LAS
CIUDADES Y LOS EMBAUCADORES, 3
Algunos
de los de Armilla aún nos recriminan no haber nacido aquí.
No a mí, que me fueron a parir bajo el viejo canal, en
la antigua Hostería, en el Barrio Pobre, junto al desierto:
sino a los míos. Que si mi padre, Filón, con su
"troupe" de comicastros y mi tío, Sebastián, el
tragasables... Que a qué querían en Armilla un teatro
permanente... Que a qué querían unos sin viento
una ciudad de agua.
Pero
sé que lo dicen de buena fe. Por matar el tiempo, por darle
conversación a la taberna cuando cierro mi puesto al atardecer.
Entonces comienzo a hablar y no hay quien me pare: De cuando el
gran Filón actuó ante los mismos ojos del Dogo de
Venecia... De cómo mi tío -por causa de no sé
qué enfado- partió a las tierras del Preste Juan
y de qué manera acabó entre las huestes del menesteroso
Carlos Tudesco y de cómo de ahí le vino a mi tío
el apodo de "increíble". De las buenas maneras que hubieron
las hermanas Dalka y Ruselka –mi madre y su hermana- para convencer
a esos dos pueblerinos de Filón y Sebastián y retenerlos
una jornada más que se va prolongado hasta hoy en día.
Armilla... Tantas historias, tanta vida que decir...
No
así yo, que no hubo manera que el sable me llegase a la
bajura de la nuez, que diese dos pasos en la cuerda al viento,
que me otorgase crédito el más dócil caniche
cuando le ordenaba sentarse, que no pasé del ser y el no
ser y me harté de esperar a Godot... Acabé, como
todos los sin oficio en la Casa del Tesoro, para el reparto anual
de vacantes: me tocó talabartero, aprendí y no se
me dio del todo mal, que aquí me tienes en un arnés
y mañana en unas bridas. Porque mi oficio, lector, es este:
repujar el cuero, ceñir la piel, darle forma. Que bien
podría haber seguido el orden familiar y ser un buen trapecista,
quizás un mago, quizás un autor verdadero.
Así
que cada amanecer salgo de mi casa, monto en mi canoa, navego
hasta el embarcadero del Mercado de Abastos, descorro los candados,
enciendo el hornillo, extiendo el tenderete... ¡Qué curtidos!..
¡Qué becerro, señores!... ¡Fustas, correas, caiteles..
lo mejor del Viejo Mundo!... Mire usted, Don Andrés, estas
embocaduras... Caí al agua, maese Andrés y se me
ha cuarteado el cinturón... Con estos látigos, Don
Andrés, tan desenhebrados no hay esclavo que te tenga respeto...
Andrés, esta tarde haré almendrados, ¿me traerás
esas pulseras que te encargué?...
Algunos
de los de Armilla dicen que no soy de aquí. Alza tu copa,
lector. Otra ronda, tabernero.