Aquí
yace uno cuyo nombre está escrito en el agua.
Epitafio
de Percy W. Shelley.
Mi
nombre ya no importa, es sólo una palabra, aunque precisamente
mi trabajo, la razón de mi vida, sea la preservación
de las palabras. Desde el momento en que nací –como en
su día mi abuelo o mi padre– me fue confiada la custodia
de la gran biblioteca de Armilla. Mediante una sencilla ceremonia,
un sacerdote armado con un cuchillo marcó en mi antebrazo
izquierdo la letra alfa, para simbolizar mi ingreso en un quehacer
que ocuparía mi vida entera. Yo mismo vi, cumplidos los
seis años, cómo el mismo sacerdote, alto y ceremonioso,
labraba en la muñeca derecha de mi abuelo, enflaquecida
y exhausta por la agonía, la letra omega que marcaba su
cese y el final de sus días.
Una
leyenda cuenta que en una de las planchas de la enorme biblioteca
de Armilla está escrito el origen, el principio de todas
las palabras que pueblan las innumerables salas, y en otra, acaso,
su fin. Es posible que sea ésta. He dicho enorme y he hablado
de salas innumerables; sin embargo, la biblioteca de Armilla no
es muy grande, los pocos miles de volúmenes que se han
salvado de las sucesivas destrucciones a lo largo de los siglos
han sobrevivido gracias a un sistema de criptografía y
conservación prácticamente único. Mis antepasados,
a la hora de fundar la biblioteca, estudiaron la historia de los
hombres, las diversas formas de conservación de la sabiduría
que cada civilización había adoptado a lo largo
de los siglos y las diversas formas en que perecieron. Así
indagaron el fuego que devoró Alejandría, la polilla
que asoló la gran biblioteca de Sinto, el pequeño
hongo pluricelular que redujo a polvo los archivos virtuales del
tercer milenio.
Para
evitar las polillas y los hongos, los primeros bibliotecarios
regresaron al papel, previendo que la abundancia y la cercanía
del agua evitaría los populosos incendios de la antigüedad.
Sin embargo, no contaron con la humedad de Armilla, que se filtró
a través del alcantarillado, convirtiendo centenares de
miles de obras maestras en un lastimoso y blando montón
de celulosa. En la llamada Primera Inundación –que no fue
tal sino una sutil y persistente emanación de las tuberías–
sólo se salvaron los estantes más altos de la biblioteca,
situados a una docena de metros sobre el suelo, donde la lenta
lengua del agua no podía trepar. Al menos, eso pensaron
algunos bibliotecarios optimistas, los mismos que pasaron su vida,
entre el alfa y el omega, pisoteando una masa informe de libros
empapados, copiando manuscritos que se deshacían entre
los dedos, gastando sus ojos en descifrar las escrituras borradas
por el agua. Sin embargo, desde el principio sospecharon que el
agua no sabía leer y que tampoco le gustaban los libros:
por eso casi no sorprendió que la rotura del gran depósito
de Lebasi II fuese a dar directamente, como dirigida por una mano
maligna, sobre el edificio de la biblioteca. Esta Segunda Inundación,
mucho más desastrosa que la Primera, provocó la
demolición del antiguo edificio y la invención del
sistema de conservación y almacenamiento actual.
En
Armilla no existen los libros propiamente dichos. Es posible que
algún visitante, de regreso de algún país
extranjero, traiga en su equipaje un volumen que ha logrado eludir
la aduana, pero sabe que, en la humedad impenitente que empapa
la atmósfera, no durará mucho. Algunos mercaderes
incautos, entre ellos ciertos emigrantes de la ciudad de Tolsa,
intentaron enriquecerse con el tráfico ilícito de
libros, sin saber que la ley que prohíbe el papel y el
pergamino en Armilla no está dictada por la censura, sino
por el sentido común. Me imagino sus caras de estupor al
descubrir el valioso cargamento guardado bajo llave en algún
almacén de las afueras convertido en una pasta húmeda
corroída por la humedad perpetua.
Desde
que la Segunda Inundación desbaratara hasta los cimientos
el antiguo edificio de la biblioteca, todos comprendieron que
el agua había declarado la guerra a los libros. Entonces
uno de mis bisabuelos tuvo la feliz idea de cambiar el antiguo
alfabeto por el actual sistema de trascripción simbólica
y de encomendar su soporte no a la celulosa ni al pergamino, sino
al agua misma. Un potente congelador va sacando las planchas de
hielo macizo sobre las que los escribanos trabajan por turno,
día y noche, con las manos enfundadas en guantes de piel
y exhalando nubecillas de vaho. Cada plancha terminada contiene
unos seiscientos caracteres que, leídos de izquierda a
derecha y de arriba abajo, contienen aproximadamente un capítulo.
Las planchas se guardan en enormes contenedores que se alzan hasta
veinte metros de altura, conservados a una temperatura constante
de cinco grados bajo cero. Los lectores deben proveerse, aparte
de un permiso especial, de abrigo y botas de montaña. Una
expedición a una de las salas de historia antigua, cerca
de los talleres donde los escribanos cincelan cuidadosamente las
planchas, puede durar varios días. La consulta de un volumen
insólito puede deparar al curioso o al erudito una resbaladiza
travesía entre deslumbrantes estanterías de cristal
y alfombras congeladas. A veces, durante las noches, me despierta
el martilleo incesante del cincel sobre el hielo. Es una escritura
enormemente sintética y compleja: un par de caracteres
enlazados por un determinado símbolo equivalen a un poema.
El cuidado de la temperatura y el orden de las planchas es esencial:
bastarían unos grados de más para que un tratado
de entomología se vuelva ilegible, y unos minutos de calor
para transformar una epopeya en un charco.
Con
todos esos inconvenientes de talla y conservación, la cultura
en Armilla se ha vuelto una disciplina aristocrática y
costosa. Cualquier autor que pretenda el ingreso de una obra suya
a la biblioteca tiene que aprobar una rigurosa selección
formada por un comité ciudadano, el cual en ocasiones decide
que no merece la pena preservar, por ejemplo, un manual de caza
o unas insulsas memorias. En uno de los viajes que hice en mi
juventud, pude constatar que la severidad feroz que regula nuestra
cultura y que tan nefasta pudo resultar en un primer momento,
resultó beneficiosa a largo plazo. Vi ciudades donde hermosos
poemas se ahogaban asfixiados entre una pirámide de letras;
absurdas y multitudinarias bibliotecas donde grandes libros enmohecían
entre un laberinto de títulos innecesarios cuya profusión
semejaba el infierno. El agua, transfigurada en su ropaje de hielo,
libró a Armilla del peso de los libros muertos y la ilusión
de una cultura caducifolia. Al mismo tiempo, resucitó el
antiguo oficio de bardo, haciendo que los hombres confiasen más
en la nostalgia.
En
aquel viaje –el último antes de suceder a mi padre en el
cargo de bibliotecario jefe– me enamoré de una mujer muy
joven y muy bella. Inútil precisar que ella también
amaba los libros. Inútil también añadir que
cometí el error de traerla conmigo, de desposarla según
nuestras anfibias costumbres, de enfundarle el abrigo y los guantes
de piel característicos de los bibliotecarios armillanos.
Nuestra luna de miel transcurrió en un lecho de diamantes,
entre rayos de luz que se filtraban a través de las palabras
escritas sobre el agua. Fuimos muy felices, pero no tardé
en constatar que había cometido el mismo error que tantos
de nosotros cometemos al volver de un viaje, cuando olvidamos
la delicada textura de nuestra ciudad natal y regresamos con un
canario o un perro que pronto languidecen en una urbe hecha para
los peces, llena de cañerías al descubierto, de
gorgoteos y de fuentes, de canales y de barcas. Yo la amaba y
ella me amaba a mí, pero venía de un mundo de papel,
un mundo enemigo del deslizamiento y la fragilidad, un mundo enemigo
del agua. No fue el frío constante y riguroso, ni la alfabética
desolación de los estantes, ni el martilleo metódico
de los cinceles sobre las planchas, sino una enfermedad prácticamente
erradicada en Armilla y para la que nuestra medicina no conoce
remedio. El reuma –al que los armillanos somos inmunes de nacimiento–
fue reblandeciendo sus pobres huesos, del mismo modo que la humedad
deformó el lomo de las vetustas enciclopedias tolsianas.
Perdí noches enteras en la sección de medicina,
bajando y subiendo escaleras heladas, desenterrando viejas planchas
en busca de una cura para su mal. Nada encontré, salvo
algunas conclusiones peregrinas: la idea, sostenida por un viejo
sabio loco de que no somos más que el resultado de las
combinaciones de un rudimentario alfabeto dispuesto en las espirales
diminutas de la sangre. O la creencia, arraigada todavía
en algunas religiones nativas, de que nuestros cuerpos y nuestros
recuerdos son simples conglomerados de agua.
Anoche
mi esposa murió entre mis brazos. Su nombre tampoco importa
ahora. Se borrará como otra palabra más escrita
sobre el agua, como su último aliento escapando en una
burbuja de vaho, desmadejada bajo mis lágrimas, del mismo
modo que una plancha mal guardada termina por fundirse en una
agonía de cristal. Dicen las malas lenguas que algunos
armillanos obstinados siguen confiando en el papel, y que, al
igual que traficantes ingenuos, desafían a la ley, guardando
en algún escondrijo de sus casas libros encuadernados a
la antigua usanza. Es una suerte, porque dentro de muy poco tiempo,
la gran biblioteca helada dejará de existir. El cuchillo
con el que estoy labrando estos signos pronto trazará en
mi muñeca diestra la letra omega. Pero antes de poner punto
final a mi vida, cerraré los reguladores de temperatura
del gran congelador central. Lentamente miles de planchas se derretirán
gota a gota, soltando el lastre de una sabiduría milenaria
e inútil, y todas las palabras del mundo correrán
calle abajo, perdiéndose en los canales, en las alcantarillas,
en los sumideros, arrastrando también, junto a una tenue
errata de sangre, dos signos más, dos cuerpos enlazados
en la última dramaturgia del agua.
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