LA
COCINERA DE ARMILLA
Puede
que el extranjero recién desembarcado en Armilla eche de
menos los resplandores y los fuegos de su cocina natal. Es posible
que, al poco tiempo, su gusto se resienta ante la monotonía
de unos platos que básicamente consisten en agua dulce
y poco más: sopas, salsas y caldos constituyen la quintaesencia
de una gastronomía que nada sabe del mar y muy poco del
pescado, salvo algunas sosas truchas de río; una cocina
suave y vegetariana que se horrorizaría ante la sola visión
de la sangre, la carne masacrada, la res sacrificada en virtud
de un delicioso escalofrío.
Por
eso los primeros armillanos que acudieron al reclamo de la nueva
cocinera de la Casa Consistorial y salieron con una resonancia
extraña en el paladar, no pudieron notar que nada hubiese
cambiado sustancialmente en el ritual de los platos. El mismo
caldo, las mismas hebras de verdura flotando desangeladamente
en la sopera, los mismos tonos mortecinos del sabor de siempre.
Pero hubo quienes paladearon una ínfima, apenas perceptible
variación en las recetas, y preguntaron por la nueva cocinera,
una mujer mayor, triste y taciturna de la que se sabía
muy poco, excepto que siempre vestía de negro y que había
llegado a Armilla centrifugada en una guerra remota en las fronteras
de oriente. Un curioso insistió en el componente secreto
de su cocina pero no obtuvo respuesta; se decía que la
mujer no dominaba todavía el armillano, pero el hostelero
jefe, con una carcajada maliciosa, aseguró que no hablaba
porque no le daba la gana.
Muchas
cosas se dijeron de la nueva cocinera de la Casa Consistorial;
algún comensal insinuó que el sabor ligeramente
sazonado de sus sopas y sus ensaladas era obra de un conjuro maléfico;
una cocinera envidiosa conjeturó que dicho conjuro incluía
gotas de sangre. Ella no decía nada: se limitaba a cocinar,
inclinada siempre sobre las ollas y los fogones, siempre de luto,
siempre canturreando en una lengua desconocida, envuelta en una
tristeza tan suave y tan usual que casi parecía alegre,
y al poco tiempo, los armillanos dejaron de lado las habladurías,
en cuanto su paladar se acostumbró al sabor salado de las
lágrimas.