POR
LOS HILOS
Habiendo
en Armilla, la ciudad en la que vine a vivir, esa cantidad de
competencia en el sector, los fontaneros han tendido a especializarse.
Y es que Armilla, edificada sin tabiques o manpuestos, está
construida sólo con cañerías, lo que es una
suerte para los que buscan trabajo de fontanero porque siempre
falta quien se dedique a ello. Yo también buscaba empleo
en esa época y entre los diversos ramos de la fontanería
me ofrecieron la opción de ser desatascador. Me iba a ocupar
de inodoros, bidés, lavabos, váteres y desagües
en general a los que hubiera que destaponar los sumideros. No
parecía muy agradable pero hice de tripas corazón,
era un trabajo temporal y no debía ser demasiado complicado.
No
llevaba mucho tiempo cuando aquél día me llamaron
para hacer una chapucilla. Se trataba de una pila que se desbordaba
en el quinto piso de un edificio y ponía perdidos de agua
a los transeúntes. Localicé el inmueble y comencé
a trepar por los tubos. Estaba ya llegando a la planta en cuestión
cuando me fijé que en el cuarto de baño del penthouse
había una bella joven de largos y rizados cabellos rubios
vestida con una fina camisa de seda que le tapaba más o
menos hasta el medio muslo. Me paré, impresionado por la
visión, perdiendo casi el equilibrio. Era tan hermosa que
parecía una de las náyades o de las ninfas cantoras
que según las crónicas habitaban Armilla después
de su construcción y que acabaron desapareciendo o marchándose,
supongo que aburridas de la rutina de la ciudad.
Pero
además de su belleza me sorprendió que cada poco
tiempo la chica cogía de entre sus muslos algo que examinaba
delicadamente al sol de la mañana. Al fijarme un poco más
me di cuenta de que sostenía con sus largos dedos de uñas
nacaradas, hilos, dorados como si fueran filigranas de la luz,
que con suaves aspavientos arrojaba a la taza del váter.
Dejé mi maletín colgado del grifo de la cocina del
cuarto derecha y me fui encaramando a un arcaduz de mayor grosor
que parecía que podría resistir bien mi peso.
La
chica estaba a la vista, creyéndose tal vez amparada por
la altura del ático o por el hecho de que la mayor parte
de los vecinos habían ido a realizar sus labores matutinas,
sin tener en cuenta que alguien desde otro edificio o, como era
el caso, algún trabajador desde un piso cercano al suyo
podría verla. De hecho me fije en que en el tubo del desagüe
de la lavadora del quinto izquierda y sobre la cisterna del sexto
derecha estaban sentados dos tipos vestidos con mono, que miraban
como yo fijamente la escena.
Transcurrieron
de ese modo algunos minutos hasta que de repente vi que la joven
miraba hacia abajo donde yo estaba sentado y luego hacia donde
estaban mis compañeros, los dos aguardando como pájaros
en sus cañerías. Yo pensaba que iría a ocultarse
tras el bidé o se vestiría con el albornoz de raso
que tenía colgado en el sifón de la pila pero se
limitó a preguntarnos qué hacíamos allí.
-
Somos de la Compañía del Gas. – dijeron al unísono
los otros. Luego, como si se hubieran explicado lo suficiente
preguntó - ¿Y usted? -
-
Soy el desatascador. – Grité más por el arrobamiento
que para hacerme oír. – Iba al quinto a limpiar un desagüe
y... -
-
Qué casualidad. – dijo ella – Precisamente necesitaba un
desatascador. -
Subí
raudo ante el cambio de trabajo pero cuando estaba prácticamente
a la altura del inexistente suelo del cuarto de aseo ya fueran
las ganas que imprimí a mi ascenso, ya la brujería
de los ojos de la joven, resbalé y me precipité
hacia delante, en una zona donde no había tubos donde sostener
mi impulso. Estiré el brazo, justo a la altura de sus muslos
y noté que me lograba sujetar a algo que frenaba mi inercia.
Lo que había agarrado tenía la consistencia y la
textura de un suave matojo de hierba. Mire hacia arriba y vi que
mi mano se aferraba a una auténtica cabellera que crecía
bajo el ombligo de la ninfa. Sus larguísimos y púbicos
pelos crespos que yo había creído hilos dorados
y que desde abajo habiéndome salvado de una caída
fatal me parecieron, tras la luz del sol y el ruido de un agua
que sonaba a risa, más áureos y maravillosos que
nunca. Fue entonces cuando la escuché cantar.