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Diletantes en Armilla     asesino · conspirador · diletante · escultor· iconoclasta · mendigo · perro · pintora · roca · vagabundo

 

el relato del vagabundo

 

TÚ Y YO SOMOS DISTINTOS

 

Tú y yo somos distintos.

Tú oyes hablar de Armilla, el país del agua, y en tu mente se forman rápidas imágenes de caudalosos ríos, de corrientes anchas, compactas, susurrantes, que sólo unos cuantos orgullosos puentes se atreven a superar; dices Armilla, y un viejo transbordador pasa cruzando, lenta y fatigadamente, la riada oscura, que aquí y allá se riza en hilos blancos, que arrastra, hunde y recupera troncos, maderos, maleza desgajada de la orilla varios kilómetros atrás. Tú y yo somos distintos. En tu imaginación, Armilla son torrentes que, con eterno ímpetu, saltan sobre las rocas y, apenas unos metros más allá, se agolpan contra el vado con renovado furor; son vertiginosos saltos, inconcebibles cascadas; dices Armilla y crees oír en torno ese blanco derrumbe atronador que no se agota nunca. Ni tú ni yo conocemos el país, pero tú das por cierto que, allá en su capital, encontrarás amplios estanques, en cuya superficie ondulan pirámides de luz, casi supones sus extensos jardines adornados de fuentes, de surtidores que, con calculada geometría, lanzan su estela en total rectitud; acaso, y en sus plazas recoletas, te figuras que hallarás esa plaza empedrada en cuyo centro un círculo de bocas de león, expeliendo largos chorros, hacen borbotear el líquido de la pila, hasta que éste rebosa por la piedra curva. Tal vez sea Armilla, según tú la imaginas, una ciudad trazada entre canales, un laberinto de casas heroicas al pie de cuyos muros bate el agua con esa grave pesadez de la corriente presa.

Tú y yo somos distintos.

Para mí Armilla basta con ser una estrecha acequia, un somero surco por el que discurre con pereza y entre la hojarasca un turbio regato, al que con un golpe de azadón se ha dado vía hacia los huertos, conforme al turno establecido. Para mí Armilla, el país del agua, significa el breve y discontinuo borboteo de una pequeña fuente en un patio monacal, un corto tallo que nada más alzarse pierde pie y se desmorona sobre el vaso; o esa corriente débil e indefensa que se desliza entre un aluvión de cantos en delgada lámina, muchas veces remansada, pero sobre la que, pese a todo, se alzan los primeros puentes, las antiguas y pesadas construcciones de piedra que se elevan, coronan y descienden. Para mí Armilla es el arroyo donde se humedece el pañuelo, la última charca de un territorio seco sobre la que lengüetean los animales, y en la ciudad se me figuran pozos, aljibes y depósitos sondados de continuo para medir su nivel, una larga barra de hierro descendida cada vez con más esfuerzo, entre el retumbo húmedo y desalentador de las paredes cubiertas de verdín.

Tú admiras en Armilla el fragor del agua, yo su silencio; a ti te conmociona su poder, a mí me maravilla su importancia.

Tú y yo somos distintos.

 

Miguel Vaquero es vagabundo en Armilla

 

 

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