SI
ES ASÍ
Si
Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida,
si hay detrás un hechizo o sólo un capricho, lo
ignoro.
Ignoro
también la causa del encantamiento que ejerce aquella mujer
que, lejos de parecer una ninfa, recuerda a las orondas matriarcas
de tiempos primigenios.
En
Armilla su voz magnética y profunda se oye, en un murmullo
interminable, hasta en el último confín de su laberíntica
instalación. No molesta, más bien es como el espíritu
acústico de Armilla. Su voz, que se distingue del canto
seductor y descuidado de las nereidas, declama su lección
a una invisible pléyade de discípulas.
En
los primeros estadios, con la aparición de la Aurora, les
habla de lo más tangible: fuentes, chorros, surtidores,
manantiales, rocíos, vapores, vahos. Entretanto, ellas
disfrutan practicando: abandonadas al goce de sus cuerpos, juegan,
ríen.
Más
adelante, cuando el Sol llega al Cenit, las jóvenes, ya
saciadas del placer del tacto, de la tersura y del cosquilleo,
comienzan a percibir, en lo más profundo de sus entrañas,
curiosos movimientos: mariposas en el estómago, fuego en
el pecho, embriaguez al contemplar los arco iris y celajes, humedad
en los ojos... Una especie de locura y éxtasis se apodera
de ellas. Es entonces, cuando su Madre Lunar comienza su segunda
lección y en el gran paño celeste proyecta las más
nítidas visiones: la tranquila superficie de un lago, la
tempestuosa violencia del océano, la dureza y la inmovilidad
del hielo, la serpenteante y cantarina corriente de un arroyo
de montaña, escenas con las que, en un increíble
mimetismo, las jóvenes comienzan a sentir serenidad, temor,
frialdad, alegría y así... hasta que la incorpórea
sutileza del vapor acuoso se apodera de la escena y quedan, todas,
como rendidas después de aquella ordalía emocional.
En
ese momento, se diría que Armilla está despoblada;
pero no, sólo está quieta, adormilada, después
de la exultante estación estival.
Poco
a poco, el Sol va marcando su parábola en dirección
al Ocaso. En ese momento, se produce una actividad inusitada:
la multitud de mujercitas se despereza; sensualmente, se arreglan
sus cabelleras; se retocan sus carnes, como si con sus manos estiraran
las arrugas de sus túnicas. En su espléndida desnudez
se miran a los ojos, se reconocen.
Una
vez más, la magnética voz llena el espacio. "Mirad,
mirad alrededor vuestro antes de que el Padre se vaya a descansar;
mirad el verde de la espesura, el celeste del cielo, mirad las
nubes. Oled y embriagaos con el perfume a hierba mojada. Escuchad
el tintineo de las gotas de lluvia en vuestros espejos y el canto
de las ranas en los estanques. Vibrad y moveos junto a las olas
del mar. Sentíos, por fin, en vuestra casa; dibujad las
nubes, la lluvia, las flores en la tierra y disfrutad de ser tan
hermosas como ellas. Coged el rocío de las flores y sanad
vuestros corazones."
Las
ninfas, nereidas y ondinas miran, huelen, escuchan, sienten, hacen.
Se mueven, inquietas, acercándose amorosamente a las rocas,
a las plantas, a la tierra.
Silencio.
De repente, rompiendo el ritmo vespertino, un rumor ronco y profundo
atenaza la ciudad. La penumbra se apodera de Armilla. Se oyen
murmullos, lamentos, llantos, quejidos. Las invisibles mujeres
se retuercen, salvajes, en la oscuridad. Un agua cenagosa, turbia,
las rodea. Sus ojos se cierran. Sus cuerpos vagan en el fondo
del océano primordial. Ya no se oye la voz susurrante de
la maestra: han quedado libradas a su propio destino.
Entonces,
se abandonan, se deslizan, fluyen. Los remolinos, los vórtices
de aguas fangosas atrapan y agitan a las ninfas. Comienza el viaje
en medio de la oscuridad. El vértigo se apodera de las
náyades arrastradas por las aguas negras. Primero una caverna,
una cueva, unos segundos de descanso, un frío intenso (sus
cuerpecillos tiemblan y se estremecen encadenados a las corrientes)...
hasta que por fin, con un enorme torrente de agua nueva y limpia,
son expulsadas por las bocas de aquellas enormes arterias palpitantes
una a una y manan, una vez más, con candor e inocencia
de fuentes multiplicadas, abren los ojos y encuentran nuevos espejos,
nuevos juegos, nuevos modos de gozar el agua...
Y
por la mañana se las oye cantar.
Elsa
Bauab es diletante en Armilla