|
Rogamos
disculpen las molestias
Aeropuerto
Marco Polo, Venecia (Italia)
01:00:00 (+1 GMT, 01.11.00)
Y
ahora esto, decía ella mientras se sentaban en la mesa del bar y él guardaba
otra vez las tarjetas de embarque, y ambos bostezaban y se rascaban la cabeza
sin preocuparse ya por lo correcto o incorrecto de su actitud, parece que este
viaje no va a terminar nunca, y él encendía otro cigarrillo, y pedía una
copa de grappa al camarero, pues vaya día llevas, no comprendo cómo no te
caes, mientras el camarero parecía sonreir con cierta sorna, no hay nada como
un retraso para animar el turno de noche, y es que un aeropuerto sin retrasos
sería algo tan muerto como el esqueleto de una ballena que ya ni siquiera
atrae a las gaviotas, las torres de San Marcos iluminadas, al otro lado de la
cristalera, tan lejos, reflejándose en el agua de la laguna, parece imposible
que esta tarde estuviéramos allí, tan cerca de la belleza, a pesar de todo y
de esta pesadilla, por qué tuvimos que volver en coche, las miradas que nos
lanzaban los que se apelotonaban en la frontera, porque sabían que nosotros
podríamos salir y ellos no, se iban a quedar en medio de su hambre y su
pánico, y nos odiaban, si no nos mataron fue porque no podían ocupar nuestro
lugar, y él encendía otro cigarillo y pedía otra copa, porque tenía que
callarse, porque tenía ganas de decirle tú no sabes cómo es una pesadilla,
no estabas el día en que la pesadilla ocurrió, y para consolarse, tocaba el
bolsillo en que llevaba el casquillo de bala y la esquirla que saltó del
occipital.
Alvaro Muñoz
Robledano
|
|