EL
SOLDADO DE ARMILLA
Me
preguntas, viajero, por Armilla. Me preguntas si algo sé
yo, algo sobre su construcción o, por el contrario, sobre
la devastación que sobrevino tras los primeros tiempos
en que fue habitada. Me preguntas por mi condición, nombre
y oficio. Y a todo ello responderé esta tarde, a tus preguntas
daré satisfacción mientras bebemos, pues yo estuve
allí, yo participé en la destrucción de Armilla.
Oficio,
nombre y condición son lo mismo para quien es soldado,
para quien obedece la orden de cavar una fosa, arremeter contra
un muro, matar a otro hombre. "Eh, tú, soldado, no te olvides
de apilar aquellos cuerpos, no te olvides tú, soldado,
de recoger los escombros y arrojarlos al río, donde a nadie
molesten."
"Soldado,
haz que callen esas mujeres, ahógalas si es necesario."
Me
cuentas, viajero, que has leído teorías sobre cómo
Armilla llegó a ser como es, con su esqueleto desnudo de
cañerías y el incesante rumor de lo húmedo,
con extrañas visiones de muchachas que cantan mientras
lavan sus cuerpos. Me dices que muchos han visto los mismos paisajes
de piel y plomo recorriéndose con la pereza de los niños,
que incluso tú, viajero, llegaste al pie de esa ciudad
erigida para no ser nunca olvidada.
Pero
no estoy seguro de si has comprendido bien que nadie queda allí,
que no hay muchachas escondidas, que el canto impreciso es sólo
un deseo o una condena. Yo miré atrás por última
vez cuando la tropa regresaba después de arrasar Armilla,
y te aseguro que nada vi que pueda parecerse a esas cosas por
las que me preguntas, viajero.