Yo
les miro. Sentado entre parejas de pelo cano, les miro con el cansancio de una
larga noche atlántica. Les miro mientras espero la apertura de la puerta de
los cielos. Ella me mira sin ver.
Sentada
en el suelo frente a mí, se cubre el rostro con las manos y llora lágrimas
de aeropuerto sólidas y frías. Los dos rapados que le acompañan se abrazan
y miran. Él intenta unas palabras de consuelo que apenas alcanzan su boca. Su
mano le roza el pelo empapado por el llanto y se convierte en una caricia
húmeda de lluvia. De esa lluvia que moja también aquellos aviones que nos
contemplan al otro lado del cristal bramando tristeza. Una tristeza que habla
un portugués áspero de lejanas rimas, que le susurra palabras que no alcanzo
a comprender, que evoca largas tardes de lluvia tras un cristal, lejos de
casa.
Una
mujer sin aliento entra en la sala de cristal apresuradamente. Se inclina
sobre ella y sin mediar palabra le entrega un trozo de papel con algo escrito.
Parece una factura o un resguardo bancario que arruga con la mano derecha
después de leerlo. Ella observa y yo no comprendo. Las dos mujeres se miran a
los ojos, mientras la recién llegada trata de explicar. Ahora el portugués
es pausado y silencioso. Al fin, el llanto es enterrado por las palabras y
parece extinguirse. Los rapados lo celebran con un beso que nunca terminará.
Un beso profundo y reparador. Un beso infinito que me hace consciente de nuevo
de los dolores de la espera y de la inmensa lentitud de la distancia.
Pedro Díaz del
Castillo