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técnicos en Armilla         

 

el relato de la farmacéutica

 

LA FARMACÉUTICA ARMILLANA

 

 

Durante un día interminable permanecemos apiñados bueyes, industrias, afanes: no logramos llegar más de tres o cuatro por jornada y volvemos a reunirnos cuando comienzan a apagarse las farolas, cuando el tráfico ya no escasea: la vida genérica, y la espantosa necesidad de estar (que ni eso) antes de que bajo nuestros pies comiencen a desaparecer los suelos y nuestros ojos se cierren, horrorizados. Elige, hija, entre ambas orillas: o naufraga. En qué pensará, por qué no se limpia las lágrimas, resbalan por su cara cuando cruza el umbral, debe ser a causa del cambio brusco de la temperatura. Un remedio para la vista (dos ojos podridos) hasta aquí llegan las aguas ­sus algodones­ hasta este paraíso (no para todos). Alcánzame ese frasco, cúrame la psoriasis. ¡Ay!, este mostrador, siempre ahogado por las cajas y los vidrios, al borde de la exclusión ocular (otras exclusiones son peores, otras como llagas, costosísimas). Remeda la mugre y sírvete de ella, cose por aquí y por allá, escupe las balas, sacrifica una pierna por mí, sacrifica un universo (estaremos lejos cuando llegue el momento, muy lejos, seres aéreos, ¡ja!, ¡ja!), sacrifica hijos, cabañas, ropas. Durante otro día interminable odiamos la suerte de los que no se quedaron en el camino, de los que no fueron pasto de las aves y de las llamas, y rezamos, crédulos, temerosos de la nada y del hombre: la melaza no da para más, intuimos que de un momento a otro se transformará en un monstruo, volverá en sí, será nosotros. Y si somos ya otros no lo sabemos, otros también en otras ciudades, alguna habrá de curarnos, alguna vez; y alguna habrá de devolvernos al barro. Entretanto, mientras permanecemos a la espera (espera es temblor) surcan nuestras manos las propuestas más insolentes (no esperar es no temblar): la vida en firme, no esperar, no esperar, no esperar, no hacer cola, no trepar sobre la montaña de cadáveres, no participar en la maratón, no desvivirse yendo en pos de la bandera, no armillar las puertas, no armillarse dientes y uñas, no flotar como un vertido boquiabierto y nutritivo. En fin: mucho salmón (nada contra la fiebre). De Armilla no se sale.

 

 

Sonia García Rincón es farmacéutica en Armilla

 


 

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