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el relato del clepsidrero

 

 

Un día como cualquier otro se le comenzó a ver diariamente con puntualidad en la planta baja de uno de los edificios de tubos del centro de Armilla. Era un hombrecito menudo y maduro con unos lentecitos redondos apenas sostenidos en la punta de la nariz. Se sentaba en el piso rodeado de sus tinajas delicadamente decoradas y graduadas, que se encadenaban entre sí por finos hilos de agua cayendo de unas a otras en una metáfora perfecta del infinito fluir del tiempo: Era el relojero de clepsidras. Nuestro personaje, que recibió su oficio de su padre, pasado de generación en generación desde tiempos inmemoriales, al recibir noticias de Armilla, una ciudad de delgadas columnas de agua, supo que aquel era el sitio adecuado para abrir su propia clepsidrería. Entonces tomó sus reglas graduadas, martillos y cinceles y se dirigió a "la selva de las cañerías" como solía conocerse esta ciudad en los predios del clepsidrero. Su labor en Armilla fue pronto reconocida por sus habitantes, cansados del incordio que suponía su incapacidad para ponerse de acuerdo con respecto al instante justo en que debían encontrarse para una cita, un negocio o incluso para buscar los niños en el colegio. La ausencia de medidas más o menos exactas y sincronizadas del transcurrir del tiempo hacia prácticamente imposible ordenar las labores de Armilla mas allá de imprecisos estimados tales como "esta noche" o "dentro de dos mañanas" o "cuando empiece a oscurecer", que como sabemos los que conocemos de cerca los relojes, no son ni remotamente suficientes para alcanzar los niveles de eficiencia de las sociedades más avanzadas. Por eso la llegada del clepsidrero fue asumida en Armilla como el inicio de un nuevo ciclo para la ciudad, el final de la etapa caracterizada por la lentitud y el comienzo de una época que se dio en llamar "La Ilustración del Agua". Al principio solo algunos hombres ricos tuvieron acceso a refinadas clepsidras para el hogar, pero muy pronto el ayuntamiento de Armilla decidió encargar al clepsidrero uno de sus artefactos para cada esquina de la ciudad, de forma tal que cada ciudadano de Armilla pudiera consultar la hora en centímetros cúbicos siempre que lo necesitasen y los encuentros pudieran estimarse con apenas unas cuantas gotas de error. Poco a poco se hicieron comunes expresiones como "dame solo unas gotitas para alistarme" o "nos veremos dentro de doce gotas", que más tarde dieron lugar a imperativos tales como "lo quiero para hace 280 metros cúbicos". Para comprender esta líquida medición del tiempo sólo era necesario saber que un día poseía 28800 cc. que eran a su vez 288 metros cúbicos. Ninfas y náyades vieron con estupor hombres y mujeres corriendo de un lado a otro, plazas y calles desiertas de la presencia quieta de cualquier ciudadano que no fuera viejo o niño. Desde entonces, los tiempos reglados dominaron Armilla, de forma que un armillense típico, por ejemplo, desayunaba alrededor de los 84 metros cúbicos, entraba al trabajo a los 102, almorzaba a los 156 y se iba a la cama alrededor de los 276, después de ver unos 24 metros cúbicos de televisión.

Náyades, ninfas, viejos y niños fueron los únicos que, sin medir el tiempo, conservaron conciencia de su valor.

 

 

Jorge Ernesto Rodríguez Rojas es clepsidrero en Armilla

 

 

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