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Administrativos en Armilla          bibliotecario · contable · juez · oidor de aguas · registrador de agua

 

el relato del oidor de aguas

 

EL SENTIDOR DE AGUAS

 

Mi nombre es Anbu Inn Sizhwam Wakrrhií, tubero sentidor del distrito Zariazhtz-Gwisehtz de la muy noble ciudad de Armilla, con grado de oficial y tratamiento de wakmüt. A mi padre, el gran Inshet Inn Wakrií, se debe la invención del tubo lanceolado y del paso de rosca que lleva su nombre y sustituye al Torralba, pues posee la virtud de adaptarse a las aguas carmesíes de Diozximaäm, con mucho las más temidas y catastróficas de todas, pues no en vano destruyeron por dos veces la ciudad.

Durante 32 años he sido tubero sentidor, trabajo que consiste en oír las aguas que sólo pueden ejercer los ciegos y los zahoríes de Shwanhtz. Como quiera que por mi casta no es decoroso ser zahorí, con 16 años tuve el privilegio de ser desposeído de mis dos ojos por el cirujano real Sidmium de Tarfiahtz, que Él contemple entre los suyos. Desde esa edad ejerzo de sentidor, oficio al que he entregado mis mejores horas y que sólo abandonaré para ingresar en la escuela de Gwisehtz, con el regio honor de docente.

Podría decirse, de no ser porque el voto de humildad me lo reprueba, que no existe agua capaz de hurtarme sus secretos. Me bastan unos dayins para determinar con precisión no sólo la procedencia sino el humor de las aguas que atraviesan el sector, según la precisa escala del gran Vikaram Tú. Aquí, según es fama, el agua serena su fluir, por lo que el buen sentidor debe afinar muy mucho el oído y permanecer atento a las más sutiles manifestaciones de procedencia y temperamento del fluido.

Treinta y dos años de modesto aprendizaje me han franqueado algunos de los secretos de los 11034 caracteres del agua, que he dejado escritos en Tratado del fluir y ciencia del sonar. Así, por no ser exhaustivo, a las aguas de la cueva de Sariam se las reconoce por ser desconfiadas y premiosas, pues, habituadas a correr subterráneas y baldías, recelan de los tubos y se demoran en los codos, creando a veces situaciones embarazosas en el servicio; las de Wihtz, nacidas de la nieve, gustan recrearse haciéndose pasar por las de Dixzimaäm, temidas entre todas, pero les falta ímpetu y temperatura; las de Sifwt son aguas alocadas, corredoras, capaces de atravesar todo el sector en unos pocos dayins, creando verdaderos desórdenes en el suministro y, lo que a la larga es más grave, sometiendo a las conducciones a serios problemas de fricción; las del glacial de Fakum Mí son aguas maliciosas que no hacen sino silbar en los bajantes y carraspear en las subidas, pero en cuanto atisban una soldadura defectuosa o la más leve fisura, tratan por todos los medios de escapar (yo las desprecio); las de Tiburzh, en cambio, son tímidas, medrosas y apenas si se dejan sentir sino en los albores de la primavera, que afecta sorprendentemente a su correr; si el neófito apenas las podría distinguir de las de Fakum Mí por su lento precipitarse en los lavabos, al fino sentidor no se le escapa ese pálpito interior del que carecen las otras, que a veces tratan de hacerse pasar por ellas; intranquilas y desvergonzadas se catalogan las aguas de la lejana Sirenia, que corren con limpio alborozo en la esperanza de encontrar en su salida cuerpos jóvenes, razón que las hace especialmente codiciadas en liceos y gimnasios; las del lejano Passum son aguas maduras, laboriosas y escépticas, que pasan sin pasar, con el empaque de unas aguas gastadas por las complejas conducciones. De todas ellas, sin embargo, prefiero las del también lejano embalse de Ramanh Suf Idrií, por su carácter contradictorio e irónico, que las hacen valientes en su carrera pero agrias y desabridas en los depósitos municipales, de donde a veces son desalojadas y revertidas a los jardines y muladares por su hosquedad; las idríes, como también se las conoce, son idóneas para la cocción de almagres y añiles, así como refractarias a todo tipo de rituales. Debo confesar que el agua de Daliahz, acaso la más celebrada entre los poetas, pero también la preferida en los sacrificios de solsticio, no me sugiere sino el horror de oírla corroer los cuerpos virginales junto a la yesrat, la hierba del diablo; las de Ercilitzh, son, en cambio más perfectas en su callar, en su no ser, pero, hace siglos que no suscitan versos tan hermosos y encendidos como los que en su día les dedicara Wysïm Fiú.

He dedicado ya una larga vida a estas aguas parleras, para las que me ha sido rehusada la contemplación. Ningún placer, sin embargo, iguala al que depara mi esclava J****. Me basta aplicar el oído a su piel para percibir el agua que la recorre por dentro, la más dulce de todas y que llaman Mar, extraño nombre. A veces, en los días de luna, escucho el Mar que duerme entre sus muslos, un Mar que no conozco, bravío, impetuoso, que une lo alto con lo bajo, lo posible con lo inaudito, lo cierto con lo umbrío, la cifra con su sombra; un Mar que arrastra en su furor cuanto le sale al paso, y al que le gusta referir el nombre de otras ciudades donde los jóvenes rasguean extraños instrumentos de seis cuerdas, y -aun más extraordinario-, indiferentes al compás del agua.

 

Víctor Yanguas , es oidor de aguas en Armilla

 


 

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