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Semeretievo,
3:00 am
Aeropuerto
de Semeretievo, Moscú (Rusia)
03:00:00 (+3 GMT, 01.11.00)
Para
Antonio Polo
Había
dado ya varias vueltas por las inmensas salas sin luces, harto,
rendido, sin sueño, con la bolsa de mano al hombro, contemplando a
los pasajeros derrengados sobre los asientos de plástico, sentados de
cualquier forma sobre el suelo sucio de papeles y bolsas. Eso fue
después de cinco horas de retraso, de acabar la novela que traía
apenas empezada y de cruzar por todos los estadios de la
desesperación, la apatía y la cólera. Fue entonces, bajo los altos
techos cuajados de bombillas raquíticas y casquillos vacíos –un
firmamento en miniatura, lleno de estrellas extirpadas y soles muertos–
cuando vio al negro estrafalario, de pie, sosteniendo una lanza, el
musculoso torso al descubierto, descalzo, ataviado tan sólo con unos
vaqueros y un tocado de plumas de avestruz en la cabeza. Más allá,
detrás de un cartel en ruso que prohibía ostentosamente el paso,
había otros negros sentados alrededor de unos cuantos cachivaches,
mujeres con sus hijos colgados del pecho, ancianos en cuclillas
hablando en voz baja. Un oficial de seguridad que aceptó el exiguo
regalo de un paquete de cigarrillos, le explicó en un inglés
rudimentario que se trataba de un grupo de exiliados políticos
procedentes de alguna remota dictadura africana. Habían huido de
aeropuerto en aeropuerto y nadie podía explicarse cómo habían ido a
parar ahí, a la zona de tránsito de Semeretievo, donde la torpe e
inflexible burocracia soviética los tenía retenidos desde hacía
meses por culpa de algún absurdo papeleo. Carecían de existencia
oficial, de manera que no podían tomar otro avión ni tampoco salir
del aeropuerto. Allí, al otro lado del escueto y geométrico
escenario propuesto por los cristales –una pista de aterrizaje
eternamente recorrida por alas blancas, decorada con los telones
cambiantes del día y la noche–, habían visto morir el suave verano
ruso y habían saludado, atónitos, su primera nevada. Hacía apenas
dos semanas una de las mujeres dio a luz una pequeña sobre la gastada
moqueta y ni siquiera solicitaron asistencia médica. "Sí",
dijo el asombrado pasajero, "pero me pregunto qué hacen todos
despiertos a estas horas". "Ah eso", respondió el
oficial, abriendo con impaciencia el paquete y sacando un cigarrillo.
"Es fácil. Allá en su tierra, en África, ahora está
anocheciendo. Es la hora en que salen de las cabañas para contemplar
las primeras estrellas". Entonces sonó el anuncio de salida de
su vuelo y, antes de dar media vuelta, el pasajero contempló por
última vez aquel interregno africano en medio de la noche y la nieve
cenicienta: la tierra de nadie entre los asientos de plástico; los
ancianos acuclillados; los hombres recibiendo la última caricia del
sol; una mujer dando el pecho a un recién nacido; el centinela de
pie, junto a su lanza, con los ojos alzados hacia el cielo, a las
luces canceladas, a las altas estrellas sin sangre, en ningún lugar,
bajo ninguna luna.
David
Torres
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