Miro
por la ventana, y el sol repliega su estallido de fuego detrás de la
montaña. Voy a apresurarme. He de hacer un largo viaje y tengo mucho
por organizar. La maleta se abre vacía ante mí, como una cueva
enorme donde albergar mis bártulos para la aventura: ropa, cámara,
zapatos, un puñado de folios y la ilusión extendida encima de todo
para que no se arrugue jamás.
Tomo
algo. Repaso bien la casa; riego las plantas, cierro con vehemencia
las ventanas. Salgo. Un taxi...
–
Al aeropuerto por favor.
-
Bien – dice el taxista-, aunque no sé si lloverá -quiere iniciar
una conversación-; esa nube negra se cierra sobre nosotros. Parece
que nos amenaza. Es un día raro, anormal.
-Sí-
le respondo- tiene un color especial. Si yo fuera un perrillo,
presentiría lo que puede pasar, pero soy una persona y sólo sé que
voy a volar, volar por unos días hacia la libertad...
El
final del recorrido lo hacemos en silencio; no hay nada más de que
hablar. Tan sólo cuatro Km. me distancian de casa al aeropuerto de
"El Altet". Fin del trayecto. El taxista se detiene justo en
la puerta de salidas internacionales. Facturo las maletas, digo adiós
a mi equipaje y compruebo el pasaje: puerta
8, embarque a las 00: 25, vuelo 8007 Alicante- Birmingham, 1 de
noviembre de 2000; hora límite, a la una de la madrugada.
"Cuando
llegue a Birmingham tendré que atrasar mi reloj una hora",
pienso para mis adentros.
Los
altavoces emiten avisos de los próximos vuelos. Miro el panel y
compruebo el mío. Correcto; son las 0: 00, me dirijo a la puerta 8.
Antes, mi bolso de mano ha pasado el control. Hay una cola enorme de
pasajeros. La señorita uniformada me marca el pasaje y espero dentro
del recinto vetado, el aviso de embarque. Miro otra vez el reloj; es
pronto todavía. Me tranquilizo y escojo el mejor asiento. En el
periódico observo que los cambios climatológicos son importantes:
"riesgo de tormenta con precipitaciones, marejada en el
Atlántico"... Lo cierro. Observo a los demás pasajeros. Hay
un niño nervioso que ronda alrededor de su madre justo al compás de
sus palabras: ¡ "estate quieto"!... parece recriminarle.
Dos enamorados se cogen fuertemente de la mano; no, no son recién
casados, pero él la quiere todavía. Sí, él la quiere a pesar de
los años y creo que intenta consolarla; está muy nerviosa, por el
vuelo quizás; y es que tendrán una emergencia y no han tenido más
remedio que hacerlo. ¿Por qué tomarán este mismo avión tantas
personas?... ¿Cuántos motivos distintos existirán para unir el
destino de nuestras vidas en el vértice efímero de un mismo
vuelo?... ¿Tendrán todos un final feliz, un motivo agradable por el
que hacer este viaje?... Esa pareja parece visiblemente preocupada y
seguro que la mera aventura que éste conlleva, no compensa el
sufrimiento que refleja su cara. ¿Y el niño?... A este niño lo
llevan de un lado para otro porque posiblemente vayan a visitar a su
familia : a la suegra del marido de la que está sentada, el padre de
la criatura, es decir, la abuela materna que vivirá en Birmingham y
no podrá ver a su nieto más que en fechas señaladas como
posiblemente sea este puente de tres días para celebrar el uno de
Noviembre; porque el niño vivirá aquí, en España, y es posible que
sus padres se conocieran en un verano alicantino, cuando ella
estudiaba nuestra lengua... Demasiadas dilucidaciones. ¿Y yo...? ¿Yo
quien soy para ellos?¿Qué hago aquí?... ¿Pensarán que voy de
vacaciones?... Sí, porque mi estado lo reflejo en mi cara y hoy es el
inicio de una serie de días de descanso, por lo menos en España.
Me
siento observada. Este señor maduro que tengo enfrente, no deja de
mirarme entre página y página de su libro, ¡qué gran excusa!...
No, no es el mirón de turno; mas bien parece un intelectual; sus
gafas denotan que tiene la vista castigada, que ha leído mucho, y sus
manos... ¡ah... sus manos! Me encantan. Adivino en ellas el carácter
pacífico de su dueño y la paciencia que han tenido que soportar de
un trabajo largo y monótono de reflexión, filosófico, tal vez. Me
gustaría saber, saber... pero todo es efímero en un aeropuerto: el
vuelo, las personas, sus miradas, los saludos los encuentros, las
palabras...
Vuelvo
a mirar el reloj: ¡la 01:00 de la madrugada! El tiempo prolonga
nuestra antesala en la estancia. Quizás demasiado. El recinto parece
que nos aprisiona, me siento acorralada. ¿Qué pasa?... ¿Por qué no
dan la orden de embarque?...
La
individualidad de cada cual se transforma poco a poco en un deseo de
compartir la duda que nos atenaza. Primero en el gesto; una mirada,
una sonrisa forzada. Después en la pregunta-afirmación
intercambiada: "algo pasa", sentenciamos todos casi a la
vez, mirándonos a la cara.
La
voz impostada de una azafata anuncia cambios en el vuelo 8007...
"Es el mío," me digo como si no pasara nada. Pero pasa; una
tormenta imprevista impide la salida del avión y hay una demora de
dos horas. La azafata sigue enumerando cifras; hay más vuelos
suspendidos, es un problema generalizado en el aeropuerto. ¡Ah...!
Necesito salir del recinto, moverme en amplitud de espacio. Pregunto y
nos conceden un "visado" especial para liberarnos de nuestra
"muralla" y salgo, salgo desandando el camino hasta la
puerta de vigilancia... Presento mi pase..." No , no puede salir,
lo siento, hasta aquí, su estancia." - Hasta aquí mi libertad-
respondo. Insito, insisto , y lo intento de nuevo. Me interceptan el
paso. - ¡Abran por favor! Quiero salir -digo con claros signos de
claustrofobia.
-No
- me dicen sujetándome con la mano-; un poco de calma, es necesario
un control...
Miro
por el cristal que da a un patio interior, una galería preciosa
decorada con plantas y un circuito de agua que sube y baja haciendo el
mismo recorrido siempre: "igual que yo" pienso para mis
adentros.
No
sé todavía qué está pasando en el aeropuerto, mi teléfono no
emite señal de actividad. Me siento atrapada, encerrada. Vuelvo al
recinto; el visado era una comedia y no me sirve para nada. Necesito
cambiar impresiones con alguien. Me decido con el intelectual, con
"el filósofo" de antes, pero está demasiado preocupado
mirando el cielo por ese enorme ventanal. Sí, el cielo tiene un color
rojizo, como si le hubiesen vestido con una sobrefalda transparente
para anegar las estrellas, y todo está muy oscuro Se adivina de vez
en cuando, el brochazo iluminado de la espada de Dios que nos avisa y
entonces todo se enciende y nos descubre otro mundo detrás de las
tinieblas Me asusta esta visión. Desesperada, busco en vano una
salida .
-¿Cree
que esto se arreglará? - me dirijo al filósofo con el afán de
sentirme protegida.
Vuelve
hacía mí su mirada; esta vez directa, desnuda, sin libro de lectura
por delante, sin tapujos, sin excusa, escrutándome con sus ojos de
arriba abajo; y enmudece, no contesta, no dice nada. Observo que los
enamorados ya no se miran el uno al otro, ni ella padece el histerismo
de los nervios; no expresan nada. Estoy sobrecogida. Tengo miedo, me
siento amenazada, y me vuelvo para comprobar en los demás un apoyo,
un signo de solidaridad, de complicidad para conmigo...¡Nada!... Se
inundan de silencio Miro al niño inconscientemente y le pregunto: -
"¿Quieres un caramelo?... toma, ven" -casi le suplico; pero
me asusta; sus labios inician ahora una sonrisa adulta y maliciosa, y
su actitud ha perdido la ingenuidad de sus juegos, la ingenuidad de su
mirada. Intento congraciarme con su madre, pero ni una palabra.
Compruebo que nadie se ha movido de allí desde que dieran el aviso.
Nadie ha experimentado su pesar por la demora o por la necesidad de
gritar, beber, comer, andar, llorar o reír. Los gestos de antes
estaban en mi imaginación, igual que la historias de sus vidas.
¿Qué hacen aquí estos seres marmóreos? ¿Quienes son? ¿Por qué
yo estoy entre ellos?... El cielo, la tormenta, la incomunicación en
el aeropuerto..."Hoy es un día raro", recuerdo bien
las palabras del taxista, y recuerdo también que... No, no estoy
imaginando fantasías; es cierto: de niña me contaban una historia en
la que las ánimas de los muertos eran siempre convocadas por una
fuerza benigna en la media noche del uno de noviembre. Mi abuela
siseaba unos rezos y los cuadros se movían como en una danza
esperpéntica, o se caían al suelo... Lo sé. Lo veo claro; aquí
están. ¿ Pero, y yo? ¿Qué hago en medio de ellos?...
Ahora
miran todos al cielo y cuando los relámpagos despiden sus destellos,
puedo ver sus caras de satisfacción. Satisfacción, eso es.
Satisfacción y esperanza por la tormenta desencadenada apenas hace
unos minutos. Miro el reloj y observo que las manecillas trabajan
lentamente, pero trabajan; les cuesta avanzar. Parece que añoran el
cruce efímero del tiempo entre la medianoche, y quisieran retenerlo
para siempre. Lo agito. Miro otra vez afuera y observo que un haz de
luz se escapa de nuestra estancia. Descuido un poco la mirada y otro
fogonazo me impacta. Hay dos ausencias en la salita. Miro el cristal
de nuevo, otro haz de luz... Estoy cansada. Siento un ligero sopor; me
pellizco: " no, yo no voy a ir con ellos, estoy viva, quizás
haya sido la energía que les guiaba, el punto de referencia para su
cita en este lugar del Universo"... Cuando despierto, estoy sola.
Miro otra vez el reloj: son las tres de la madrugada La tormenta ha
pasado. Se restablece el ritmo en el aeropuerto Pienso que podría
haber estado volando hacia Birmingham desde la 01: 00. No, las 0:00
por la diferencia horaria. Todo es efímero, sobre todo, el tiempo.
Milagros
Román