Djami,
el muchacho que le llevaba las maletas, se encendía por momentos ante
su enorme contoneo, y en un arranque poético le dio por figurarse que
aquella mujer era una palmera mecida íntimamente por el siroco. Lo
era. Aparentemente ajena a la impresión que producía en el muchacho
(un Dorian Lee inédito, de tan sólo 17 años) Black Noise repasaba
su última intervención en Polvos en la arena, en la que era firme,
doblemente profanada por una pareja de bereberes (Randall Stockton y
Nils Hughes) que la habían tomado por una suerte de súbito
espejismo.
La
palmera y el portaequipajes atravesaban un largo pasillo iluminado por
potentes reflectores violetas, lo que daban a la escena un sabor
equívoco, de producción barata. A ambos lados se adivinaban las
pistas solitarias y jalonadas de lucecitas rojas que pretendían
emular las luces de los aeropuertos. Entonces Black Noise, que se
retocaba lascivamente los labios, instruida por un equívoco espejito
que poseía la insólita cualidad de proyectar las fantasías sexuales
de las personas más cercanas, se detuvo y esperó a que el muchacho
se pusiera a su altura para cruzar con él una mirada de estruendoso
fuego. Curtida en mil batallas semejantes, Black dejó caer la barra
de labios, y el muchacho, solícito, fantaseador, se apresuró a
agacharse y devolvérsela a su dueña que dejaba de ser una palmera
para convertirse en una bellísima hurí. También ella se agachó y
allí, nueva, torrencialmente coincidieron sus miradas y sus dedos. A
lo lejos, sobre la pista, un avión maniobraba con lentitud,
aproximándose a aquellos dos cuerpos brutalmente incendiados por la
luz.
-Qué
ha sido eso, preguntó ella desde el suelo, cubriéndose
instintivamente el pecho.
- Joder... -acertó a responder un perplejo y vacío Djami, que había
atribuido a la confusión del orgasmo, la gran bola amarilla que se
había echado velozmente sobre ellos, arrastrándolos.
Refirió
entonces lo que a esas alturas sólo una perpleja Black Noise ignoraba
(el guión era realmente espantoso, pero por trabajar con un pedazo de
mujer como Black hubiera firmado hasta el compartirla con un
orangután). Desde hacía una semana los diarios no paraban de
comentar aquel fenómeno misterioso y atroz: en Kenitra el sol se
había tragado a varios pescadores que se encontraban en un espigón
ante la mirada atónita e incrédula de otros cientos de pescadores
domingueros; en Nador ocurrió lo mismo con un autobús de transporte
escolar (el hecho fue visto y denunciado por un taxista); ayer mismo,
y muy cerca del lugar donde rodaban; en la aldea de Bwihrat, el sol
había entrado en una curtiduría tragándose a más de diez
empleados, y aunque los había que pensaban que detrás de todo
aquello se escondían sombrías operaciones de limpieza sindical, un
crédulo Dorian Lee no pudo ahogar su estremecimiento. Black,
abstraída también por el pavor, con un resto de semen rodándole
débilmente por la barbilla, trataba de encontrar la pista de la que
habían desaparecido súbitamente el avión y las lucecitas rojas.
-
¿Lo has visto?, ¿lo has visto? -preguntó Black apuntando al vacío.
- Un poco más de feeling, coño, que así no acabamos.
El
trío trataba entonces de ajustar sus movimientos, pero Black, en el
centro, regia y doblemente empalada, no podía dejar de discurrir en
el avión desaparecido, en el aeropuerto desierto, devorado por
aquella inmensa bola amarilla, que surgida de la oscuridad parecía
que se le hubiera quedado en el cuerpo. Las palabras del director la
sacaron de su aturdimiento y concentrándose en su papel de espejismo,
trató de gemir con convicción ante los audaces bereberes (en
realidad Randall y Hughes) que ahora, acompasados, redoblaban sus
achuchones. Al fondo, tras la gran duna amarilla, le pareció entrever
el sol que reposaba majestuosamente sobre el horizonte.
Fue
un instante tan sólo. Djami esquivó con dificultad a quienes,
horrorizados, corrían en dirección contraria, mientras veía
alejarse a Black Noise a través de la multitud, como si fuera más
que un espejismo, una pesadilla. Entonces, Black Noise, cerró la
polvera y siguió caminando, ya sola, por la terminal desierta,
mientras los altavoces anunciaban el suceso. Instantes más tarde es
otra la puerta la que se abría ante su paso, pero ella, indiferente,
se abandona como si nada hubiese ocurrido a su espiritoso y febril
movimiento de caderas ante el coro de taxistas (Nils entre ellos) que
esperaba despreocupadamente (el guión era horrible, ya se lo
adelanté) a la salida.
-Treinta
dirjam hotel, susurró precisamente Nils.
Y
tras las tórridas escenas del taxi, aparecieron las letras. Dorian
Lee as Djami. ¡Ahí!, ya para siempre.
Manuel
Moya