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técnicos en Armilla         

 

el relato de la farmacéutica

 

RHENNA

 

I.

La guerra por la energía devastó el mundo de los antepasados de Rhenna. Los recursos escaseaban y, agotados, esquilmados casi en su totalidad, los yacimientos de carbón y petróleo, la beligerancia y hostilidad de los habitantes se hacía cada vez más cruenta.

La ofensiva produjo que muchos de los supervivientes tuviesen que huir al único lugar donde todavía existían fuentes, de donde procedían, según informaciones algo imprecisas, los recursos de nuevos yacimientos, que potencialmente podrían abastecerles, .

Los que sobrevivieron, se adentraron en el fondo del océano, buscando las jaulas de agua congelada de Hidrato metano que descansaban bajo la materia orgánica y la flora oceánica todavía vírgenes, esperando, para ellos en las profundidades insondables de un mundo hostil.

Entre el grupo de incautos temerarios que no vacilaron un instante ante una empresa que algunos vaticinaban como un suicidio colectivo, se encontraba Thannon , el bisabuelo de Rhenna, amante de la alquimia y la extracción del elixir de las flores ,estudioso de las terapias florales y detractor de los fármacos.

Thannon vio por última vez el devastado entorno de su infancia, ya nada quedaba de lo que había constituido los años de su memoria; aquel paisaje de viento había mudado su piel, trocándose en una imagen fantasmagórica, hiriente.

Ahora, sus recuerdos estaban transfigurados, maquillados por esa nueva pátina de lágrimas.

De la última de las batallas que padeció, enmudecido por el sonido de la guerra, solo pudo rescatar aquellas esencias por las que había luchado toda la vida, en cierto modo, no deseaba llevarse nada más allá donde iba, a la ciudad que aún no habían bautizado; ni siquiera sabía si su esfuerzo se vería recompensado, tenía miedo, se sentía desconcertado. Nada sabía de si sobreviviría después de la inmersión. Pertrechado de algunas ropas y sus esencias emprendió el camino hacia las profundidades

II.

A Rhenna, ahora la llamaban la farmacéutica 95 años después de la catástrofe. Su botica era un enjambre infinito de aromas, los pequeños recipientes donde descansaban sus esencias flotaban bajo una superficie casi plana, navegando aquí y allá, confundiéndose con la decoración. Rhenna había mantenido con firmeza las enseñanzas de su abuelo a lo largo de los años, convirtiéndose en una acérrima partidaria de las esencias que un día sus antepasados trajeron de la tierra; nunca quiso saber nada de las algas; había quien despotricaba ferozmente contra ella por no adaptarse a los tiempos, por no aceptar que las cosas habían cambiado que sus esencias pertenecían al pasado, pero Rhenna seguía pensando que gracias a ella el equilibrio en la ciudad parecía posible.

Gracias al Arrayán conseguía que los enfrentados en las reyertas de los diferentes partidos pro-energías, se comportaban, reconociendo sus faltas, y aprendiendo a escuchar y aclarar las cosas.

A los que triunfaban en el deporte Rhenna les recetaba Carceja Enana, que según su abuelo aportaba una actitud positiva del hombre hacia el mundo, reactivando la personalidad; y para aquellos que no aceptaban de buena gana ser derrotados, Rhenna por un módico estipendio, les expedía sus frasquitos de Falsa Mandioca, elixir que aporta claridad y erradica la arrogancia y el exceso de estimación propia,

Pero lo que quizá mejor hacían las esencias era combatir los males de amor y los infortunios del espíritu.

Bien es cierto que las anécdotas de Rhenna se contaban por cientos.

Habían sido innumerables las veces en las que los individuos despechados habían acudido a ella en busca de unas gotas de Margarita Piria, para expresar sus emociones a la amada o bien para adquirir ampollas de Llantén que les aportaban una visión del mundo repleto de hermosas oportunidades.

En cambio los que adolecían de males del ánima, buscaban en los frasquitos de Gongorosa la calma, el equilibrio emocional y la huida valerosa de la obsesión.

Rhenna intentaba con sus recuerdos acallar las voces de los calumniadores que enjuiciaban sus procedimientos, según sus detractores poco ortodoxas, que no hacían caso a las nuevas metodologías con la flora autóctona; eran para ella abanderados de una sinrazón, ni siquiera sabían que demonios podían combatir con aquellas algas.

Recostada sobre su tálamo recordaba aquel panfleto irreverente, que aquellos insolentes habían cosido en su puerta.

Hablaban del fuerte poder curativo de las Rhodophyta, esas algas rojas que, al parecer actuaban sobre la ceguera, proporcionando una visión nítida a los invidentes; también decían algo de la familia de las Caulerpa, esas Clorophytas verde cuyos emplastos hacían desaparecer por completo las afecciones de la epidermis, tan frecuentes en Armilla

Y un largo etcétera de las innumerables posibilidades de las algas pardas y sus combinaciones.

Para Rhenna eso no eran más que pamplinas. Al fin y al cabo nadie había probado que aquello fuese efectivo, no eran más que naderías blasfemas, esas modernidades que intentaban dar al traste con siglos de tradición.

La tradición era el baluarte de una verdadera sociedad, su bastión, su refugio; no estaba dispuesta a renunciar a los preceptos que una vez sirvieron allá en la tierra a los verdaderos colonos, a los genuinos artífices de su existencia

Ir a contracorriente era algo propia de esa juventud indolente e insensible, a la que solo le preocupaban esas malditas algas.

Pero apenas le quedaban fuerzas para luchar contra aquella corriente inevitable, era cuestión de tiempo; en menos de un lustro ella probablemente ya no estaría allí y los revolucionarios camparían a sus anchas en la ciudad, a nadie le importarían ya sus esencias, quizas se dispersaran sembrando retazos de recuerdo, y sería entonces cuando realmente su contribución a la raigambre se convertiría en leyenda.

III.

Rhenna nunca fue una farmacéutica ni siquiera supo nunca lo que eran los fármacos. Su abuelo le dijo que antes de la guerra sirvieron a los antepasados para curar enfermedades, para acallar los gritos de dolor, incluso para ayudar al tránsito hacia la muerte. Y sin embargo si ella, si toda su generación había podido sobrevivir sin ellos constituía, en esencia, la respuesta: no era necesario nada más.

La vida de Rhenna siempre apacible y sosegada, parecía haber dejado de ser una existencia sin estridencias. El curso de los acontecimientos así lo preconizaban; las cosas cambiarán pronto.

A pesar de ello Rhenna se aferraba a su idealidad, esa extraña e inmutable manera de hacer; ella siempre tuvo presente que en Armilla, de la batalla solo quedaron las flores, y sería eso con lo que se quedaría para el resto de su vida.

 

 

María Eugenia Sánchez es farmacéutica en Armilla

 




 

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