EL
RIO QUE SE VA
El
viajero se adentra por territorios de ninfas y náyades
y tiene dos opciones: buscar acomodo en los oasis del arrabal
o caminar hacia el sur y arribar al corazón de una selva
de caños llamada Armilla. Si opta por ésta última
alternativa, el forastero entonces se cruzará con hornacinas
que cobijan a triglifos y edecanes, y le advertirán también
que llene su cantimplora si lo que pretende es entrar en Armilla.
De esa ciudad se cuentan tantas historias y todas tan diversas
que entonces no sabrá con certeza si la lluvia y los lagos
–en realidad– no serán más que meras impresiones.
A ese respecto nadie sabrá indicarle con exactitud, sin
embargo, todos le advertirán que la leyenda cuenta que
fue un tango o quizá una milonga, pero que las ciudades
son libros que deben leerse con los pies. Eso mismo tuvo que pensar
el rey Utopo de Armilla cuando ordenó que las calles fueran
anchas y las casas se construyeran siempre con dos puertas.
Acaso
fuera porque en Armilla había un gran temor a que el agua
pudiera ser detenida o desviada, o que fuese confinada en odres
de camello que acabaron llamando río Anhidro al escaso
curso de agua que rodeaba la ciudad. Tal vez fuera por éste
u otro temor fundado, o quizás porque en otro tiempo se
envenenaron legiones que se habían bañado en la
quietud de los pantanos, que un filarca recomendó amurallar
los márgenes del río. O fuese tal vez porque en
las aceras se apostaban miríadas de falsos eunucos que
requerían alimentar a sus ignotas descendencias. Acaso
fuese por esto o porque ya lo habían leído en las
piedras de las calles que sus habitantes construyeron una cisterna
lejos de los arrabales.
Lo
cierto es que en esa ciudad hay un río enamorado del mar,
muchas casas con dos puertas y un guardián en el aljibe
que nunca ha soñado con Venecia.