"Pórtate
como quien eres y que no vayan a decirte que aquí no se
te dio ni instrucción ni hombría. Un duro de más
- prosiguió-, no hace rico a nadie, así que quietas
las manos y la frente muy alta. Mejor que te echen por flojo que
por manilargo - continuó la madre, perdida en su salmodia.
El chico, abrumado, decía sí a todo con una levísima
inclinación de cabeza. "Y pon atención en las malas
compañías y en las mujeres malas, que hacen perder
a las familias". Y él a todo decía sí, sí,
con menos convicción que fatiga. El padre, apoyado en el
quicio, se ensimismó en un llanto de los suyos y la madre,
resolutiva, consumó su retahíla con el "a volar,
a volar, mi pichoncito". Así se fue de casa para trabajar
en la empresa Sociedad Armillana de Aguas Blandas & Asociados.
La
nueva ciudad, con sus prodigiosas obras hidráulicas, con
sus enormes y tortuosas conducciones, que tan pronto se abismaban
hacia el cielo como se sumían en la vasta depresión
de los socavones, entorpeciéndose en mil quiebros y bifurcaciones,
pero también con sus plazas cuajadas de metálicas
palmeras y fuentes de vivo desvarío, le impresionó
más de lo que hubiera calculado y así lo dejó
escrito en una postal que reproducía una vista nocturna
de la ciudad, que a última hora no supo a quién
dirigir.
La
oficina quedaba en un lugar impreciso, ocupando el espacio donde
antes se alojara una formidable turbina que ahora quedaba arrumbada
en un patio de tierra, como una felicísima promesa de pasado
en el corazón de Armilla.
Muñoz,
el oficinista, nada más verlo entrar por la puerta dejó
su quehacer y le ofreció su mano. Esta es una empresa seria
-dijo-, aquí se trabaja sin sobresaltos -y le mostró
una pila de documentos-. Examine las facturas y los recibos y
si ve algo anormal, una cuenta que no cuadre, una dirección
tachada, una firma sospechosa, deje el documento a un lado. Hay
que andarse con ojo, porque aquí el que no corre, vuela.
Fueron
las únicas palabras que le oyó a Muñoz, quien
gustaba expresarse con encogimientos de hombros, enarcamiento
de cejas y en ocasiones excepcionales con leves movimientos de
manos.
Cobraba
una miseria, pero a decir verdad su trabajo era rutinario y completamente
improductivo, por lo que, en el fondo, se sentía agradecido.
Con el obsesivo trajín del agua de fondo sonoro, tardó
tres años en encontrar una factura fraudulenta, que apartó
con sobresalto, como quien inesperadamente llega a la solución
de un enigma y de pronto no se atreve a dar un paso más.
Muñoz, súbitamente rescatado de su propios pensamientos,
le guiñó un ojo y se alzó de su asiento con
la solemnidad que de un momento así podía esperarse.
Le palmeó el hombro y a él le pareció escuchar
un susurro de aprobación. Eso fue todo.
Un
día tomó el tren y volvió a casa. Su madre
lo encontró hecho todo un hombre y llamó a las vecinas
para que admiraran la apostura de su hijo. Su padre lloró
con emoción, pero sin proferir más que sonidos entrecortados.
Se encerró en su cuarto donde echó de manos el obsesivo
rasgueo de las cañerías y el paisaje desconcertado
de Armilla. Durante días sucesivos deambuló por
las calles y alguien lo llamó por su nombre, jovialmente.
Porque hacía años que nadie lo llamaba por su nombre,
sonrió apenas, como quien disculpa una equivocación.
Tan persuasivo fue con su gesto que el otro, azorado, dijo: usted
perdone.
A
su vuelta Muñoz lo abrazó sin pudor y hasta ensayó
una débil palabra de bienvenida que él supo agradecer
apretándose contra su compañero. Fue un alivio sumirse
de nuevo en los papeles, acompasado por el certero frufrú
de las aguas, que pasaban y volvían a pasar con cadencias
idénticas, con soniquete de canciones antiguas. Entonces,
ya entregado a su tarea, dedujo con alivio que la precisión
de las facturas y el parloteo acompasado del agua hablaban a las
claras de la precisión del mundo.
Una
tarde Muñoz se levantó de su mesa y tras sacudirse
su gabardina le dijo: mañana no vengo, tendrás que
ocuparte tú de mis cosas. Él encogió con
exageración los hombros, sin acabar de entender. Muñoz
arqueó las cejas en señal de derrota y dijo: "me
jubilan". Una lágrima rodó por su mejilla y la luz
osciló tres, cuatro veces. Al atravesar la puerta, Muñoz
le guiñó un ojo y dijo algo que él, absorto
en su repentina soledad, no escuchó.
Durante
un tiempo no hubo otra compañía que la del agua
musitando desconsolados amores por los grandes conductos; un lejano
murmullo en el que él, de cuando en cuando, sorprendía
alguna palabra, como alacrán o vitola, escisión
o locura, jamás Armilla, como quería la tradición
y juraban los puristas. Ahora se hacía cargo del trabajo
de Muñoz y recibía cartas de los usuarios en las
que se quejaban de la mala calidad del agua o de su excesiva gordura,
que hacía difícil ducharse, moler la avena o cocer
verduras. A los aprendices, para quienes el trabajo era una mera
distracción eventual, trató de inculcarles la fe
en el trabajo y la confianza en sí mismos, pero ellos,
con el solo afán de sacarle alguna palabra, lo molestaban
de continuo con dudas infundadas, con simplezas y sospechas. Hubo
varios aprendices, aunque ninguno se quedó mucho tiempo,
lo que él terminó por agradecer.
Otro
día volvió a casa, pero sólo encontró
niños vociferantes y desmañados que se disputaban
un camión de plástico. Los estuvo observando un
buen rato tratando de encontrar en ellos parecidos familiares,
pero no se atrevió a franquear la puerta. Bajó los
escalones con abatimiento y en la calle ya nadie pronunció
su nombre. En la estación, pequeña y llena de ruidos,
compró un periódico y varios caramelos que él
mismo puso sobre el mostrador. Alguien se acercó a venderle
lotería y él, con un enérgico movimiento
de cabeza, lo disuadió. Una mujer le preguntó si
iba a algún sitio y él, no acabando de encontrar
el quid de la pregunta, respondió que sí, al tiempo
que se entregaba a la lectura del periódico. "Vaya", contestó
la mujer, que no se daba por vencida. Él sonrió
y ella con un suspiro zanjó la cuestión.
Aquel
"vaya" lo reconfortó, de forma que cuando retornó
a la oficina se dijo que ya era hora de solicitar el teléfono,
pero recapacitando en los contratiempos que un paso así
podría depararle, se olvidó de su ocurrencia para
entregarse de lleno a sus papeles. Una tarde insospechada se abrió
la puerta y apareció Muñoz con una camisa estampada
y un cigarrillo en la boca. Ambos se abrazaron y aunque Muñoz
parecía con ganas de decirle algo, permanecieron ritualmente
en silencio. Sólo cuando Muñoz atravesó de
nuevo la puerta, se atrevió a decirle adiós, adiós.
Él alzó la mano y sonrió con sutileza, agradecido.
Adiós,
adiós. Esa palabra lo acompañó durante una
buena porción de años, hasta el punto que estaba
convencido que los tubos, que sin duda habían escuchado
la palabra, la proferían de continuo; adiós, adiós
y él respondía para sí, adiós, adiós
y se enredaba en sus papeles. Adiós, respondía,
para enseguida brotarle una lágrima o una sonrisa, según.
Adiós
se dijo el día que una carta firmada reclamó su
jubilación en la Sociedad Armillana de Aguas Blandas&Asociados.
Ese acontecimiento que él temía como la más
terrible de las catástrofes, lo abatió durante varias
semanas. Tendría, por lo pronto, que acudir a una oficina
y dar sus datos, ofrecer disculpas, pedir que le asesoraran en
el papeleo y acaso sumirse en un prolija explicación, pero
la mujer de la ventanilla, concentrada en su trabajo, no lo miró
siquiera. Se limitó a requerir su documentación
y, sin el menor énfasis, luego de un incómodo silencio,
dijo: "listo, todo en orden, espere unos días y si no...".
Expresiones
exactas, meticulosas, radicales, pero rematadas en un el suspense.
"Todo en orden", se dijo, como si de golpe hubiera encontrado
la llave de la luz y lo cegase el resplandor. Ante tamaña
rotundidad decidió olvidarse del tono suspensivo.
Ya
en la calle dijo para que lo oyeran: gracias. Se sintió
bien después de decirlo y se vio repitiéndolo tres,
cuatro veces. Un perro vino a olerle los zapatos. Un hombre con
cara de conejo se le acercó para venderle un reloj de marca,
una máquina de afeitar, un exprimelimones, una baraja de
naipes con mujeres en actitudes procaces. Un anciano se ofreció
a leerle la mano o los pensamientos. La portera quiso interesarse
por la novedad de no trabajar esa mañana y su gato lo miró
enigmático desde el tercer escalón.
Subió
feliz hasta su habitación. Empujó la puerta, trazó
un círculo enigmático en el viejo almanaque y se
sentó a esperar. No sabía qué.