La
ofensiva produjo que muchos de los supervivientes tuviesen que
huir al único lugar donde todavía existían
fuentes, de donde procedían, según informaciones
algo imprecisas, los recursos de nuevos yacimientos, que potencialmente
podrían abastecerles, .
Los
que sobrevivieron, se adentraron en el fondo del océano,
buscando las jaulas de agua congelada de Hidrato metano que descansaban
bajo la materia orgánica y la flora oceánica todavía
vírgenes, esperando, para ellos en las profundidades insondables
de un mundo hostil.
Entre
el grupo de incautos temerarios que no vacilaron un instante ante
una empresa que algunos vaticinaban como un suicidio colectivo,
se encontraba Thannon , el bisabuelo de Rhenna, amante de la alquimia
y la extracción del elixir de las flores ,estudioso de
las terapias florales y detractor de los fármacos.
Thannon
vio por última vez el devastado entorno de su infancia,
ya nada quedaba de lo que había constituido los años
de su memoria; aquel paisaje de viento había mudado su
piel, trocándose en una imagen fantasmagórica, hiriente.
Ahora,
sus recuerdos estaban transfigurados, maquillados por esa nueva
pátina de lágrimas.
De
la última de las batallas que padeció, enmudecido
por el sonido de la guerra, solo pudo rescatar aquellas esencias
por las que había luchado toda la vida, en cierto modo,
no deseaba llevarse nada más allá donde iba, a la
ciudad que aún no habían bautizado; ni siquiera
sabía si su esfuerzo se vería recompensado, tenía
miedo, se sentía desconcertado. Nada sabía de si
sobreviviría después de la inmersión. Pertrechado
de algunas ropas y sus esencias emprendió el camino hacia
las profundidades
II.
A Rhenna, ahora la llamaban la farmacéutica 95 años
después de la catástrofe. Su botica era un enjambre
infinito de aromas, los pequeños recipientes donde descansaban
sus esencias flotaban bajo una superficie casi plana, navegando
aquí y allá, confundiéndose con la decoración.
Rhenna había mantenido con firmeza las enseñanzas
de su abuelo a lo largo de los años, convirtiéndose
en una acérrima partidaria de las esencias que un día
sus antepasados trajeron de la tierra; nunca quiso saber nada
de las algas; había quien despotricaba ferozmente contra
ella por no adaptarse a los tiempos, por no aceptar que las cosas
habían cambiado que sus esencias pertenecían al
pasado, pero Rhenna seguía pensando que gracias a ella
el equilibrio en la ciudad parecía posible.
Gracias
al Arrayán conseguía que los enfrentados en las
reyertas de los diferentes partidos pro-energías, se comportaban,
reconociendo sus faltas, y aprendiendo a escuchar y aclarar las
cosas.
A
los que triunfaban en el deporte Rhenna les recetaba Carceja Enana,
que según su abuelo aportaba una actitud positiva del hombre
hacia el mundo, reactivando la personalidad; y para aquellos que
no aceptaban de buena gana ser derrotados, Rhenna por un módico
estipendio, les expedía sus frasquitos de Falsa Mandioca,
elixir que aporta claridad y erradica la arrogancia y el exceso
de estimación propia,
Pero
lo que quizá mejor hacían las esencias era combatir
los males de amor y los infortunios del espíritu.
Bien
es cierto que las anécdotas de Rhenna se contaban por cientos.
Habían
sido innumerables las veces en las que los individuos despechados
habían acudido a ella en busca de unas gotas de Margarita
Piria, para expresar sus emociones a la amada o bien para adquirir
ampollas de Llantén que les aportaban una visión
del mundo repleto de hermosas oportunidades.
En
cambio los que adolecían de males del ánima, buscaban
en los frasquitos de Gongorosa la calma, el equilibrio emocional
y la huida valerosa de la obsesión.
Rhenna
intentaba con sus recuerdos acallar las voces de los calumniadores
que enjuiciaban sus procedimientos, según sus detractores
poco ortodoxas, que no hacían caso a las nuevas metodologías
con la flora autóctona; eran para ella abanderados de una
sinrazón, ni siquiera sabían que demonios podían
combatir con aquellas algas.
Recostada
sobre su tálamo recordaba aquel panfleto irreverente, que
aquellos insolentes habían cosido en su puerta.
Hablaban
del fuerte poder curativo de las Rhodophyta, esas algas rojas
que, al parecer actuaban sobre la ceguera, proporcionando una
visión nítida a los invidentes; también decían
algo de la familia de las Caulerpa, esas Clorophytas verde cuyos
emplastos hacían desaparecer por completo las afecciones
de la epidermis, tan frecuentes en Armilla
Y
un largo etcétera de las innumerables posibilidades de
las algas pardas y sus combinaciones.
Para
Rhenna eso no eran más que pamplinas. Al fin y al cabo
nadie había probado que aquello fuese efectivo, no eran
más que naderías blasfemas, esas modernidades que
intentaban dar al traste con siglos de tradición.
La
tradición era el baluarte de una verdadera sociedad, su
bastión, su refugio; no estaba dispuesta a renunciar a
los preceptos que una vez sirvieron allá en la tierra a
los verdaderos colonos, a los genuinos artífices de su
existencia
Ir
a contracorriente era algo propia de esa juventud indolente e
insensible, a la que solo le preocupaban esas malditas algas.
Pero
apenas le quedaban fuerzas para luchar contra aquella corriente
inevitable, era cuestión de tiempo; en menos de un lustro
ella probablemente ya no estaría allí y los revolucionarios
camparían a sus anchas en la ciudad, a nadie le importarían
ya sus esencias, quizas se dispersaran sembrando retazos de recuerdo,
y sería entonces cuando realmente su contribución
a la raigambre se convertiría en leyenda.
III.
Rhenna
nunca fue una farmacéutica ni siquiera supo nunca lo que
eran los fármacos. Su abuelo le dijo que antes de la guerra
sirvieron a los antepasados para curar enfermedades, para acallar
los gritos de dolor, incluso para ayudar al tránsito hacia
la muerte. Y sin embargo si ella, si toda su generación
había podido sobrevivir sin ellos constituía, en
esencia, la respuesta: no era necesario nada más.
La
vida de Rhenna siempre apacible y sosegada, parecía haber
dejado de ser una existencia sin estridencias. El curso de los
acontecimientos así lo preconizaban; las cosas cambiarán
pronto.
A
pesar de ello Rhenna se aferraba a su idealidad, esa extraña
e inmutable manera de hacer; ella siempre tuvo presente que en
Armilla, de la batalla solo quedaron las flores, y sería
eso con lo que se quedaría para el resto de su vida.