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Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (I)
Aeropuerto de El Altet, Alicante (España) (I)
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Aeropuerto de Berlín (Alemania) (I)
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Aeropuerto de Madrid Barajas (España) (II)

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Aeropuerto de Berlín (Alemania) (II)
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Aeropuerto de El Prat, Barcelona (España)
01:00:00 (+1 GMT, 01.11.00)


Es la una de la madrugada y aquí estoy, sentada en uno de los escalones de mármol del aeropuerto, con las maletas esparcidas frente a mí y comenzando a sentir un hastío tremendo. La maldita tormenta solar lo ha jodido todo y ahí están los aviones, tan imponentes como siempre pero tan quietos como si jamás se hubieran alzado de la tierra.

Y con las interferencias que la tormenta está causando, que lo han colapsado tanto, ni siquiera puedo escuchar la radio… Los televisores están muertos y lo único que aquí funciona son los malditos paneles que indican, sin pudor, que todos los vuelos han sido cancelados hasta nueva orden. Y esa orden puede durar en llegar… vete tú a saber. Con las tormentas solares nunca se sabe. Acostumbrada a que las compañías se pongan en huelga y te dejen en tierra durante horas quejándote sin remedio, esta situación me hace sentir más impotente que nunca. Por lo menos si es culpa de los controladores, de los pilotos, de las azafatas o de un accidente aéreo, tienes de qué quejarte, a quien echarle la culpa. Pero ya me dirás a quien culpas cuando es el sol el que se declara responsable de la falta de comunicaciones. Pues nada, toca esperar y que las cosas mejoren y vuelvan a la normalidad.

Si este fuera un viaje de negocios, no me importaría tanto. Un retraso en el vuelo es como un descanso de la rutina. Quizá, en ese caso, me concedería el gusto de relajarme, pedir un refresco y sentarme en un rincón a leer. Pero a mí me espera un hotelito exótico en el Caribe, con un bungalow con vistas a la playa –que probablemente sea inhóspita, ya que el astro rey últimamente está de lo más agresivo y tomar el sol se ha convertido en un peligro palpable- y un montón de tiempo libre para bañarme en la piscina climatizada, relajarme en la sauna, leer en el hibernáculo o cualquier otra actividad del "resort" caribeño. Y, en vez de todo eso, tengo que aguantar la espera sin fin en un aeropuerto lleno de gente en el que me encuentro más sola que nunca. He hecho un esfuerzo por convencerme de que esto es cómo un viaje de negocios, pero nada… ni por esas. Y tampoco me apetece leer nada.

Una enfurruñada cara conocida acaba de pasar frente a mí. ¿No era Juan? Creo que sí. Me levanto y, sin prestarle la menor atención a mis maletas, me acerco al que creo conocido. En otras circunstancias no hubiera hecho tal cosa. Simplemente hubiera comentado para mí que aquella persona me sonaba y hubiera mantenido conmigo misma una conversación monólogo sobre quién era y cómo le conocí. Pero el hastío me hace cambiar, variar mis solitarios esquemas. Le toco delicadamente el hombro, con un poco –quizá- de miedo contenido, poco acostumbrada a dar muestras de sociabilidad. El hombre se detiene y se enfrenta a mí, con el rostro aún lleno del mismo enfado o hastío que había hasta hace un instante en el mío. Y en sus ojos brilla la lucecita del reconocimiento.

—¿Alicia? ¡Alicia! ¡Vaya! –exclama Juan, con el rostro ahora reflejando sorpresa.
—Sí, veo que aún te acuerdas de mí…
—Como iba a olvidarte… yo…
—Sí, lo sé. Yo era joven, tonta y estaba cargada de orgullo.
—Yo no fui menos… - Juan deja las maletas en el suelo y, sin darme tiempo a pensar, me abraza. Me estruja entre sus fuertes brazos que ya no lo son tanto. Y yo, apartándome unos instantes, enfrento mi rostro con el suyo y le ofrezco los labios. Nos besamos sin pensarlo ni un instante.

Juan espera un avión, el mismo avión que yo, y eso parece como si fuera una broma del destino. Porque no había visto a Juan desde… desde hace tantos años. Yo, entonces, era joven y llena de orgullo como he dicho. Y fui tan ciega como para abandonar a quien debería haber sido mi compañero, el hombre de mi vida, para vivir una vida en la que sólo el trabajo me ayudó a sobrevivir. Porque, hasta hace muy poco y sólo porque me acabo de jubilar, mi vida ha sido mi trabajo. Y el "resort" caribeño sólo una excusa para no sentirme tan sola.

Juntos nos sentamos en el escalón frío del aeropuerto en el que yo he estado durante tanto rato. Nuestras maletas se han mezclado como lo han hecho, de pronto, nuestras vidas.

Maldita tormenta. Bendita tormenta. Ahora, por fin, vuelvo a tenerle a mi lado.

 

Susana García

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