TAN SÓLO ME INTERESA EL AGUA
Tan
sólo me interesa el agua.
Acá
donde me ven, si acaso me ven, me trae la pasión. Pasión,
sí, no algo más débil, porque de verdad,
amo y padezco: a raíz del agua padezco, cuando la hicieron
prisionera, me opuse... Pero nadie escucha a una mujer.
Sí,
encarcelaron al agua, eso se hizo, en este pueblo con lindo nombre:
a....i...a... son los sonidos de las canciones que aquí
se cantaban, y que enhebraban por sí solos versos estupendos.
Se esparcieron por el mundo y al parecer, hasta no hace mucho,
se las entonaba en todas partes, igualito que aquí en su
tiempo: ii... aa... ii... aa...; y no se sabía quién
las había creado.
Sí,
Armilla: podéis leerlo en la antigua puerta de la ciudad,
nombre hermoso, pero ciudad cruel quizá. ¡El agua ha de
ser libre!, como los pájaros. Tal vez a raíz de
ello se fueron de aquí los seres del aire, pues ¿ cómo
iban a saciar su sed si el agua está presa? Por supuesto,
queda aún el agua cautiva. Pero los pájaros también
quieren la libertad del agua. (¿Lo habéis notado? Muy poquito
por vez beben los pájaros ; sin embargo, lo hacen todo
el tiempo.) Ahora, el agua está cautiva y el aire... ¡vacío!
No huele ya, olía a plantas, a ellas también les
gusta el agua libre, que corre hacia ellas cuando mejor le place.
Este manantial, aquí como lo véis, lo tuve escondido;
tan débil... un ojito no más; quizá por ser
tan pequeño es que no lo han visto ¿no?; y sigue con sus
ii... aa... sólo para mí. Ya véis: aquellas
canciones las creaba el agua, el agua libre, nuestra riqueza;
eran su canto, su habla. ¿Es que quizá ya no es preciso
seguir ocultando mi manantial? de hecho en el pueblo ya no queda
casi nadie... no sólo fueron los pájaros los que
partieron. Tan vacío está todo... Tal vez se os
ocurra que somos, los de aquí, pura sombra, igual que en
Comala, el pueblo ése, lleno de sombras vivas, "en la mera
boca del infierno". Quizá me véis como mujer en
ruinas, como si ruinas fueran lo que hay acá. No, no se
trata de eso exactamente, sino de una ciudad de la que se ha abdicado.
Sí,voy a contaros,!esperad!,si de hecho me oís.
Y no me sorprendería si no me oyéseis... desde hace
mucho nadie oye mi voz. ¡No, no! prefiero que no me veáis:
fijáos, desde el momento en que el agua... desde ese momento
no me he visto a mí misma : ya no están los espejos
donde yo me miraba. ¡No sé qué vería si me
viese! ¿soy visible? no quisiera serlo...
Esto
era un paraíso: verdor... sonidos... olores...
¿Me
escucháis cómo hablo? como tejiendo encajes con
alas de libélula; eso me enseñó el agua.
¿Si me oigo? ¡este silencio! ... yo y el agua. Son sencillas mis
palabras; ¿pobrecitas? quizá no. ¿Mi nombre? No,no me hace
falta ya. Me llaman La Geógrafa. Me duele el sobrenombre,
mi oficio lo ejercí en contra del agua... Y en contra mío,
claro está. (Habréis notado que tantos "ya" me salen
como perritos abandonados... ¡qué tristes, los perros,
de tan fieles!) No creáis, sin embargo, que me pongo nostálgica
; todo depende de cómo se lo vea. A mí Armilla me
da igual; así como me oís, si acaso me oís,
no acepto sin embargo lo que le han hecho al agua(¿lo que le hemos
hecho?). Yo tan sólo atiné a esconder mi manantial...
El agua no empuja más que algunas pulgaditas, hacia arriba,¡precioso!,¡mirad...!
Al
comienzo, yo sólo dibujaba. ¿Mis dibujos? No existen ya.
Los conservo en el recuerdo, ¿no? yo misma los hice... los hacía
por placer. Así es, pues, como sólo yo recuerdo
lo que fue Armilla. A los hombres les interesan no más
las mozuelas, las mujeres sospechosas que los han hechizado...
¿Las
habéis visto? ¿sí? ¿por ellas habéis venido?
Sí, se hace eso ahora... ¡estos tiempos ! de ello viven
los de Armilla, aquéllos que se quedaron: de mostrarlas
¡fenómeno! a los viajeros... Pudieran ser sirenas: el mar
no está lejos.
No
vivían aquí antes. Sin embargo, una tarde, los de
Armilla se acercaron y me dijeron, como si yo existiera por primera
vez: - Tu mirada sabe ver; y tus manos son diestras. -¿Y qué?,
contesté yo. - Tus talentos, dibujante, de ellos se trata:
es que los necesitamos. Y de hoy en adelante, nos debes obediencia;
haz lo que te ordenemos, o no tendrás qué comer.
Estudia atentamente el terreno de Armilla; dibújalo todo,
muy, muy exactamente; y ahí indica, y con mucha precisión,
todos los manantiales que puedas encontrar.
¡Qué
mirada inquisitiva les eché entonces! ¿Sabéis vosotros
cómo es, un corazón hundiéndose? Así
sentí yo que el mío se hundía. - ¿Y para
qué lo queréis? , alcancé a preguntar a los
hombres de Armilla, a quienes no reconocía, por sus turbias
miradas y su fulgor maligno. - A ti no te interesa, mujer, respondieron.
Y se han ido.
Al
día siguiente, uno de ellos vino a buscarme... Y se ha
convertido en mi sombra. Dondequiera que yo fuese, por los caminos,
los bosques, él iba conmigo.... Y yo escuchaba el plañir
del agua como si ella avistara el porvenir: "vós lhi tolhestes
os ramos en que siian... vós lhi tolhestes os ramos en
que pousavan... e lhi secastes as fontes en que bevian... e lhis
secastes as fontes u se banhavan...". Yo, sin verlo, el futuro¿no?
yo, tan sólo más suspicaz. ¿Sabéis? me encantan
las piedras, sobre todo las que lucen, como el agua cuando el
sol la hiere. E intentaba distraer al hombre de Armilla... mostrándoselas,
para que no oyera él esos cantos. El solía decirme
: - Conoces el mundo, porque sabes verlo; y más aún,
sabes representarlo. (Y desgraciadamente era así...) Tuve
que dibujar Armilla, sus caminos, rocas, bosques, manantiales...
Aunque advertí a las fuentes que no lloraran, pues las
oiría el hombre, Mi Sombra, y yo tendría entonces
que denunciar su existencia... no me escuchaban ellas; y así
pues, mis pergaminos se llenaban, sin pausa...
Mas
al pequeño manantial, tan chiquitito él, al parecer
no lo oyó. Yo, sí. Me agaché y lo cubrí
con mi sombrero de paja, mientras distraía a Mi Sombra
con las piedras relucientes, las lianas danzantes, la belleza
de las encinas... Susurré a las encinas: ocultad mi manantial...
Y, bajo las hojas que, tras flotar en el aire, caían al
suelo, lo ocultaron los árboles. Tantas hojas cayeron,
que el hombre me dijo: -¡Hala!, al parecer el otoño llega
ya...
Así
pues, este manantial no lo veréis en mis folios.
Al
volver, día tras día, por los caminos de Armilla,
adentrándonos en los bosques (¡qué frescura había
aún en el paraje umbroso!), yo le decía sin hablar
a mi pobre fuentecilla: ¿dónde está la fuentecilla,
"la más pequeña de mis amigas, ¿en dónde
está?"... Y el pequeño manantial me contestaba,
sin que se le oyera: aquí... acá...
Fue
Mi Sombra quien al final me aclaró el misterio... ¡tanto
me ha seguido! terminó por acercárseme. Me dijo
una vez : ven conmigo a la playa. Y lo seguí. Al llegar
a la playa, divisamos un barco, el barco se alejaba... ¡y en la
arena se veía un montón de cañerías!
-Llevaremos el agua al país del desierto, por debajo del
mar, confesó Mi Sombra. Atraparemos los manantiales. -
!¿Y qué?! ¡Por Dios! (Hasta ahora sigo sintiendo esa rabia
impotente.)
Sin
embargo, al hacerlo los hombres de Armilla, y como si la corteza
de la tierra se rompiera, surgieron de las cañerías...
¿recordáis, las mozuelas, las que mencioné? sí,
las mujeres ésas, desvergonzadas, que se ven por ahí,
desnudas, riéndose sin razón... pues bien, ¡surgieron
ellas!
¿Habéis
visto a las hormigas al destruírseles el hormiguero? Así
era. Y todavía, ahí se ven.
Armilla
no pertenece ya a sus habitantes. Las cañerías han
servido para que surgiesen ellas, solamente... A los hombres esas
mozuelas los tienen hechizados, ya no les quedan planos, ya no
quieren a sus esposas...; no obstante, las mujeres, al parecer,
no los ven... ¡y ríen a carcajadas! que suenan como el
agua por las tuberías... ¿De verdad lo creéis? No,
¡por supuesto que no son el alma del agua! sirenas, eso sí,
pudieran ser...
Los
hombres de Armilla se fueron y siguen yéndose : ¡nos cuesta
demasiado un simple vaso de agua! Las locas mujercitas por las
cañerías... a ellas les pertenece el agua... Ni
siquiera se adormecen, ¡están siempre despiertas!
A
mí, no, no me falta el agua, ni el aire, ni olores; y por
eso sigo aquí. Me agacho y, bajo mi sombrero, donde brota
el manantial yo recupero mi savia: ahí lleno mis pulmones,
y mi boca la humedezco, acercándome a la tierra... La tierra
ahí huele aún, huele, sí, a humedad, a la
savia por la que vivo - ¡quién pudiera vivir sin ella !
- , huele aún al agua débil de mi manantial.
Post
Scriptum de La Geógrafa:
A su amiga Victoria Casabona le agradece
la revisión de lengua.
Lo que esté bien a ella se debe.
Tan sólo a La Geógrafa se deben los errores: es
que es testaruda.