Los pasajeros del vuelo 4302 de Iberia con destino a Viena, se
arremolinaban en torno al monitor de indicaciones horarias: cincuenta
pares de ojos escudriñaban, entorpeciéndose, la hora de salida
prevista, fijada de antemano para la medianoche.
-¿Qué hora tienes Mercedes? -interrogó el Sr. Portillo.
-Creo que pasadas las doce, Gregorio.
El Sr. Portillo no daba crédito. La agencia de viajes que había
contratado su empresa, siempre le aseguraba un mínimo de puntualidad
y diligencia en el servicio, a pesar de que tal y como estaban los
tiempos -pensó- nadie estaba a salvo de semejantes infortunios: de
nuevo tendría que soportar el contratiempo e inventar cualquier
argucia para matar el tiempo.
El vuelo se retrasaba. Por megafonía una encantadora fémina les
daba la bienvenida al maravilloso mundo de la agónica espera, y así
sin mas se lavaba las manos sin sugerir que podían hacer para
sobrellevar con dignidad su aburrimiento.
Gregorio intento no perder la calma: no quería convertirse en uno
de esos individuos que amenazan a las azafatas de embarque con un
genocidio masivo; tampoco quería chalar con los afectados
amigablemente sobre la poca seriedad de las compañías aéreas, ni
decir cosas como: ¡hay que ver que poca vergüenza!, o frases manidas
del tipo: ¡esto es intolerable, no estamos protegidos contra estos
malhechores!.
Nada de eso, prefería desaparecer en el cuarto de baño, y echar un
vistazo a la novela de Estefanía que seguía intacta en el interior
de su abrigo.
Se aseguro que su mujer andaba por ahí. Intuyo que, como de
costumbre, estaría intentando entablar conversación con alguna
señora predispuesta con rostro y maneras de exagerada indignación.
Gregorio suspiró aliviado cuando la localizo entre el gentío
erigiéndose en la abanderada de la reclamación, en la diosa Artemisa
del usuario enarbolando su bolso en señal de desafío.
Pensó en que lo mejor en esos casos era desaparecer antes de que su
eficaz dispositivo de búsqueda se pusiese en funcionamiento. Con toda
seguridad, si eso sucedía, le tocaría secundar como un vulgar
sicario cada uno de los improperios de su mujer y sonreír
forzadamente, aunque sin estridencias, a todos los allí congregados.
Definitivamente debía escapar de un futuro tan predecible.
Se dirigió con cautela hacia el aseo de caballeros, con la única
disposición de pasar un buen rato en compañía de su novela y un
cigarrillo que había escondido aquella tarde en uno de los escasos
deslices perceptivos de su mujer.
Se parapetó en el interior de uno de los compartimentos. Cuando se
supo dentro y a salvo, dedico unos minutos a la simple contemplación
del entorno, al mero disfrute de un momento tan glorioso; poco
después, sus manos buscaban apresuradamente un bolígrafo en el
interior del bolsillo de su chaqueta.
Deseaba compartir ese momento.
Aquel 1 de Noviembre Gregorio Portillo de 52 años de edad, profano
por primera vez la inmaculada superficie de la puerta de un retrete, y
comprendió que aquella falta contra el decoro había sido su única
escaramuza en los últimos años. Su mente se entretuvo en recordar
otros instantes de exultante felicidad, en perfilarlos, en dibujarlos,
en saborearlos
María
Sánchez