LAS
CIUDADES Y LOS EMBAUCADORES, 1
Sr.
Editor:
Debo,
dada mi condición de jubilado y por lo tanto en modo natural
inscrito por defecto si no entre los sabios de la ciudad sí
al menos entre a los que debe prestarse respeto, hacerle llegar
esta queja.
Nosotros,
los eméritos, que tanto hemos luchado por el engrandecimiento,
por el bienestar de Armilla, que hemos dado con gusto el sacrificio
de nuestra existencia, que hemos acogido con los brazos abiertos
a cuanto sin patria ha querido quedarse entre nosotros, que hemos
velado en suma por la paz de esta hermosa urbe, vemos cómo
la decadencia ha llegado a nuestros canales, como la podredumbre
habita nuestros aljibes y la desidia campa entre nuestros gobernantes
y hasta la mala ortografía ha llegado a enraizar entre
las páginas de los que –como usted- debieran velar por
el buen uso del armillano.
Esto
no puede seguir así. Hay zonas de la ciudad y no precisamente
las más pobres, llenas de bandas de jovenzuelos, pijos
y ridículos, vestidos con ropajes que nuestros mismos abuelos
darían por antiguallas, usando una jerga incomprensible
a fuerza de remarcar eses sin cuento: gentes que gastan en un
día lo que ganaría uno en un mes, que conducen motoras
del más atrevido diseño, y presumen de relojes sumergibles
y teléfonos móviles anticorrosión... Y que
fuman cigarrillos afrutados. Y que mascan golosinas impronunciables.
Y que beben licores imprudentes... Y, he aquí lo peor,
que presumen de una educación ecuménica...
En
fin, no quiero perderme. Estos hijos de sus padres, y a lo peor
usted es uno de ellos, están destrozando nuestra grata
Armilla. En mi barrio, por ejemplo, que es uno de los afectados,
no hay día que la Brigada de Desinfección de Cañerías
no tenga que hacer horas extras. Miles, millones de colillas,
preservativos, envoltorios diversos y flemas de horrísono
burbujeo, se agolpan en los recodos, tapan los diques, obturan
las depuradoras. Sin ir más lejos, ayer jueves, tuve que
limpiar yo mismo la pala de mi góndola, pues esta quedó
enganchada al fondo del Canalillo de Damaso, que es donde vivo.
Y no quiero contarle qué vuelcos me daba el estómago
al intentar descifrar aquella materia.
Esto
es un asco. Vivimos un tiempo depravado y cruel.. . MI vecino,
Don Álvaro Encina, el gran erudito, no sale siquiera de
su casa. Se ha vuelto un eremita... Antes, él y yo, solíamos
navegar hasta el Acueducto Bajo y desde allí, paseando,
nos llegábamos hasta el Parque de Pero Días. ¡Qué
noches de perfumada conversación, al airecillo de los madroños,
contándonos nuestras aventuras y amoríos, nuestros
libros leídos y por leer! ¡Y cuántas veces sosegamos
nuestra sed en los alegres caños de la Fontana di Nava,
bajo las forondas, los robles y las cuestas! Hoy ese lugar es
un estercolero, un basural que esos tristes han destrozado y abandonado
en busca de otra presa apetitosa, como ese último reducto
de sabiduría que es la Torre Nanga, nuestra Biblioteca
General.
Los
vecinos dicen que Encinar está loco, que no sé qué
dolor familiar le confunde, pero yo sé bien que no es así.
Y que si no se ducha...
Entiendo
que es un rumor, una comidilla, y que va a dejar de tomarme en
serio pero... entre nosotros, los viejos, se viene contando últimamente
que al abrir los grifos, al vaciar las cisternas, al volcarse
los desagües, se ha percibido un extraño sonido. Algo
así como –le repito que pensará que mi edad me torna
ya torpe- la voz hermosa de una mujercita joven... Y Álvaro,
mi viejo Álvaro, que dice que no lava su ropa, que no se
ducha, que no sale de su casa, que ya no viene a festejarme las
tardes porque se pasa el día sentado en la bañera,
con el teléfono de la ducha en una oreja, escuchando una
bellísima y extraña canción... Incluso yo,
esta mañana, cuando quise lavarme las manos...
Haga
usted, Sr. Editor, algo por nosotros, por mi amigo, por mí.
Por esta Armilla que fue muchas Armillas, como pocas ciudades
en el mundo. Abra una campaña de concienciación
pública. Libérenos de estos espejismos. Usted aún
es joven, señor, y algo podrá hacer antes que se
le caiga la cera de los oídos, la venda de los ojos y como
Edipo tenga que arrancárselos para no ver la solución
a un enigma que nunca ni supo ni quiso contestar.
Suyo
affmo.
J.
G. Lorenzzo,
tuba
solista emérito de la Banda Municipal de Armilla.