UNA
POLICÍA EN ARMILLA
Hay
quienes piensan que debe de ser especialmente fácil ser
policía en Armilla. La falta de muros, argumentan, dificulta
mucho, si no impide, la actividad de los malhechores. Para empezar,
en Armilla carece de sentido intentar atesorar nada. Sólo
puede atesorarse algo ocultándolo y poniéndolo fuera
del alcance de los demás, cosas ambas que en esta ciudad
resultan imposibles. Todo está a la vista y a disposición
de cualquiera, así que nadie siente el impulso de robar.
Tampoco es éste un lugar propicio para los embaucadores.
Nadie puede aquí tratar de aparecer ante otros como lo
que no es, porque al caer la noche, cuando te retiras a tu casa
y te sientas en tu habitación a solas, incluso cuando duermes
y gritas los nombres que te asaltan durante el sueño, permaneces
tan expuesto a la contemplación y la escucha de tus vecinos
que malamente podrías hacerte pasar por nadie más
que por quien eres en realidad. Y en cuanto a los criminales no
comprendidos en las dos categorías anteriores (que si se
piensa se reducen a los que ofenden a sus semejantes, ya sea de
palabra o de obra, siguiendo impulsos irracionales o gratuitos),
infieren los maliciosos que a la policía de Armilla distan
de provocarle grandes quebraderos de cabeza, porque en esta ciudad
resulta tan impracticable agredir a alguien sin testigos como
dar esquinazo a quien te persigue (por la falta de esquinas, precisamente).
Pero
ay, cómo yerran los que así piensan. Es verdad que
no tenemos muchos delincuentes, y que a los pocos que de vez en
cuando aparecen (personas de veras torpes y abominables), les
echamos el guante en seguida y los enviamos a presidio. Pero ése,
el de capturarlos, no es el problema. Por lo menos, no lo es para
mí, que llevo quince años entregada a este oficio.
El problema es la mirada vacía de la niña muerta
que encontraste en la bañera aquella tarde, y que desde
entonces te acompaña. Y para eso, ni en Armilla ni en ninguna
otra ciudad, se ha inventado aún una solución aceptable.