EL
YAGATÁN
A
veces las caravanas acercan hasta Armilla a algún viajero
que tarde o temprano pasa por mi taller y contempla las dagas
que forjo, discutiendo conmigo si un filo o un filo y un tercio,
si guardamanos o cruceta, si vaina de cuero curtido o de bruñido
metal. Casi ninguno deja de enseñarme el arma que cuelga
de su cinturón. Algunas son magníficas. He visto
acero del Oeste, tan firme y suave al tiempo que lo tomé
por terciopelo helado; puñales de islas tropicales con
forma de llama, cuyo corte fulge como el fuego que semejan, o
fantásticos kamas del Norte, cuyas entalladuras semejan
las líneas de la vida que arrebataron. Muchas maravillas
he contemplado, pero ninguna puede compararse al yatagán
que hace diez años forjé y afilé. Nadie conoce
su existencia, ni siquiera el Gobernador. Tan sólo cuando
el taller está cerrado lo saco de su estuche y lo contemplo.
La empuñadura es de marfil sin pulimento alguno, ni lleva
piedra ni lámina de oro, pero la hoja es la más
soberbia que nunca se vació en el mundo. Su equilibrio,
su delgadez y su filo es tal que puede hundirse en cualquier fuente
o aljibe sin que el agua se perturbe; entonces es imposible distinguirla
con claridad de los reflejos del sol en el fondo; al salir, la
hoja está seca, como si el agua se hubiese apartado ante
ella. Sólo una vez he matado con el yatagán. Aquel
a quien se lo clavé no percibió la estocada. Se
marchó sin volverse ni siquiera. Murió tres días
más tarde, tras desangrarse poco a poco, a través
del tajo sin remisión; pero el hilillo de sangre era tan
leve que se perdía en cualquiera de las corrientes de Armilla
sin que ni siquiera tiñera el agua, sin que mi víctima
sintiera extraña aquella humedad en el muslo.