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Comerciantes en Armilla        bodeguera · cortesana · marchante · prostituta

 

el relato de la cortesana

 

SILANTRA,
LA CORTESANA DE GLAUCOS OJOS

 

Extraño viajero, no sé si sabréis que soy la última superviviente de las mujeres de Armilla. No os sorprendáis si os digo que aquellas mujeres que veis a través del agua, no son más que espejismos de vuestro deseo. A Armilla se llega a través del deseo; vos los sabéis si os habéis arrastrado entre las arenas del desierto buscando el consuelo de la humedad en los labios.

Como me habéis honrado con una noche de placer distinto al de los hombres de Armilla, os voy a contar la historia de las mujeres de esta ciudad y de cómo yo, Silantra, me convertí en cortesana.

Has de saber que antes que las mujeres desaparecieran de Armilla, estas poblaban las calles de corales rojos, mientras los hombres vivían al otro lado de las montañas del Norte, más allá de las tierras que ser retuercen atormentadas por el sol. La dureza de los hombres del Norte era temida por las mujeres de la ciudad, pero vivíamos con la certeza de saber que los glaucos ojos de las mujeres de Armilla atemorizaban a los hombres de fuera de sus muros. Las mujeres de Armilla no éramos más que simples amazonas con los pechos tapados y los ojos al descubierto.

Ninguna de nosotras te contará como cayó la desgracia entre los muros de la ciudad; sin embargo, todas sabemos que fue un extranjero como tú, venido de las tierras del Este el que trajo la Lujuria y el Deseo al cuerpo de las mujeres. Aquel hombre venía con las manos vacías, ninguna pertenencia traía a sus espaldas, pero no quiso dejar a las mujeres de la ciudad sin nada que ofrecer. Durante días vagó pensativo entre las fuentes, con los ojos sudando sin encontrar nada que ofrecernos. Al mes de este encierro en sí mismo nos dijo:

- Sabias mujeres de Armilla, me habéis abierto las puertas de vuestros hogares y yo no tengo nada que ofreceros. La hospitalidad que me habéis brindado os será devuelta una a una. Visitaré vuestras casas, os abriré vuestra piel de agua, os bañaréis en aguas tan extrañas que jamás reconoceréis.

Y así fue como aquel extranjero recorrió todos los cuerpos de las mujeres de la ciudad. Noche tras noche saboreaba nuestros cuerpos, mojaba sus labios en las salinas pieles de las mujeres. Sabía arrancar de nosotras gritos que aún resuenan entre estos muros y sabía que a través de nuestros glaucos ojos podía ver los temores de las mujeres de Armilla.

Fue él quien acudió a las tierras del Norte. Fue él el que les descubrió el secreto de nuestras mujeres a los hombres que ahora habitan Armilla. Fue él quien tejió las telas que taparían nuestras glaucas miradas que tanto les atemorizaban. El Deseo de él fue el que le abrió las puertas de nuestra ciudadela, nuestra virginidad violada le atrajo a la ciudad con gritos de Placer.

Los hombres del Norte se vendaron los ojos al entrar en la ciudad y nosotras les abrimos las puertas de nuestras casas; entonces ellos nos vendaron los ojos y así evitaron tener que verse reflejados en nuestras frías miradas de desprecio. Después, nos fueron degollando una tras otra y los pozos de Armilla se tiñeron de rojo.

Extraño extranjero, esas mujeres que veis son los delgados espíritus de las mujeres ultrajadas por la ira de los hombres. Si vagan entre los muros, así, como espectros teñidos de tristeza, es producto de la amargura de los hombres al condenarlas a muerte.

Aún os preguntareis cómo yo, Silantra, conseguí sobrevivir a aquel holocausto. Has de saber que hasta las Sabinas se enamoraron de sus raptores, pero no es esa mi historia. Sin saber porqué, aquel extranjero me encerró entre estos muros de verdes aguas que nos rodean y estuvo disfrutando de mí durante cien días y cien noches. Fue así como el Deseo hizo de mí una cortesana, disfrutando con los hombres más que con cualquiera de las mujeres de esta ciudad. Descubrí que la Lujuria puede enfermar las mentes, puede transformar los cuerpos. Una mujer es capaz de tomar mil formas, mil cuerpos cuando su Apetito se despierta.

Incrédulo extranjero, ¿No habéis visto a mujeres arquear sus espaldas hasta el infinito?, ¿Acaso no habéis sentido como su piel se revolvía al contacto con la vuestra?. Hay mañanas en las que os habréis despertado con el cuerpo envolviendo el suyo, con sus pechos acariciando vuestra espalda, con sus manos intentando arrancar vuestros sonidos olvidados en las noches. Incrédulo extranjero, si en ese momento habéis mirado a los ojos de una mujer, verías que en ellos había más de otro mundo que de este. En esos momentos, descubrís que hay más vértigo en las miradas de una mujer que en toda la hondura de los pozos de Armilla

Y así es como yo, Silantra, cortesana de la ciudad de Armilla, he sobrevivido. Los hombres necesitan la hondura de mis párpados para saber que son mortales, para saber que si se asoman demasiado podrían perder esta ciudad.

 

 

Guadalupe Del Hierro, es cortesana en Armilla

 

 

 

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