Tengo 63 años. Jamás había viajado
en avión. Cualquiera puede imaginarse el terror que siento al pensar
en el momento del despegue. Si hasta me da miedo subir por las
escaleras eléctricas en el metro y en las tiendas...
Me acerco, desorientada, al mostrador
de la aerolínea. La gente me reclama que no me haya formado en la
fila. Está bien, ya, ya entendí. No me importa. Soy primeriza. Qué
más da que se me note. Cuando era más joven, me preocupaba mucho lo
que la gente pensara de mí. Ahora ya no.
Cuando llega mi turno, pongo mi
maleta floreada sobre la báscula. Apenas 5 kilos. Una vez completados
los trámites, pregunto varias veces antes de encontrar la puerta que
me toca. La sección internacional del aeropuerto. ¡La sección
internacional! Un señor canoso, muy atractivo, hace pasar mi bolsa
por el detector. Se escucha una alarma. Un perro comienza a ladrar. El
señor abre mi bolsa y encuentra mis agujas de tejer, con la chambrita
para mi primer bisnieto ensartada en ellas. Amablemente, me devuelve
la bolsa y me desea buen viaje. Yo sonrío, halagada, y le doy las
gracias.
Antes de llegar a la sala de espera,
me detengo en las tiendas duty free, de las que tanto había oído
hablar, y que nunca creí llegar a ver con mis propios ojos. Todo es
demasiado caro, pero me alegra al menos poder entrar en una.
Me dirijo a la sala de espera. Nunca
había visto tan de cerca los aviones. Son más pequeños de lo que
había imaginado. Un hermoso avión japonés acaba de aterrizar. Lo
contemplo, azorada.
Ha llegado la hora de abordar. Camino
por el pasillo, con el corazón latiéndome muy fuerte. Ya estoy
dentro del avión.
Me siento y me coloco el cinturón de
seguridad. Tengo que cubrirme la boca para disimular una sonrisa al
acordarme del escándalo que armaron mis nietos cuando les dije que me
iba a gastar en el viaje los ahorros de toda una vida de trabajo
secretarial. Me miro las manos, los dedos un poco deformes por la
artritis. Espero que a Fernando no le desagraden.
No debieron enseñarme a usar la
computadora. No debieron. Lo difícil fue aprender a conectarme al
Internet, que al principio me pareció tan aburrido. Pero después...
Una vez más, me cubro la boca con la mano, preguntándome si Fernando
será como en la foto. Lo sabré cuando llegue a Medellín. Confío en
que allá me vuelva a funcionar el truco de las agujas...
El avión está despegando. Siento un
hueco en el estómago cuando nos elevamos. También me siento feliz. Y
esto es sólo el principio.
Josefina Pacheco