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Militares en Armilla     alguacil · guardián del aljibe · guerrero · policía I · policía II · soldado

 

el relato del guardián aljibe

 

EL RIO QUE SE VA

 

El viajero se adentra por territorios de ninfas y náyades y tiene dos opciones: buscar acomodo en los oasis del arrabal o caminar hacia el sur y arribar al corazón de una selva de caños llamada Armilla. Si opta por ésta última alternativa, el forastero entonces se cruzará con hornacinas que cobijan a triglifos y edecanes, y le advertirán también que llene su cantimplora si lo que pretende es entrar en Armilla. De esa ciudad se cuentan tantas historias y todas tan diversas que entonces no sabrá con certeza si la lluvia y los lagos –en realidad– no serán más que meras impresiones. A ese respecto nadie sabrá indicarle con exactitud, sin embargo, todos le advertirán que la leyenda cuenta que fue un tango o quizá una milonga, pero que las ciudades son libros que deben leerse con los pies. Eso mismo tuvo que pensar el rey Utopo de Armilla cuando ordenó que las calles fueran anchas y las casas se construyeran siempre con dos puertas.

Acaso fuera porque en Armilla había un gran temor a que el agua pudiera ser detenida o desviada, o que fuese confinada en odres de camello que acabaron llamando río Anhidro al escaso curso de agua que rodeaba la ciudad. Tal vez fuera por éste u otro temor fundado, o quizás porque en otro tiempo se envenenaron legiones que se habían bañado en la quietud de los pantanos, que un filarca recomendó amurallar los márgenes del río. O fuese tal vez porque en las aceras se apostaban miríadas de falsos eunucos que requerían alimentar a sus ignotas descendencias. Acaso fuese por esto o porque ya lo habían leído en las piedras de las calles que sus habitantes construyeron una cisterna lejos de los arrabales.

Lo cierto es que en esa ciudad hay un río enamorado del mar, muchas casas con dos puertas y un guardián en el aljibe que nunca ha soñado con Venecia.

 

 

 

 

Alejandro Castelvecchio es guardián del aljibe en Armilla

 

 

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