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el relato del cirujano

 

 

No me siento solo. Quizás en parte sea porque se me escapa el concepto de soledad. El ser humano me es ajeno. Llevo toda la vida queriendo comprenderlo, toda una vida en este desierto que parece un sueño apuntalado, toda una vida y todavía nada. Pero reconozco no haberlo intentado con demasiado ahínco. Yo, al igual que mis predecesores, nací siendo cirujano, fui concebido para ser cirujano. Sólo tuvieron que serme transmitidos los conocimientos necesarios, y nada más que eso; cosa que hizo mi maestro al igual que haré yo dentro de no demasiado, con otra vida arrancada al agua.

Siempre he vivido en lo que antaño fue campamento base, enterrado bajo un bosque melnikofiano. Todas las mañanas me despierto con los cantos, paseo meditabundo enfocando quizás sueños, y empleo el resto de las horas de luz en leer (aunque ya he empezado a releer) los libros empachados de polvo que intentan transmitir cierta sensación de orden a una sala que debió de haber sido biblioteca. La noche la mato dudando. Disfruto de mi reclusión, disfruto comprobando, un punto melancólico, que las olas siguen sin dejar escapar nada, que se atragantan inmutables con todo lo que no me sirve.

Una vez a la semana al mar le da una arcada. Entonces yo trabajo. Abro la carne, corto, quemo, implanto, coso. Adapto. A la noche el agua se embucha de nuevo su náusea reconvertida. Y yo me quedo para dudar, y leer a ratos.

Detesto lo que el mar ha llegado a representar para mí, las ideas que se adhieren a mi piel al contemplarlo; y sin embargo soy yo quien adecúa las nuevas vidas al agua, un agua que ya puedo pero aún no quiero. Por lo tanto soy una especie de dios decepcionado de su creación, un espectador privilegiado del incombustible y estéril proceso de adaptación del universo a nuevas verdades axiomáticas. Cuesta ver cómo han olvidado sensaciones, conceptos... desplazados por alguna nueva ordenación del mundo. Como siempre han hecho.

Olvidarse a sí mismos en su propia evolución... triste pero divertido (¿A quién se habrán llevado?).

Yo, por mi parte, sólo puedo mirar el mar, el agua inmensa. Y me suelo preguntar en qué punto las cosas empezaron a torcerse. Quizás debieron hacer caso a Platón y no desligarse del mito, o a lo mejor hicieron bien en seguir a Aristóteles y su razón, no lo sé. Quizás Pei-Xiang no debió mostrar nunca sus escritos, o simplemente no debieron aprender a comunicarse jamás. Hubo un tiempo en que me sumergía en estas cuestiones con fruición de buscador; ahora soy un ex buscador que mira al mar tranquilamente sabiendo la ruina prolongada, de espaldas a otra ruina por suerte más platónica.

Así paso despacio por un terreno escaso, temiendo el agua, temiendo que siga ennegreciendo y no pueda reprimir una última náusea. Paso lento para poder admirar cada cosa, o la sombra ya de cada cosa, y porque aún se me escapa demasiado para un lugar tan reducido. Y paso despacio porque no me urge entender nada, porque creo que nada que se pueda entender rápido merece la pena. No tengo prisa porque no tengo un fin, o porque el fin es demasiado inmenso para que yo pueda abarcarlo. Porque no tengo miedo, no me siento inseguro si no comprendo cuando entiendo que no puedo comprender. La ausencia de prepotencia y egocentrismo en soledad no permite que sea tentado y derribado. Yo he aprendido a amar este desierto de pesadilla o de ensueño, he aprendido a no desear, a nacer vivo cada día entre cantos. Y me gusta.

Hay quien dice que estoy loco, hay quien no cree que exista, y hay para quien no existo. Dentro de los que me catalogan como loco hay quien dice que me retienen los cantos, otros creen que soy fruto del aislamiento, del desconocimiento. Yo no pienso en esas cosas. Soy cirujano y mi lugar está en tierra, lo quiera o no. Pero como ya he dicho, no me siento solo, ni envidio su adelanto (que por otra parte me veo obligado a utilizar), ni su felicidad.

No creo en ellos, para mí ellos están más locos que yo (en caso de que yo lo esté), para mí todo su mundo tiene menos peso existencial que el simple aire, ya casi mío. Vivo suave, delicado, intento fluir con las corrientes de vida que se enredan con los cantos en mi pelo enmarañado. Contemplo su agua con tristeza, de espaldas a la entonces su tierra muerta, ahora mi tierra, preñada de sí misma. Disfruto de mi condición de exiliado de un mundo que se ha sumergido ciego en el terreno del mito; exiliado a otro mundo en que los mitos han tomado lo que el hombre ha dejado medio destruído, o a medio construir.

"...al hombre, antes de colonizar las estrellas, todavía le queda por colonizar el agua..."
Pei-Xiang

 

 

Jorge Fernández Alday es cirujano en Armilla

 

 

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