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Comerciantes en Armilla        bodeguera · cortesana · marchante · prostituta


 

el relato de la bodeguera

 

LA BODEGUERA ENAMORADA

 

Sinera vertía agua en las enormes barricas de vino de la taberna de su tío. Era una tarea dura y para llevarla a cabo, la bodeguera se levantaba muy temprano por las mañanas, al despuntar el alba, antes de que la taberna abriera sus puertas a los parroquianos.

Había quedado huérfana al nacer. Su padre, leñador, había muerto en el bosque unos meses antes de su nacimiento. Su madre, debilitada por el dolor y la tristeza, había fallecido pocas horas después de que la pequeña conociera el mundo. Las únicas manos que la acariciaron brevemente fueron las de la comadrona, la vieja Eduvigis, que fuera su único vínculo afectivo. Pero Eduvigis era vieja, viejísima, y también la dejó, encomendándola a los cuidados de su tío Vicente, el bodeguero de Armilla.

Pocos cuidados le profesó el huraño tío que, a poco que tuvo edad, la obligó a trabajar en la taberna, atendiendo a los clientes que venían a consumir el vino aguado de Armilla. Y de ahí a trasegar con cubos de agua al amanecer hubo un pequeñísimo paso.

Desde que, una tarde de otoño, escuchara a una vieja comadre contar la historia del alguacil, Sinera se había enamorado de él. El joven no era un cliente habitual de la taberna y la chica, que casi nunca podía salir por las muchas tareas que debía realizar, que incluían la limpieza de la taberna y de la casa de su tío situada en el piso superior, no le había visto jamás. Pero aquella historia que escuchó desde la ventana del piso, le hizo por primera vez soñar. ¿Cómo sería aquel joven? Por lo que la vieja contaba, era valiente y arrojado. Había bebido de las hechizadas aguas de la Laguna de Orco pero eso no le había apartado de las gentes y se había convertido en el alguacil más eficaz y cumplidor que había conocido el pueblo. Sinera lo admiraba y suspiraba por él.

El día que, por tercera vez quedó sola en este mundo, Sinera no se sintió desgraciada. Nunca había podido sentir la pérdida de los seres queridos porque no había tenido, por ser tan pequeña, conciencia de ésta. Esta vez, de alguna forma, se sintió liberada.

Como una buena sobrina, acudió al entierro, vestida de luto de pies a cabeza y el rostro sereno cubierto por un ligero velo negro. Y ahí lo pudo ver. Era extraño, con aquellos cuatro brazos y cuatro piernas fuertes y vigorosas que habían obligado al sastre de Armilla a realizar una proeza. Y el color de su piel era gris y sin lustre. Pero la chica, que había soñado tanto con él en sus largas noches solitarias, no pudo dejar de mirarle. Y descubrió que su mirada era clara y sincera.

A la salida del cementerio, el alguacil le estrechó la mano y le comunicó sus condolencias. Por una fracción de tiempo ínfima las miradas de ambos jóvenes se cruzaron y Sinera se vio reflejada en los profundos lagos de la mirada de él. Y sintió la calidez de una de sus cuatro manos estrechando la suya con firmeza. Y adivinó una velada sonrisa en el rostro enjuto y plomizo del alguacil. Nada trascendió fuera de sus miradas pero ya la chica sintió que los sueños de los que se había enamorado podían tener forma, aunque fuera la contrahecha figura del alguacil de Armilla.

No había pasado desapercibida la chica para el alguacil. Su mirada, discretamente, había acariciado aquel oscuro y largo cabello cuando la muchacha se alejaba del camposanto. Nunca la había visto por el pueblo pero no fue difícil averiguar por qué. No le extrañó que la chica le resultara desconocida cuando él conocía a casi todos en Armilla. Hasta a don Vicente, el tío de la muchacha, que jamás la mencionaba, como si no existiera. Había un misterio profundo en la existencia de aquella chica que atrajo al alguacil tanto como la profundidad de su mirada, su cabello endrino o la delicadeza de su cintura.

………

Se encontraron en el bosque, muy cerca del lago, cuando en el cielo ya se anunciaba el crepúsculo. El alguacil había bajado para vivir su peculiar vida nocturna, y, pensativo, miraba las oscuras aguas que lo habían convertido en lo que era. Ella caminaba por el estrecho sendero que pasaba a pocos centímetros de la orilla. Él la vio y la llamó. Ella se volvió hacia él, sorprendida. Volvieron a fundirse las miradas. La muchacha portaba un fardel de tela con sus pocas pertenencias.

—¿Dónde va, señorita? – le preguntó el alguacil, sin apartar los ojos de los de ella.

—No lo sé... – fue su respuesta – Donde la vida me lleve.

—¿Os vais de Armilla, pues? – continuó el alguacil, deseando pedirle que se quedara.

—No hay más remedio – la chica parecía deseosa de marchar y bajó los ojos hacia el suelo – Ya no me queda nada en Armilla.

—Yo... – balbuceó el joven. Intentó armarse de valor antes de que ella decidiera proseguir su camino – No os vayáis. Os echaría de menos.

—No me conocéis, señor. ¿Cómo se puede echar de menos algo que no se conoce?

—Yo os echaré de menos – afirmó él, levantándose de la piedra en la que estaba sentado y acercándose a ella.

Los dedos de él tocaron las puntas de los dedos de ella, casi temerosos. Los ojos volvieron a unirse en un abrazo invisible. Y Sinera, apartándose del alguacil, se volvió hacia el camino desapareciendo entre las oscuras sombras del bosque.

El alguacil se despojó de sus ropas y se sumergió en el lago, para convertirse en la pequeña araña de agua, que era su otra vida. Al resguardo de los depredadores, que siempre ponían en jaque su seguridad, y en busca de suculentos bocados que llevarse a la boca.

A la mañana siguiente, cuando volvió a recobrar su forma casi humana, encontró unas ropas de mujer esparcidas en el suelo muy cerca de las suyas. ¡Eran las ropas de Sinera! Se asustó mucho, pensando en todas las adversidades con las que podía haber tropezado la joven, hasta que una mano suave se posó sobre su hombro.

Se volvió y, frente a él, estaba la muchacha, con el rostro ceniciento y la mirada temerosa.

—Me he quedado para que no me añores – dijo la chica, con un hilo de voz.

Y los dos se abrazaron, desnudos bajo la débil luz del amanecer. Ninguno de los dos se volvería a encontrar solo.

 

Susana García , es bodeguera en Armilla

 


 

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