llegaste, llegaste, llegaste». Susurraba la misma voz. Después escuché la gotera. Y otra, y otra. Y otra más. En un instante las goteras se adueñaron del ambiente sonoro. Supe que yo había llegado en el momento de la rebelión y me pregunté si era coincidencia o si mi entrada catalizaba factores desconocidos; y supe que el agua no quería ser cazada por la rutina en aquella selva de tubos. La excitación del agua me sobresaltaba deliciosamente. Era una hechicera.

¿Y si averiguo si necesitan un fontanero? Estaba sopesando esa posibilidad cuando, de pronto, me tocaron el hombro; estaba junto a mí: era ella, y supe, inexplicablemente, su nombre.

«Necesitamos un rapsoda que abra nuestras fuentes más secretas; yo, en especial, me he sentido muy seca durante demasiado tiempo. Al fin llegaste». Su voz me sonaba a piel entibiada por caricias largamente amasadas por el sueño.

Ante mi perplejidad, sonrió. Le respondí con un tono desalentador, por temor a la derrota: «Es imposible, no soy verdaderamente un rapsoda, sólo un desempleado desesperado. Y tú eres imposible, no puede haber una mujer de lluvia».

Cassandrina rasgó su sonrisa al replicarme con pasión: «¿Imposible? Es un vulgar tic nervioso de la existencia. Sinónimo de mentira y de cobardía. Acaso sea la destreza que exhibe el tiempo al desgastarnos mientras nos promete un baúl de maravillas y nos esconde la llave. ¡Seamos más diestros! ¡Más audaces! Imposible, ay, nombre que merece la falta de deseos, si realmente fuese cierto que dejan de manar los deseos. Te necesitamos. Yo te presentía, y tú llegaste».

Pensé que esperaba mucho de mí. Pero me miró como nadie jamás me había mirado, y vislumbré presagios: «Nos estábamos debilitando en una melancolía que aniquilaba nuestra esencia de agua: vida, purificación, regeneración. Danos tu palabra. Canta las maravillas de esta ciudad, libérala con tus versos, libéranos. Engrandece nuestro misterio, ayúdanos a descubrirnos otros mundos y sensaciones... Eres el rapsoda y sabes cómo hacerlo. ¿Te negarías a fecundarnos?».

Aun teniendo mis sentidos devastados, hubiera percibido la oportunidad que me ofrecía. Siempre se ha dicho que el agua es la infinidad de lo posible. El peligro está dentro de lo posible. Y los riesgos. Podía considerarme un elegido, y ella me miraba de una forma tal que caí rendido a sus pies. Sentí que yo tenía mucho para verter. Que todos los caños de la ciudad iban a sacudirse de sus rutas pautadas. De pronto, para mí sorpresa, otras ninfas se aproximaron. Eran incontables. Cuando estaban a poco del borde de mi tacto desaparecieron tras unas cortinas de agua verde que brotaron del piso protegiendo nuestra intimidad: quedamos solos, Cassandrina y yo. Había un silencio preñado de abrazos. Creí soñar cuando se tendió a mi lado y me llenó para desbordarme. En el apogeo, imaginé que todas ellas estaban allí conmigo, todas a la vez. Cualquier detalle envejecería junto a lo que fue aquel momento eternamente joven; sólo recuerdo que había mucha espuma. Mucha. Cuando desperté, amanecía. Estaba solo, sintiéndome como un hombre nuevo. Las goteras celebraban mi presencia, y en la mano izquierda tenía un papel con varios sellos y firmas; reconocí en una la mía: tengo oficialmente el oficio de rapsoda en Armilla.

III

Soy rapsoda con un contrato cuya duración está en mis manos. O en mis deseos. ¿Nada más que en esta ciudad? Titubeo un pestañazo. Siento el alma del agua a mi alcance. Que la he despertado de su melancolía. Que de algún modo mi oficio es ser su amante. ¿Cuánto tiempo en Armilla? Qué importa. Lo imposible servirá para marcar mis futuras rutas. Me he descubierto como un hombre lleno de deseos...

Se baña y canta en las mañanas. Como todas ellas. Ellas, las ninfas. Pero Cassandrina es única: su cuerpo está hecho de lluvia. Tiene la mirada del mar en el ocaso, ella, la única. Sus cabellos parecen salir del surtidor de una fuente y la espuma se esparce desde su nuca y su garganta por la espalda y por los pechos; su marcha gana en lentitud cuando desciende del vientre y de la baja espalda, allí donde se vuelve un manojo de estrellas fugaces, y yo pido un deseo. Después, la espuma se abandona hasta sus tobillos. Cassandrina almacena un universo de besos y sonrisas. Está hecha para mojar y ser amada. Tengo que hacer que las palabras no se deshojen antes de rozarla. Tengo que hacer una lengua para ella, y secretearla sobre su boca.

Entusiasmado, la espío mientras canta las palabras que le regalé: Cassandrina se viste de mañana con la mansedumbre de la noche despeinando un largo cansancio. Se baña y canta, como todas ellas, pero sólo Cassandrina me hace creer en los deseos.

 

 

Rosa Elvira Pelaez, es rapsoda en Armilla

 

 


 

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