EL
NEGOCIO MARCHA
Soy
el que llaman Acqua Tranquilla, vendí mi primer vaso a
los seis años. Era de plata y con él me bautizaron
siguiendo los ritos andaluces. Fue un gran negocio, no me servía
de gran cosa ni para contener el recuerdo me servía y para
beber me bastaba el cuenco de mis manos. Lo cambié por
un tapón de corcho traído de Portugal. Para mi edad
apuntaba alto. Desde aquel día pude encaramarme a las bañeras
superiores, taponar su desagüe y tomarme largos baños.
No
todos podían hacer lo mismo. Aunque en Armilla había
agua de sobra, corría sin freno y un buen tapón
de corcho permitía retener su carrera y embalsarla. Hay
otros procedimientos, los cántaros – cuántos habré
vendido -, las cisternas de marés mallorquín que
se llenan con tuberías de bambú…Sin embargo nada
tan simple, tan pequeño y útil como un tapón
de corcho.
Su
posesión me trajo la libertad. No es una exageración,
cuando necesitamos algo, empeñamos nuestro esfuerzo para
conseguirlo, vendemos nuestro tiempo a los señores por
unas monedas que nos permitan obtener lo deseado. Por este sencillo
procedimiento perdemos la libertad sin darnos cuenta. Mi tapón
de corcho portugués me ahorró muchas horas vendidas
a mal precio para conseguir, por ejemplo, un cántaro con
el que llevar agua a la cocina de mi vieja. Esta capacidad mía
para dilucidar qué era digno de ser comprado me permitió
hacer buenos negocios y convertirme en dueño de mi tiempo,
si bien es verdad que como amo de mi destino era un verdadero
tirano. Y digo era, porque ya no es así.
Fue
hace seis meses. El tirano en que me había convertido se
sintió absolutamente protegido por Hermes que como conocen
mis colegas del gremio, es el dios del comercio y protege a todos
los que a él nos dedicamos. El caso es que invertí
toda mi fortuna en una operación de alto riesgo, no del
todo legal, pero que si tenía éxito me permitiría
controlar el agua de Armilla. Era sencillo, consistía en
comprar todos los tapones de corcho de la ciudad, poco a poco,
sin levantar sospechas. Al mismo tiempo se llegaba a acuerdos
con los corcheros para que el transporte fuera encargado a caravanas
controladas por amigos. De esta forma en seis meses, todos los
tapones de corcho de Armilla serían míos. Podía
alquilarlos, crear escasez y descontento, donarlos a causas de
moda para ganar fama de filántropo, en fin que ofrecía
muchas posibilidades. Todo estaba planeado a la perfección
excepto la inmensa riqueza de la naturaleza y la agresiva penetración
de los comerciantes franceses. Un buen día aparecieron
con unas láminas que llamaban caucho – por lo visto los
indios del Perú le llaman así y significa impermeable
–. El que llegó a Armilla venía de México,
decían que era la savia del árbol del hule que se
transformaba en láminas elásticas en las factorías
de Guadalupe. Con este mágico producto se podían
fabricar trajes de agua y ¡tapones!
El
descubrimiento del caucho arruinó aquel prometedor negocio.
La gente ni se dio cuenta de la escasez del corcho, casi al mismo
tiempo que éste desaparecía, en los comercios se
podían encontrar unos nuevos tapones de tacto pegajoso,
que no dejaban escapar una gota de agua – como insistían
los tenderos -.
Ahora
he vuelto a donde comencé. Conservo mi tapón de
corcho portugués, es mi única pertenencia. Ya no
lo alquilo porque todos tienen su tapón de corcho – algunos
llevan una triada: para las bañeras, los bidés y
los lavabos – pero me soluciona mis necesidades acuáticas.
Las otras las he resuelto alquilando mi experiencia a un poderoso
marchante francés. El mismo que arruinó mi proyecto.
Sigo siendo muy cuidadoso con mi libertad y sólo le alquilo
las horas suficientes para cubrir mis necesidades básicas.
El resto del tiempo lo dedico a preparar un nuevo negocio que
creo puede ser muy rentable: es una moda de baño que viene
de Bagdad. Para poder disfrutar de ella los habitantes de Armilla
tendrán que adquirir unas máquinas que llaman al-jarsuf.
¿Y quién será el primero en traerlas sino el viejo
Acqua?
al-jarsuf:
alcachofa, pieza agujereada por donde sale el agua de la regadera
o de la ducha.