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Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (I)
Aeropuerto de El Altet, Alicante (España) (I)
Aeropuerto de El Prat, Barcelona (España) (I)
Aeropuerto de Berlín (Alemania) (I)
Aeropuerto de Cuatro Vientos, Madrid (España)
Aeropuerto de El Altet, Alicante (España) (II)
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Aeropuerto de Nápoles (Italia)
Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (II)

Aeropuerto de El Prat, Barcelona (España) (II)
Aeropuerto de Foronda, Vitoria-Gasteiz  (España)
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Aeropuerto de Berlín (Alemania) (II)
Aeropuerto Marco Polo, Venecia (Italia)
Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (III)
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Aeropuerto de Foronda, Vitoria-Gasteiz (España)
01:00:00 (+1 GMT, 01.11.00)


Me dijo que debía olvidar de Ester. Sin embargo, y a pesar de que habían pasado más de diez años y Ester ya no fuese aquella muchacha de veintipocos años a la que amé, Belén sabía que yo jamás conseguiría quererla ni siquiera la tercera parte de lo que la amé a ella, y eso no me lo perdonaba. Entonces le dije que lo intentaría, que intentaría olvidar a Ester y le colgué el teléfono. Finalmente me decidí: aquella misma noche tomaría el primer avión a cualquier parte. Necesitaba huir, las mujeres pueden ser muy indigestas si no consiguen lo que quieren y Belén tenía mucho carácter. No estaba dispuesto a soportar su venganza. Sería terrible, por nada del mundo se lo desearía a nadie. Mi vida tomaba un rumbo quizá errático, pero estaba desesperado.

Llené una bolsa de mano con ropa que cogí del armario: camisas, jerseys, calzoncillos, calcetines, pantalones. Cogí el coche en dirección al aeropuerto. Llegué a las once y diez. El vuelo de París salía a las cero horas. Todavía quedaban plazas libres. Me pareció una buena idea París.

Me senté en la sala de espera. Una señorita fumarreaba a mi derecha. Le pedí un cigarrillo. Lo encendí sin prestar atención a sus palabras; crucé mis piernas mirando al techo exhalando humo azulado. Ella me hablaba. Yo necesitaba pensar. La gente pasaba presurosa a nuestro lado, quizá ansiosos, acaso como si algo muy bueno les aguardara en alguna parte.

—¡Atención! ¡Atención! —anunció una voz por megafonía—. Se ha producido una tormenta solar que está afectando seriamente a nuestro sistema de comunicaciones, por lo que se van a producir retrasos en los vuelos. Si se produjera algún fallo en el suministro eléctrico, les rogamos que se comporten con calma puesto que disponemos de los medios adecuados para estos casos de emergenc... —continuó un rato, y luego lo repitió en varios idiomas.

La telefonía no funcionaba, lo supe por la chica de mi derecha; era guapa, lástima que yo estuviese deprimido, aunque seguro que era como un loro, siempre hablando. Alguien gritó entonces: —¡Mirad... una aurora boreal... —y la gente salía presurosa al exterior del aeropuerto para observar el fenómeno. Muy pronto me quede prácticamente solo. Apagué mi cigarrillo y pensé en abrir alguna maleta; sentía curiosidad por ver lo que la gente llevaba dentro. Cogí el paquete de cigarrillos y el encendedor que la muchacha de mi lado olvidó sobre la mesita de cristal. Encendí otro

cigarrillo y pensé en cómo serían todas y cada una de las estancias del aeropuerto. Cerré los ojos y me imaginé entrando en el aseo de mujeres; me miraba en su espejo. Luego entraba en las oficinas de los empleados, y leía documentos al azar. Me sentaba en el despacho del director del aeropuerto, pasaba por la cafetería y me tomaba una copa, y luego me tumbaba boca arriba sobre la transfer giratoria por donde circulaban las maletas de los viajeros, mirando el techo mientras aquello giraba:

Mi vida era un desastre. Yo no amaba a Belén. Me había quedado enganchado a una historia de amor ocurrida hacía más de diez años, y además había vuelto a fumar.

—¿No ha visto la aurora boreal? —me interrumpió la voz de la señorita que había regresado ya. Abrí los ojos—. Es algo impresionante... —añadió.
—No —le respondí suspirando.

 

Rafael Moriel

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