EL
PAÍS DEL AGUA
Desde
que comienza el ritual diario de embellecer la ciudad y se escucha
la respiración del agua en los surtidores, los policías
se hermanan en la tarea de velar por el buen funcionamiento de
las tuberías y los desagües, procurando no molestar
el despertar infinito de las mujeres, que en el primer baño
de la mañana despliegan sus encantos adormecidos, untándose
con afeites, sales y sustancias aromáticas de todo tipo,
sus hermosas pieles blancas. En el trabajo diario de pulimentar,
de desatascar para que el agua salga pura, los policías,
al igual que el resto de ciudadanos, ejercitan una extraña
nostalgia que al final del día se transformará en
fiesta, cuando el dulce fluir de las cascadas adormezca suavemente
los sentidos y el murmullo de la naturaleza tonifique los músculos,
cayendo todos rendidos en el regazo de las princesas del agua.
Desde
la pequeña loma sobre la que se asienta la canalización
siete, se tiene la mejor vista de la ciudad, justo cuando el sol
da de lleno al medio día y se refracta la luz en el agua,
proyectándose un carnaval de rayos multicolor que rebota
en los espejos que cada mujer lleva siempre consigo. Y es que
a esa hora las ninfas alcanzan su máximo esplendor, aprovechando
entonces para realizar la liturgia de la purificación.
La sugerente cadena de lavarse y peinarse las unas a las otras
hipnotiza a los ciudadanos hasta el punto de que la ciudad se
paraliza en torno a la fuente principal, temiendo entonces la
policía que se produzcan desmayos por nostalgia desmedida.
No
es la primera vez, sin embargo, que alguno de nosotros hemos tenido
que coger agua con el vaso reanimador, que llevamos colgados al
cinto, y dar de beber a un sujeto que sufre un vahído de
nostalgia. Lo curioso, es que a partir de ese instante, cuando
ellas muestran la alegría con sus gestos despreocupados
y sensibles, bendiciendo el agua como último paso de la
liturgia, el pulso de la ciudad se relaja y los policías
apenas tenemos trabajo. Ahora el deseo de que llegue la noche
y pase el día lo más rápidamente, se apodera
del pulso de la ciudad. Los quehaceres son un mero trámite
a la espera del baño nocturno que finalizará el
día. Todos como autómatas relegamos a la memoria
para que trabaje lo justo, sin atrevernos a poner en duda los
milagros del agua, abandonando la culpabilidad a las mazmorras
del olvido.
Por
eso, antes de que baje el sol y busque a mi musa definitivamente,
prefiero pasarme por la taberna de Domingo nada más quitarme
el uniforme y así llegar sobrio de nostalgia.