CONFESIONES
DE UN CONSPIRADOR
¿Alguna
vez has soñado con hogueras? ¿Te has despertado con ganas
de gritar, con la secreta convicción de que hoy era el
día, el día convenido, la insurrección soñada
y al minuto siguiente apenas eras capaz de recordar qué
era aquello que odiabas con tanta intensidad, con tanta furia?
Es probable que sí. No eres al primero al que le sucede.
Probablemente te habrás cruzado con alguno de esos armillanos
que miran a todos lados y que, cuando fijas tu mirada en sus ojos,
apartan la vista como si ocultaran algún secreto. Tú
mismo, cuando nos hemos encontrado, parecías tener miedo.
Miedo de que yo descubriera algo. Una verdad terrible. Y sin embargo
en el fondo no podrías decir en qué consiste. Desconoces
por completo el nombre del misterio que albergas, que alimentas
cada día con sueños, con atroces pesadillas.
Las
palabras se borran pero queda su huella. Tardé mucho tiempo
en aprenderlo. Antes empleaba métodos rudimentarios: grababa
en las tuberías palabras prohibidas, casi siempre ilegibles,
arrojaba a las cañerías de la ciudad botellas con
mensajes, comenzaba una conversación como por azar, una
conversación trivial en la que sin embargo dejaba que mi
interlocutor adivinara un secreto designio... Con tales estratagemas
no es de extrañar que varias veces corriera serio peligro
de ser descubierto. Afortunadamente las cosas han cambiado. Ya
no cometo errores. Ahora la victoria está más cerca
que nunca.
Sospecho
que las ondinas han empleado alguna vez el mismo procedimiento.
Intuyo además que, sin la presencia de las ninfas en nuestra
ciudad, tal vez no hubiera funcionado. Nunca he creído
demasiado en la magia pero es obvio que el agua de Armilla no
es como la de las demás ciudades del mundo. Sin embargo,
por alguna razón que ignoro, parece que ellas despreciaran
el uso de esta técnica o simplemente la hubiesen olvidado.
Sea como sea, nada temo. No parece que se hayan percatado del
avance de mi plan.
Sé
que me tomarás por loco. Pensarás tal vez que mi
obsesión ha acabado forjando una fantasía que me
hace sentirme dueño de un arma infalible que no existe.
Tal vez sea así. Pero, dime, ¿últimamente no has
soñado con hogueras, con cañerías rotas,
con venganza contra seres a quienes nunca pensaste que odiarías
como ahora los odias?
Cada
día trazo palabras en el agua. Mis dedos dibujan letras,
nombres, frases que se borran al tiempo que se forman, sin dejar
ningún rastro de sí mismas. Y sin embargo, la ciudad
entera bebe mis palabras, la ciudad entera se deja acariciar por
ellas, siente su húmeda adherencia a su cuerpo, a sus labios,
que de pronto las profieren como una venenosa blasfemia. El agua
lleva mis consignas a todos los habitantes de Armilla, se aposentan
en ellos gota a gota hasta que un día rebosan, se derraman
como un río de furia. Entonces se convierten en uno de
los míos. Están convencidos de que se unieron a
mí por propia voluntad, que las ideas que los mueven germinaron
en ellos sin que nadie viniera a susurrárselas. Nadie,
ni yo mismo, podría convencerles de lo contrario.
Ya
sé que no me crees. No importa demasiado. Cuando destruya
Armilla, cuando expulse a los seres que ahora ocupan el lugar
del hombre, implantaré una especie de ley seca. El sistema
de fontanería que ahora es nuestro orgullo, nuestro patrimonio
común, me pertenecerá tan sólo a mí.
No permitiré que nadie use contra mi nuevo reino mis propias
armas. Toda conspiración debe borrar sus huellas. Por eso
no tengo más remedio que matarte. Dejaré que las
aguas arrastren tu cadáver como otras veces arrastran mis
palabras ardientes. No creo que con ello levante demasiadas sospechas.
No es nada raro encontrar un ahogado en Armilla
José
Luis Gómez Toré es conspirador en Armilla