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Militares en Armilla     alguacil · guardián del aljibe · guerrero · policía I · policía II · soldado

 

el relato del guerrero

 

LOS GUERREROS DE ARMILLA

 

 

La ciudad de Armilla, de la que Italo Calvino nos da sus coordenadas, no tiene soldados, porque el agua abomina de toda jerarquía y no acosan amenazas a quien es dulce de espíritu y manso de pensamiento.

Sin embargo, en tiempos de sequía sus habitantes contratan a escogidos mercenarios allende sus fronteras, fronteras que no son políticas sino tenues, como las lentas migraciones.

Estos mercenarios llegan de diferentes latitudes de la tierra y se asombran ante la ciudad de agua, pero nunca lo demuestran sus rostros impasibles, porque un guerrero jamás da ni al contrincante ni al aliado una ventaja en el campo del honor. Por eso, los mercenarios de Armilla combaten siempre con el sol a las espaldas y no tienen corazón, para llevar menos peso sobre sus cabalgaduras.

Nomadean estos combatientes alrededor de la ciudad de Armilla el tiempo que duran las sequías sin echar pie a tierra, oteando la posible llegada de los tartamudos bárbaros, custodiando los istmos que amenazantes aparecen cuando el sol agosta los humedales. Sin embargo, jamás traspasan las puertas de Armilla los mercenarios y no porque teman allí echar el pie al agua, sino porque honran su propia soledad hasta extremos insospechados. Tanto es así que nadie sabe qué cobran ni porqué ni cómo acuden a la cita.

Y sépase que, a pesar de las muchas tentaciones (pues en la ciudad de agua habitan siempre la armonía y blandura del amor y la melancolía de los viejos príncipes vencidos), ninguno de estos mercenarios descabalgó ni se quedó jamás en Armilla, seguidores como son tales soldados del Credo que dice: 'Lo que buscas, ignora. La felicidad radica en tu ignorancia. Vaga ya sin marcarte rumbo alguno, viajero al fin que evita a los hombres y sus encrucijadas. Marchar es tu alegría, o engañarte. Saber que si te paras morirías y que, si no lo haces, inmortal podrías ser y amarlo todo. Y siempre'.

Así, aún se cuenta en Armilla que, pese a la violenta seducción que sus calles produjeron en uno de estos guerreros, el persa conocido por el nombre de Murdadh, que significa 'la inmortalidad', éste aún se venció en singular batalla a sí mismo y a su propia paz y, cabalgando, una vez más se alejó de Armilla cuando las lluvias regresaron, sin volver siquiera su gallarda celada borgoñota a la imposible belleza de la ciudad de agua, hablando como al viento estas palabras: '¿Agua decís?... ¡Mas no me habléis de agua los que no os habéis ahogado!'

Espoleó entonces a su caballo, ligero como sólo es ligero quien no tiene corazón, y se adentró en países lejanos y en su eterna gloria conocida. El resto, como en el amor, ya se sabe, es sólo frenesí.

 

 

Jaime Alejandre es guerrero en Armilla

 

 

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