¡Pues
también era mala suerte! Allí, varado, esta vez en Kaohsiung, al sur
de Taiwan. En su aeropuerto, pequeño y manejable, había una inmensa
sala con techos catedralicios y decoración de gran almacén, en donde
se anunciaban todos los vuelos.
Al
menos, tenía un bar. En una esquina acristalada, frontera con la
noche y los aviones ociosos, se refugiaban los viajeros. Afuera
llovía calor. Pedí un brebaje de gingseng y cerezas en un intento
vano por paliar la dolorosa percepción del tiempo.
- No es
agradable sentirlo pasar - la voz enmarcada entre dos paréntesis
negros, nacía de unos labios más deseables que las cerezas que
anunciaban mi bebida. Su inglés era perfecto, lo supe más tarde,
pero en ese momento sólo los veía moverse invitándome a algo
distinto de lo que escuchaba.
- ¿Perdón? - La interrogué con voz entrecortada, no quería
espantar a esa gacela de las riberas del Tan-ta Hsi.
- No importa. Creí que usted estaba pensando en el tiempo - y
repitió - ¿no le agrada sentir cómo pasa?
- No, en absoluto.
Ella
poseía una sorprendente técnica para entrar al personal. La invité
a lucir su cintura sobre mi banqueta, cosa que rechazó, pero aceptó
una bebida.
- Té
helado, por favor.
- ¡Camarero! Té helado para la señorita y … que sean dos.
Se
llamaba Luna sobre las nieves del Yü y yo sólo Nicolás.
-
¿Qué es lo que más le molesta? - sus ojos seguían hablándome de
otras cosas, pero ella insistía - ¿El transcurrir o cuando la espera
termina?
- Creo que el paso de cada minuto es lo peor - no me quedó más
remedio que contestar -, me deja en suspenso, como si no tuviera
sentido y me voy quedando hueco. Me desespera. ¿Y a usted?
Los
ojos de Luna sobre las nieves del Yü fingían, como los de una
serpiente que inocula el veneno a su presa mientras le canta espirales
de sueños con la mirada.
- ¡Oh!
A mí no me molesta la espera. Sería como tirar el arroz que nos
sobra - y añadió - ¿conoce los versos de Lao Tse?
Después,
durante aquel vuelo de madrugada, los repetí más de una vez en
silencio.
¿No
ves, amigo mío
que las aguas del río Amarillo,
fluyendo del firmamento,
se precipitan hacia el mar para no volver?
Rafael
Pérez Castells