"¿Por
qué si el 90 por ciento de todo es basura,
como dice Sturgeon, los amaneceres son todos tan bellos?"
Fel Conesa
-Oiga,
¿y no me puede dar usted el número del móvil del piloto? –pregunté
desesperado al hombre gordo en chándal.
-Mire, a mí el señor Bruno me tiene prohibido dar su número. Si quiere le
llamo, pero ya lo he hecho y no hay cobertura...
Este
hombre debía de ser el técnico de la torre de control, bueno, torre por
llamarlo de alguna manera, y de control... mejor no hablar. Hacía más de
hora y media que había conseguido llegar al Aeropuerto de Monflorite,
después de perderme con el monovolumen por varias carreteras locales. Para
las 12 de la madrugada de hoy había alquilado una avioneta aquí, con destino
a uno de los últimos desiertos europeos, el de los Monegros, a caballo entre
las provincias de Huesca y Zaragoza. Iba a hacer el reportaje fotográfico que
salvaría mi carrera. Casi lo tenía ya cerrado con los del National, así que
me lancé. Gasté todo mi capital en adquirir lo último en fotografía
digital. Iba a vender las mejores imágenes de la historia. El día de Todos
los Difuntos quería fotografiar cómo amanece en este paraje muerto, en este
cementerio de la naturaleza. Cuando llegué al aeropuerto no había ni un
alma. La carretera, por supuesto, no estaba iluminada. Soplaba un viento de
mil demonios. Un sólo farol sobre la puerta iluminaba un letrero:
"Aeródromo". Estaba tan alejado de la civilización que no
conseguía sintonizar ni una emisora en la radio del coche. Al cabo de unos
minutos, un guardia de seguridad abrió la puerta y me invitó a pasar.
-Usted
será el fotógrafo, ¿verdad?
-Sí, soy Fel Conesa, he contratado un vuelo sobre Monegros de dos horas de
duración mínimo, al amanecer...
-Bueno, bueno, eso ya se lo dice al señor Bruno cuando venga, ahora no hay
nadie. Si quiere, puede esperar dentro. ¿Lleva mucho equipaje?¿Le ayudo?
-No,
no hace falta, gracias- cualquiera confiaba un equipo que me había costado
millones a este tío... Saqué del coche la bolsa con el portátil y la
pequeña impresora que podía conectar directamente a la cámara. Luego, casí
con adoración, cogí la otra bolsa donde llevaba mi preciada cámara con el
ultimísimo DCS Pro Back, que me iba a permitir retratar la roja cara del sol
a 16 megapixel con el sensor especial de la cámara.
Pasaron
las horas, dieron las doce, vino el del chándal y el piloto no llegaba. A las
doce y media apareció por fin, un tipo con barba embutido en un trasnochado
mono amarillo.
-Bueno,
señor, lo siento pero no podemos volar, me han avisado de una tormenta solar
G5 que llega en unas horas, así que, si quiere salvar el pellejo...
¿Cómo?
¿Este hombre se creía que porque el sol calentara más de la cuenta iba a
tirar a la basura toda la pasta que había gastado en esto? Creo que nunca en
mi vida discutí tanto sin que el oponente se dignara a contestar con algo
más que gestos: le supliqué, le grité, le chantajeé, apelé a sus
ilusiones infantiles, a sus sentimientos nacionalistas, me cagué en su
preparación profesional... nada. Siguió pegado a una pantalla de ordenador y
a un equipo de radioaficionado que sólo emitía ruidos.
-Mire,
Conesa, esto es Monegros. Y aquí el cielo está agujereado, ¿me entiende?
Somos el centro de la diana del agujero de ozono.¿Por qué si no iba a
conservarse este desierto?
No
pude hacer otra cosa que reirme, supongo que estaba histérico.
-Oiga,
esto no es el fin del mundo, ¿no creerá en esas chorradas?
-Venga conmigo.
Pasamos
al lado de las dos únicas avionetas que había, cinco veleros y varias
maquetas de aeromodelismo. Llegamos a un hangar medio derruido. Abrió una
puerta metálica y encendió un fluorescente que se quedó parpadeando. Allí
dentro había una avioneta. Estaba quemada. Nos acercamos. Abrió la
portezuela y me invitó a mirar en la cabina. Parecía todo fundido y roto. En
el asiento, pegados, trozos de tela amarilla.
-Fué
dificil sacarlo de ahí...
Era
el mono del piloto, chamuscado.
-Pero
peor fue lo de los mandos...
Aquello...
no, no podía ser, parecía piel humana...
-El
pasado mes de junio salió a volar, y la tormenta sólo fué de magnitud G3,
imagínese. De esa no fuimos informados, como somos un aeropuerto
inexistente... ¿Aún quiere volar para fotografiar el sol de los Monegros?
Salimos
del hangar. Amanecía. El mundo aún existía y yo tenía un reportaje
muchísimo más valioso que el que vine a hacer. Sólo era cuestión de
esperar a la noche siguiente, cuando todo estuviera dormido en este desierto.
En todo caso, la duda estaría en elegir entre la prensa científica o la
amarilla, aunque creo que la amarilla paga mejor.
Nota:
Tanto los personajes como la descripción del Aeropuerto de Monflorite son
imaginarios.
Mi agradecimiento al fotógrafo y amigo Miguel Angel Latorre.