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Espiritualistas en Armilla     agua · ángel · curandera · facilitador de sueños · inquisidora · párroco

 

el relato del párroco

 

EL PÁRROCO

 

Nadie guarda memoria de su llegada a Armilla, aunque lo cierto es que sin que nadie supiera muy bien cómo, con paciencia y discreción el párroco fue haciéndose un lugar en la ciudad. Se identificaba su presencia por la ausencia, es decir, por el vacío de tuberías, duchas, lavabos y bañeras, causada quizá por derrumbe quizá porque los habitantes de la ciudad respetaron su presencia y evitaron construir en el espacio que ocupaba aquel descampado, en forma de cruz latina, habitado únicamente por una gran pila bautismal. Debidamente ataviado con su sotana blanca, el párroco se paraba religiosamente cada siete días (nunca supo con exactitud si eran realmente los Domingos) en la parte superior de la cruz, diagonal a la pila y recitaba durante una hora aproximadamente aquellos versículos de la Biblia que hablaban de diluvios, niños rescatados de las aguas, hombres que caminan sobre mares y profetas que los dividen en dos, con la esperanza de que las referencias acuáticas de sus discursos atrajeran la atención de las desenfadadas habitantes de la ciudad. Aun cuando al principio parecía una empresa absurda por imposible, se supo que al cabo de unos años algunas ninfas empezaron a asistir a sus sermones completamente desnudas, e incluso algunas de ellas aceptaron ser convertidas al monoteísmo con la condición expresa de ser bautizadas todos los días con abundante agua bendita de la pila, a lo que el cura no opuso reparos de ningún tipo. Sin embargo nunca se supo de ninguna que aceptara el sacramento de la confesión en el pequeño recuadro que, para ese propósito, nuestro perseverante personaje dibujó en el suelo del ala derecha de su cruz, porque como se sabe las ninfas y náyades no padecen de esa extraña enfermedad humana, y todo hay que decirlo, pilar esencial de la religión que es la culpa. Todavía hoy se le ve pasear muy despacio entre el bosque de tuberías, con su libro negro apretado en el brazo recogido contra su pectoral derecho. Ya no viste sotanas sino que opto por la cálida desnudez que caracteriza la ciudad, si bien aun se persigna con religiosa consternación cuando alguna bañista, especialmente dotada de voluptuoso erotismo, le provoca una incontrolable y secretamente grata erección.

 

 

Aker Lejarazu es párroco en Armilla

 

 

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