Nadie
gritó. Ni siquiera al estallar el cielo en una nube de almidón. Nada
fue como en las películas, nadie corrió a salvarse bajo los
mostradores. Simplemente observamos un viento limpio, un viento que
agitó las ondas de los ordenadores y los móviles, el rastro en el
cielo de los pies de Eolo. Un crío que se hurgaba con el brazo de un
Gi-Joe en la nariz le preguntó a su madre si eso había sido una
bomba, y a todos nos recorrió por la columna otro viento, más frío
y fugaz.
Cuando
noté el golpe en la rodilla, abrí los ojos. Aquel hombre de camisa
blanca e impecable me pidió perdón y se alejó con su maletín hacia
otro asiento de la sala de embarque. El aire acondicionado del
aeropuerto me empezaba a dar dolor de cabeza. Me levanté para
despejar la somnolencia y me acerqué a los grandes ventanales desde
los que observar los movimientos de los aviones por las pistas. El
cielo reflejaba un perfecto Atlántico calmado y negro. A pocos
metros, en el suelo, revolcándose en la intemporalidad de la sala, un
niño parecido al de mi sueño perseguía monstruos imaginarios por
las barandillas y las escaleras.
Me
acerqué a la azafata, con su uniforme azul y su perfecto pelo
recogido bajo esa boina tan peculiar de la British Airways, pero la
azafata no estaba allí. Me embargó una terrible soledad. Me sentí
por primera vez como un extraño. Lo malo de los aeropuertos es que en
ellos nada es propio. No es como en los bares, ni mucho menos como en
casa, sitios en los que a fuerza de tragar su polvo, te sientes
vinculado a sus cosas, sus ruidos, su gente. En los aeropuertos no hay
polvo. La gente nunca es la misma. En los aeropuertos, absolutamente
todo es ajeno, incluso el tiempo. Porque el tiempo lo gastaba yo
aquella noche de noviembre, en un lugar donde nunca es invierno, de la
forma más estúpida: primero escuché música hasta que no pude
soportar los auriculares, luego releí los periódicos llenos de
noticias suicidadas por inútiles, compré algo de comer, me acerqué
al duty free, para no comprar más que estúpidos recuerdos que
olvidar en el avión, y de tanto soñar la espera, me desperté.
A unos
metros, dormía un niño rubio y con pecas abrazado a las rodillas de
su madre, yo me desperecé y miré mi reloj. Aún quedaba una hora y
media. Estaba algo conmocionado por haber soñado que soñaba aquella
explosión. Agarré mi mochila y me di un paseo hasta los baños. Me
lavé la cara por hacer algo. Bostecé por inercia mientras orinaba y
no pude reprimir el instinto adolescente de reventar una espinilla de
mi frente a escasos cinco centímetros del espejo. Cuando volví, una
preciosa pelirroja de unos veinte años se cobijaba dentro de un
amplio jersey de lana y respiraba con cadencia en un sueño ligero. Me
senté enfrente de ella. Observé como rozaba su flequillo las
mejillas, como sus ojos, posiblemente verdes como el Atlántico, se
agitaban nerviosos bajo los párpados vencidos por el sueño, como
debajo de su larga falda de colores vivos y semitransparente se
asomaba pendenciero un pie con ganas de bronca en una sandalia.
Cuando
abrí los ojos por primera vez en toda la tarde, la sala estaba
desierta. La confusión de aquella espiral de pesadillas. No había
rastro de niño alguno, ni otro indicio de haber albergado vida en la
estancia que los envoltorios de las chocolatinas en las papeleras. Me
levanté agitado. Había dormido cinco horas. Corrí a buscar a
alguien y hallé a aquella azafata inexistente de mis sueños. Le
pregunté por mi vuelo. Cogió mi billete y meneó la cabeza en un mal
gesto. Levantó los ojos hacia los ventanales y señaló un avión que
viraba tras el correcto despegue. Miré hacia allí en el momento en
el que una bola de fuego ocultaba el aparato. La mujer se quedó
absorta en el espectáculo. Nadie gritó. Simplemente observamos un
viento limpio y yo escuché una pregunta infantil, muy lejana, tal vez
en otro mundo, y la voz de su madre sin respuesta.
Antonio
Rodríguez