ENTONCES
FUE QUE NOS HICIMOS RICAS
Hasta
que el agua se acabó. Desapareció. Primero se amustiaron
las macetas con flores de las ventanas y se opacó el brillo
del pavimento en las casas de familia –como un espejo-; a los
tres días los señores sacaron las camisas de colorines
que habían recibido de regalo y jamás se habían
puesto. Una imperceptible nube de tristeza bajó sobre Armilla.
La fonda y el café tuvieron que cerrar, la barbería
igual, hasta la parroquia dejó –temporalmente- de bautizar.
En El Resplandor las cosas iban de mal en peor:
es un nido de enfermedades; "Resplachinche", comentaban; las mismas
pupilas no querían trabajar ¿para andar después
pegajosas y rascándonos?. La debacle. Una de esas noches
llegó al Resplandor un joven mestizo como
de 20 años: delgado, alto, los dientes sanos, los hombros,
las manos y los ojos muy abiertos. Ya se sabe.¡Sayonara!, llamó
Amada. Son mis días, señora Amada, no se puede.
¡Lucecita!, gritó de nuevo la matrona. ¡Ay, Amada, si el
nieto de Teté lo sabe nos mata a todas y después
le prende candela al Resplandor!. Entonces me llamaron,
y yo, que desde que entró el chamaco aquél sentí
una cosa rara, dije que sí. Cuando terminamos llenos de
sudor los dos, tocaron a la puerta. Era Bebi, con un balde grande
lleno de un agua cristalina. Especial para usted, joven, para
que no se olvide –y lo miró como él sólo
sabía: intensa, rápida y descaradamente. Bebi era
el responsable de las abluciones, el palanganero, como dicen acá.
No sé de dónde sacó el balde de agua: el
chico se lavó, pagó y se fue. Pero regresó
al día siguiente y fue la misma historia. Y al otro día
también: Wilfre –aprendí en nombre del muchacho-
se convirtió en el cliente solitario. Comenzó a
salir de la alcoba como lo trajo Dios al mundo. Bajaba y subía
las escaleras, se tomaba dos o tres cervezas, conversaba con todas.
Ya lo esperaban. Entre cargante y deseado, Wilfre devino el recuerdo
de nuestra clientela: siempre con avidez, siempre con prisa, siempre
puntual en su pago, siempre con el agua a punto. Sí, porque
ya era notorio que el gasto cotidiano de Wilfre, salía
del bolsillo del palanganero.
¡Wilfre
y Georgina, que yo no tengo un pozo! La protesta resonó
en la casa entera. Y a Amada se le quedó impresa.
Al
otro día por la mañana, en el pequeño patio,
habían marcado un círculo sobre la tierra. Seis
hombres daban pico y pala y seis botaban tierra en parihuelas.
A metro por hora. Sobre las 4 de la tarde hallaron agua. Los días
siguientes se fueron en colocar tuberías, hacer una caseta
y conectar la motobomba. El Resplandor revivió. Fue mucho
más que lo que era. Lo limpiaron y baldearon, lo pintaron,
fregaron la cristalería, las muchachas olían a frescura
por encima del Agua de Florida y las Siete Potencias. El único
lugar en Armilla que rechinaba de limpio, El Resplandor.
Regresó aquel ceremil de hombres: era el placer y el baño
fresco. Porque el servicio era una mujer y dos baldes de agua.
Por tres veces la tarifa de antes. Y a partir de las 4 de la tarde
(más o menos después de la siesta) permanecía
abarrotado. Lucecita, Gerogina, Soraya y Sayonara no daban abasto.
Abrieron banderín y vinieron más muchachas. La matrona
no cabía se contenta. ¡Que se caiga Armilla y se muera
de sed, que en El Resplandor somos las que somos!
El
reinado de Wilfre terminó, pero nadie tuvo corazón
de decirle que se fuera y mucho menos de cortarle la cabeza. Al
final aceptó la propuesta de Amada: igual que las pupilas,
pero vestido de vinil oscuro. Bebi fue dichoso. A su modo, Amada
tenía destellos de visionaria: compró, cambió,
instauró. Y nosotras, lo mismo: casi toda Armilla fue nuestra.
Amada
desató el furor de los pozos. Como un pozo no es invento
ni un viaje a otro planeta, después que el pueblo calmó
su sed, la gente se olvidó de todo –sabio mecanismo de
los seres humanos-; sólo nosotras nos quedamos poderosas
para toda la vida.
Putas
de pueblo y ricas, agua que sale de los pozos, casas de lenocinio
mixtas, madamas salvadoras, palanganeros venturosos; prosperidad
que entregan la razón y el placer: es la historia del mundo
al revés.