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Cómicos en Armilla            acróbata ·funambulista ·guitarrista · músico I · músico II · rapsoda

 

el relato del funambulista

 

 

EN EL EQUILIBRIO

 

 

Supe del funambulista por vez primera, una madrugada de abril en la que lo hallé suspendido sobre una de la miles de gotas de rocío con las que la mañana regala la flor del nenúfar. Su rostro dotado de una vaga intensidad contenida parecía serenarse en los lejanos horizontes de los desiertos que rodean Armilla. Más tarde, sentados frente a un vaso del vino ligero y generoso que se sirve en las tabernas, el funambulista me hablo del agua, de las largas horas en equilibrio tenso sobre un solo cabello de las ninfas que habitan el lejano mar de Astenos. O del doloroso entrenamiento en las frías horas en las que las brumas oceánicas forman miriadas de gotas microscópicas que a modo de pedestal son usadas para permanecer en el aire todo el tiempo que permite la brisa de los mortecinos amaneceres del invierno.

El funambulista supo de Armilla en alguna taberna portuaria luego del alcohol con el que solía combatir el vacío de la vida terrena. Supo de sus fuentes y canales, del eterno canto de sus aguas, de la noble pureza con la que sus cursos inscriben el fondo de las acequias y los aljibes que gobiernan su majestuoso perfil en la lejanía. A la mañana siguiente, en la lucidez que gobierna toda resaca, supo que para lograr exorcizar el mal de tierra habría de buscar aquel oasis y perderse para siempre entre sus cauces y acuíferos.

El funambulista me habló de ese llanto primigenio que origina la inicial contemplación de Armilla en la distancia, de cómo sus lágrimas fluían entre las arenas del desierto buscando la complicidad de caños y fontanas, de cómo había llegado allí para renacer en un acto supremo de equilibrio forjado durante años por las aguas y los vientos que susurran desde el océano.

No volví a saber del funambulista hasta que años después tras retornar de un largo viaje, lo encontré mirándome erguido desde las alturas tras la fría transparencia del cuarzo con el que hace siglos alguien construyó el Aljibe Central. Ante mis ojos se encontraba el máximo ejercicio de funambulismo referido en aquel encuentro tiempo atrás. Su cuerpo enhiesto se encontraba anclado entre dos aguas respondiendo a los embates de las corrientes que impulsan el corazón de Armilla con una inmovilidad absoluta. Tan sólo un imperceptible destello en su mirada parece advertir al espectador del inminente final del ejercicio.

Esperé nervioso ese fin hasta que horas después alguien susurró a mis espaldas que su hazaña duraba ya dos años. Que el Consejo de la Ciudad había decidido conceder su permanencia indefinida en aquella entrada principal de la ciudad. Su gesto sería un símbolo que advierte al viajero de las serenas fuerzas que permiten que Armilla carezca de pasado y viva cara al futuro aunque sin ansiar el encuentro, disfrutando entre tanto del dulce equilibrio del tiempo, las aguas y los hombres.

 

 

 

Pedro Díaz Del Castillo, es funambulista en Armilla

 

 

 

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