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Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (I)
Aeropuerto de El Altet, Alicante (España) (I)
Aeropuerto de El Prat, Barcelona (España) (I)
Aeropuerto de Berlín (Alemania) (I)
Aeropuerto de Cuatro Vientos, Madrid (España)
Aeropuerto de El Altet, Alicante (España) (II)
Aeropuerto de La Coruña-A Coruña (España)
Aeropuerto de Nápoles (Italia)
Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (II)

Aeropuerto de El Prat, Barcelona (España) (II)
Aeropuerto de Foronda, Vitoria-Gasteiz  (España)
Aeropuerto de Frankfurt am Main (Alemania)
Aeropuerto de Berlín (Alemania) (II)
Aeropuerto Marco Polo, Venecia (Italia)
Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (III)
Aeropuerto de Monflorite, Huesca (España)
Aeropuerto de Badajoz (España)

 
Hacia el Norte
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Saudade

Aeropuerto de Frankfurt am Main (Alemania)
01:00:00 (+1 GMT, 01.11.00)


Yo les miro. Sentado entre parejas de pelo cano, les miro con el cansancio de una larga noche atlántica. Les miro mientras espero la apertura de la puerta de los cielos. Ella me mira sin ver.

Sentada en el suelo frente a mí, se cubre el rostro con las manos y llora lágrimas de aeropuerto sólidas y frías. Los dos rapados que le acompañan se abrazan y miran. Él intenta unas palabras de consuelo que apenas alcanzan su boca. Su mano le roza el pelo empapado por el llanto y se convierte en una caricia húmeda de lluvia. De esa lluvia que moja también aquellos aviones que nos contemplan al otro lado del cristal bramando tristeza. Una tristeza que habla un portugués áspero de lejanas rimas, que le susurra palabras que no alcanzo a comprender, que evoca largas tardes de lluvia tras un cristal, lejos de casa.

Una mujer sin aliento entra en la sala de cristal apresuradamente. Se inclina sobre ella y sin mediar palabra le entrega un trozo de papel con algo escrito. Parece una factura o un resguardo bancario que arruga con la mano derecha después de leerlo. Ella observa y yo no comprendo. Las dos mujeres se miran a los ojos, mientras la recién llegada trata de explicar. Ahora el portugués es pausado y silencioso. Al fin, el llanto es enterrado por las palabras y parece extinguirse. Los rapados lo celebran con un beso que nunca terminará. Un beso profundo y reparador. Un beso infinito que me hace consciente de nuevo de los dolores de la espera y de la inmensa lentitud de la distancia.

 

Pedro Díaz del Castillo

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