Me dijo que debía olvidar de Ester. Sin embargo, y
a pesar de que habían pasado más de diez años y Ester ya no fuese
aquella muchacha de veintipocos años a la que amé, Belén sabía que
yo jamás conseguiría quererla ni siquiera la tercera parte de lo que
la amé a ella, y eso no me lo perdonaba. Entonces le dije que lo
intentaría, que intentaría olvidar a Ester y le colgué el
teléfono. Finalmente me decidí: aquella misma noche tomaría el
primer avión a cualquier parte. Necesitaba huir, las mujeres pueden
ser muy indigestas si no consiguen lo que quieren y Belén tenía
mucho carácter. No estaba dispuesto a soportar su venganza. Sería
terrible, por nada del mundo se lo desearía a nadie. Mi vida tomaba
un rumbo quizá errático, pero estaba desesperado.
Llené una bolsa de mano con ropa que cogí del
armario: camisas, jerseys, calzoncillos, calcetines, pantalones. Cogí
el coche en dirección al aeropuerto. Llegué a las once y diez. El
vuelo de París salía a las cero horas. Todavía quedaban plazas
libres. Me pareció una buena idea París.
Me senté en la sala de espera. Una señorita
fumarreaba a mi derecha. Le pedí un cigarrillo. Lo encendí sin
prestar atención a sus palabras; crucé mis piernas mirando al techo
exhalando humo azulado. Ella me hablaba. Yo necesitaba pensar. La
gente pasaba presurosa a nuestro lado, quizá ansiosos, acaso como si
algo muy bueno les aguardara en alguna parte.
—¡Atención! ¡Atención! —anunció una voz
por megafonía—. Se ha producido una tormenta solar que está
afectando seriamente a nuestro sistema de comunicaciones, por lo que
se van a producir retrasos en los vuelos. Si se produjera algún fallo
en el suministro eléctrico, les rogamos que se comporten con calma
puesto que disponemos de los medios adecuados para estos casos de
emergenc... —continuó un rato, y luego lo repitió en varios
idiomas.
La telefonía no funcionaba, lo supe por la chica
de mi derecha; era guapa, lástima que yo estuviese deprimido, aunque
seguro que era como un loro, siempre hablando. Alguien gritó
entonces: —¡Mirad... una aurora boreal... —y la gente salía
presurosa al exterior del aeropuerto para observar el fenómeno. Muy
pronto me quede prácticamente solo. Apagué mi cigarrillo y pensé en
abrir alguna maleta; sentía curiosidad por ver lo que la gente
llevaba dentro. Cogí el paquete de cigarrillos y el encendedor que la
muchacha de mi lado olvidó sobre la mesita de cristal. Encendí otro
cigarrillo y pensé en cómo serían todas y cada
una de las estancias del aeropuerto. Cerré los ojos y me imaginé
entrando en el aseo de mujeres; me miraba en su espejo. Luego entraba
en las oficinas de los empleados, y leía documentos al azar. Me
sentaba en el despacho del director del aeropuerto, pasaba por la
cafetería y me tomaba una copa, y luego me tumbaba boca arriba sobre
la transfer giratoria por donde circulaban las maletas de los
viajeros, mirando el techo mientras aquello giraba:
Mi vida era un desastre. Yo no amaba a Belén. Me
había quedado enganchado a una historia de amor ocurrida hacía más
de diez años, y además había vuelto a fumar.
—¿No ha visto la aurora boreal? —me
interrumpió la voz de la señorita que había regresado ya. Abrí los
ojos—. Es algo impresionante... —añadió.
—No —le respondí suspirando.
Rafael
Moriel