Hoy
he sabido que en Armilla, ha desaparecido la Justicia. Quizás
resulte irónico –algunos lo llamarán cinismo, si
es que algún día esa palabra atraviesa los poseidónicos
muros de Armilla- que yo, Guta Bay, juez de la ciudad, pronuncie
estas palabras. Sé que la ciudad nunca será consciente
de esta pérdida, porque ya todo parece algo que no es,
ya todo finge ser algo que es, ya todo es sin serlo.
De
nada me ha servido escupir mi imagen en los espejos. No me ayuda
el maldecirme a cada instante que pasa, ni mi espíritu
se calma cuando mojo mis labios en las fuentes de Armilla. Si
salgo a pasear por las calles de la ciudad, descubro que ya nada
pertenece a la ciudad; la ciudad se ha convertido en un reflejo
de sí misma, una imagen que ignora lo que refleja y cree
ser lo proyectado. Armilla es una ciudad que disfruta siendo la
metáfora desdibujada de una urbe y, si disfruta de este
sentimiento falsario, es porque se cree más ciudadela que
espejismo o ensoñación de agua.
A
los ojos de mis conciudadanos, todo sigue igual que antes. La
Justicia aún se reparte en la balanza de Tiresias y es
tan transparente que, a veces, es difícil descubrir la
cantidad de agua vertida en sus plateas. Los códigos traídos
desde el Sur siguen en los armarios del Palacio de Justicia de
Armilla. Sin embargo, al pasar sus páginas, notarás
que la arena que compone sus sentencias se te escurre entre los
dedos; descubres la imposibilidad de apresar las verdades que
encerraban y tienes la certeza de que ya nada será hijo
de lo infalible, de lo que nunca cambia.
Los
habitantes de Armilla celebran la llegada de los códigos
el día en que entran por la siniestra puerta del Oeste
(Armilla siempre mirando hacia el Norte) las nieves que inmovilizan
los muros de la ciudad. La historia de cómo Shiges luchó
contra los vientos de arena que azotaban el Sur de la región
se escucha en todas las casas. Aún recuerdo cómo
Shiges derrotó a las ventiscas y huracanes que transformaban
en una turba de arena las regiones situadas más al Sur
de los manantiales en los que muere la ciudad; ahora recuerdo
que Shiges robó al temible Siroco sus códigos de
Justicia, ahora sé que de nada nos sirvió que las
tablas de Shiges (o de Siroco) atravesaran los muros de la ciudad
de Armilla: En ellos se encierra el don de la palabra, la maldición
del verbo.
Un
extranjero ha sido el que ha abierto las puertas de la elocuencia
a la Justicia de las murallas de agua. Armilla encerrada en la
certeza de su propia existencia. Lo cierto es que aún no
sé que delito cometió para ir a parar a la sala
de los juzgados donde yo, Guta Bay, interpreto las tablas del
Siroco. Lo trajeron a mi presencia y me contaron que había
cometido la insolencia de construir entre las aguas de la ciudad
una isla. Yo le pregunté dónde había conseguido
la arena para la construcción de la isla y él no
supo que contestar. Fue entonces cuando miré sus ojos –no
a él, sino a sus ojos- y descubrí que no tenía
esos fondos azules que serpentean en las pupilas de los habitantes
de Armilla. Volví a preguntarle, con la certeza de estar
hablando con un extranjero, de dónde había sacado
la arena para la construcción de su isla y fue en ese momento
cuando mis oídos se abrieron al Verbo que me amenazaba
desde las páginas de los desiertos del Sur:
Esto
que veis entre mis manos no es una isla, Guta Bay, pues, si jamás
habéis visto una isla, ¿Cómo podéis juzgarme?.
La idea de isla os parece verosímil, de ahí que
me juzguéis sin el peligro de equivocaros. Lo que parece
cierto se transforma en verdadero en los labios de la Justicia.
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