Estoy
emocionado. Un topo infiltrado en la CIA -al que llamaremos Sr.Henry-,
nos ha pasado el chivatazo de que el famoso espía industrial "El
comadreja" va a intentar pasar a Occidente documentos secretos
robados a una multinacional japonesa. Aunque en el C.I.A.E (Cuartel
Itinerante de Agentes Especiales) hemos contado con poco tiempo,
nos hemos empleado a fondo para preparar un dispositivo policial que
nos permita detener al mastuerzo. Y aquí estamos; cincuenta agentes
de Interpol vestidos de paisano repartidos por el aeropuerto de Kabul.
Si los yankies esperan a "El comadreja" en New York, está
claro que éste debe tomar este avión de madrugada. El agente Lorimer
se ha disfrazado de azafata y Verónica se ha pintado un bigote y pasa
por el comandante de vuelo Quilmuk –según reza el letrero de su
chaqueta azul -. A mí se me ha asignado una silla de ruedas, para
despistar. Al menor indicio de llegada de "El comadreja"
saldré disparado empuñando el quitapenas. Espero que, en caso de
disparar, yo sea más rápido que él.
Fitzpatrick
y Momb, han sustituido eventualmente a los dos oficiales afganos de
revisión de bultos. Acaban de dejar pasar a una campesina sospechosa.
Lleva un capazo completamente lleno de lechugas. Los policías han
arqueado una ceja cada uno y observan cómo desfila hacia el área de
embarque. En megafonía alguien ha dicho algo en afgano. Tengo cerca
un sujeto joven, cobrizo y con un turbante, y le pregunto en inglés
si sabe lo que han anunciado. Él me responde que sí. Que una
tormenta solar impide salir a los aviones. El joven, solícito, añade
que la nube magnetizada de partículas solares afecta a los satélites
y toda comunicación se hace imposible. Aquel sabelotodo me parece muy
sospechoso, así que a partir de este momento no pienso quitarle el
ojo de encima. Bien podría tratarse del famoso espía.
Un
anciano uzbeco, con un estuche para guitarra eléctrica, pasa ahora
sonriendo a los policías. Se nota a la legua que es uzbeco porque
lleva una camiseta negra en la que se lee "I am uzbecous".
Debe de haber algo sospechoso en su sonrisa rala porque Fitzpatrick se
ha empeñado en registrar el estuche una o otra vez. Finalmente decide
dejarlo pasar porque se está formando una cola de mil demonios. Puedo
leer la contrariedad en los rostros de los policías. Un estuche para
guitarra eléctrica. Las apariencias engañan. Uno nunca sabe lo que
es y lo que no es.
El
viejo músico sigue el camino de la porteadora de lechugas. Con los
dedos acaricio el seistiros y en ése preciso instante suena un
estruendo en la sala de espera. Los policías se levantan de sus
asientos y yo salto de la silla, empuñando mi revólver, para
contemplar avergonzado cómo un crío trapisondas se troncha de risa
después de reventar una bolsa de plástico a espaldas de su asustado
y presunto hermano. Regreso a mi silla lo más dignamente que puedo.
Un chico joven y menudo de raza negra me pregunta en pasbtu si me
encuentro bien, respondo en inglés que sí –el pasbtu no lo
domino-. Ambos vemos mi arma en el suelo. Se me cae la cara de
vergüenza porque tiene que recogérmela él.
Me
ruborizo como una colegiala e improviso una torpe historia para
argumentar el repentino abandono de la silla de ruedas. El hombre me
pregunta si el vuelo se va a demorar mucho. Le contesto que no lo sé
y que lo mejor que puede hacer es dirigirse a información. Lo veo un
poco desorientado, así que me brindo a acompañarlo y él se presta a
empujar mi silla de ruedas. El hombre me ofrece un cigarrillo, saca
uno para él y le doy lumbre. No me importa que sea tabaco negro.
Después
de acompañarlo me da las gracias y yo regreso a mi estratégico
punto, desde el que puedo observar a los viajeros que han de embarcar.
Pasa en estos momentos un sujeto caucasiano, con el torso desnudo y el
pelo teñido de amarillo. Sin equipaje. Altamente sospechoso porque
hace tanto frío que hasta los osos llevan abrigo. Fitzpatrick lo
conduce a la cabina de registro. Estoy atento a cualquier movimiento
que pueda identificar a "El comadreja".
Suena
mi teléfono móvil. Es el jefazo. Me llama idiota. Y me informa a
grito pelado que "El comadreja" ha pasado por delante de
nuestras narices y que, menos mal que estaban los de refuerzo al quite
que si no... Le pregunto que quién ha resultado ser "El
comadreja" y, muy enigmático, me contesta: "Si lo quiere
saber, lea la última palabra de los cinco primeros párrafos".
Josep
Ruiz Hierro