Es la una de la madrugada y aquí estoy, sentada en uno de los
escalones de mármol del aeropuerto, con las maletas esparcidas frente
a mí y comenzando a sentir un hastío tremendo. La maldita tormenta
solar lo ha jodido todo y ahí están los aviones, tan imponentes como
siempre pero tan quietos como si jamás se hubieran alzado de la
tierra.
Y con las interferencias que la tormenta está causando, que lo han
colapsado tanto, ni siquiera puedo escuchar la radio… Los
televisores están muertos y lo único que aquí funciona son los
malditos paneles que indican, sin pudor, que todos los vuelos han sido
cancelados hasta nueva orden. Y esa orden puede durar en llegar…
vete tú a saber. Con las tormentas solares nunca se sabe.
Acostumbrada a que las compañías se pongan en huelga y te dejen en
tierra durante horas quejándote sin remedio, esta situación me hace
sentir más impotente que nunca. Por lo menos si es culpa de los
controladores, de los pilotos, de las azafatas o de un accidente
aéreo, tienes de qué quejarte, a quien echarle la culpa. Pero ya me
dirás a quien culpas cuando es el sol el que se declara responsable
de la falta de comunicaciones. Pues nada, toca esperar y que las cosas
mejoren y vuelvan a la normalidad.
Si este fuera un viaje de negocios, no me importaría tanto. Un
retraso en el vuelo es como un descanso de la rutina. Quizá, en ese
caso, me concedería el gusto de relajarme, pedir un refresco y
sentarme en un rincón a leer. Pero a mí me espera un hotelito
exótico en el Caribe, con un bungalow con vistas a la playa –que
probablemente sea inhóspita, ya que el astro rey últimamente está
de lo más agresivo y tomar el sol se ha convertido en un peligro
palpable- y un montón de tiempo libre para bañarme en la piscina
climatizada, relajarme en la sauna, leer en el hibernáculo o
cualquier otra actividad del "resort" caribeño. Y, en vez
de todo eso, tengo que aguantar la espera sin fin en un aeropuerto
lleno de gente en el que me encuentro más sola que nunca. He hecho un
esfuerzo por convencerme de que esto es cómo un viaje de negocios,
pero nada… ni por esas. Y tampoco me apetece leer nada.
Una enfurruñada cara conocida acaba de pasar frente a mí. ¿No era
Juan? Creo que sí. Me levanto y, sin prestarle la menor atención a
mis maletas, me acerco al que creo conocido. En otras circunstancias
no hubiera hecho tal cosa. Simplemente hubiera comentado para mí que
aquella persona me sonaba y hubiera mantenido conmigo misma una
conversación monólogo sobre quién era y cómo le conocí. Pero el
hastío me hace cambiar, variar mis solitarios esquemas. Le toco
delicadamente el hombro, con un poco –quizá- de miedo contenido,
poco acostumbrada a dar muestras de sociabilidad. El hombre se detiene
y se enfrenta a mí, con el rostro aún lleno del mismo enfado o
hastío que había hasta hace un instante en el mío. Y en sus ojos
brilla la lucecita del reconocimiento.
—¿Alicia? ¡Alicia! ¡Vaya! –exclama Juan, con el rostro ahora
reflejando sorpresa.
—Sí, veo que aún te acuerdas de mí…
—Como iba a olvidarte… yo…
—Sí, lo sé. Yo era joven, tonta y estaba cargada de orgullo.
—Yo no fui menos… - Juan deja las maletas en el suelo y, sin darme
tiempo a pensar, me abraza. Me estruja entre sus fuertes brazos que ya
no lo son tanto. Y yo, apartándome unos instantes, enfrento mi rostro
con el suyo y le ofrezco los labios. Nos besamos sin pensarlo ni un
instante.
Juan espera un avión, el mismo avión que yo, y eso parece como si
fuera una broma del destino. Porque no había visto a Juan desde…
desde hace tantos años. Yo, entonces, era joven y llena de orgullo
como he dicho. Y fui tan ciega como para abandonar a quien debería
haber sido mi compañero, el hombre de mi vida, para vivir una vida en
la que sólo el trabajo me ayudó a sobrevivir. Porque, hasta hace muy
poco y sólo porque me acabo de jubilar, mi vida ha sido mi trabajo. Y
el "resort" caribeño sólo una excusa para no sentirme tan
sola.
Juntos nos sentamos en el escalón frío del aeropuerto en el que yo
he estado durante tanto rato. Nuestras maletas se han mezclado como lo
han hecho, de pronto, nuestras vidas.
Maldita tormenta. Bendita tormenta. Ahora, por fin, vuelvo a tenerle a
mi lado.
Susana
García