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Espiritualistas en Armilla     agua · ángel · curandera · facilitador de sueños · inquisidora · párroco

 

el relato de la curandera

 

LA FUENTE DE LAS DOS ORILLAS
(El abrazo de la curandera)

 

 

No sabría decir si el día en que la Luna vigilaba mis pacientes dedos mostrando sus rayos luminosos en el cuerpo exhausto de aquella jovencita, los peces de las fuentes, saltaron de alegría asomando sus cabezas en un alarde necesario por recoger una partícula del aire purificado de Armilla...

LA FUENTE DE LAS DOS ORILLAS
(El abrazo de la curandera)

Yo soñé una ciudad marcada por la alegría, por la sonrisa del esfuerzo del cada día, por la serenidad del oficio, la ausencia del sudor obligado en el trabajo, y la alegría del aire compartido para respirar la vida. Por eso llegué hasta allí, en una travesía prolongada a través del Océano que en misterioso naufragio me abandonó hasta los brazos de una orilla, depositándome como un nenúfar para resurgír envuelta entre la arena de esperanza de la ciudad de Armilla, pero con una fortaleza especial dada por un rebelde espíritu venido quizás, de mi abrazo mortal con Neptuno, la deidad marina.

Todos los días, recibía en mi casa las visitas suficientes para dar templanza a mis nervios administrando mi esencial energía. Necesitaba ejercer mi poder; el poder otorgado como un talento ancestral aplicado a la naturaleza pleno de sabiduría. El poder que me había arrastrado fuera de mi mundo; otro mundo olvidado para encontrar los cauces naturales de mi armonía

Oh cielos, aquella tarde la cola de pacientes llegaba hasta la fuente de las Dos Orillas. Mi pequeña casa calada de yeso relucía ante un sol blanquísimo de verano templado por la humedad que el agua daba en su cercanía. Me asomé por la ventana y distinguí entre ellos a Ludmila, la muchacha más bella de Armilla.

¿A qué tanto revuelo? ¿ Quiénes eran esas gentes y de dónde provenían?...

Armilla era una ciudad pequeña, blanca como la nieve, cálida como la brasa apagada de un volcán en cenizas, aislada por las laderas rocosas de unas montañas altísimas que recogían las aguas del cielo en permanente lluvía y la lloraban constantemente en las cascadas perenes, formando lagos de espejo, y cristalinas fuentes donde acudía la gente con sus cántaros a repostar para las labores del día.

Los niños corrían por las calles estrechas, hechas de arena blanca en una especie de argamasa fina por donde discurrían perenes dos canalilllos venidos de la fuente que eran como los "zapatos" necesarios de Armilla.

Los maestros recogían a los niños de sus casas, y los reunían a su lado en la plaza de la fuente de las Dos Orillas, y allí, sentados al amparo del agua les enseñaban los secretos más arcanos, los grandes misterios de la ciudad de Armilla. La historia de los peces-hombre convertidos en humanos para siempre, gracias al abrazo poderoso de la curandera de Armilla.

Un repartidor ambulante ofrecía a todas horas las frutas contenidas en las alforjas de su pequeña foca Melisa, blanca también como la nieve, y lista como la yegua marina del tio Juan que labraba en la era soleada arrastrando el pesado trillo para quebrantar la mies separando así el trigo de la paja y formar los talegos amarillos que relucían en el horizonte del campo dorado de Armilla.

-Tenga usted unos huevos de arenque, que mañana le traeré unos cuantos de tortuga- decía el granjero a su médico-. Todo aquí era felicidad y armonía.

Mientras tanto la boticaria se asomaba a la puerta de su farmacia, con el almirez en mano, batiendo presto en su mortero de fórmulas magistrales, la emulsión milagrosa más solicitada en Armilla..- "Hoy toca el ungüento de Tritón"- decía, por si alguno de sus clientes lo necesitara con urgencia.

El ungüento de Tritón era un amasijo de algas mezcladas con el aceite de este anfibio parecido a la Salamandra y que, dada su leyenda cercana a esa deidad marina, ejercía una especie de poder al aplicarlo sobre la piel del cuerpo, calmando la picazón en los momentos más calurosos del día, aislando del frío cuando en las noches del invierno el viento salpicaba el agua helada sobre las casitas... o lo que era más importante, dando a sus gentes la apariencia de juvenil y eterna frescura en su piel.

Aquel día, decía, la cola de pacientes era más larga que nunca. Estaban asustados. Tal vez conocían las intenciones de Ludmila. Algunos venían a consultarme los problemas de siempre: quizás una medición para el dolor de espalda, o una oración para ahuyentar los malos espíritus que una madre pedía para su hija, o el ungüento de Tritón bendecido con agua para que el fruto de una embarazada tuviese el sexo deseado... Otros, recordar tan sólo el conjuro de su condición humana, dada la presencia tan extraña de la bella Ludmila... Y yo, repetía y repetía cada día, la Oración del Candil; una ceremonia de palabras ausentes donde, en la oscuridad, discurría el aceite gota a gota por el dedo meñique hasta que la vela del se derretía exhalando su humo por el ambiente y llegando a la garganta del paciente para perfumar sus glándulas y hacer que su voz renaciese de la afonía, que su dolor branquial desapareciera, o que su piel de escamas retuviese la humedad constante para su frescura. A veces, los espíritus se resistían y Neptuno pinchaba con su tridente a los súbidtos más deseados de Armilla.

Cuando llegó a mí Ludmila con su carita pálida y desmejorada del color de la manzana amarilla, quedé asombrada por su petición. Bajé hasta el porche de la casa para recibirla. El sol de la mañana declinaba para dejar paso al atardecer, y la Luna terminaba su ciclo asomándo su cara pletórica y tímida a la vez. Caminamos juntas calle abajo hasta la Fuente de las dos Orillas, y fue, como respondiendo a una llamada silenciosa de sus aguas, a un deseo ferviente de volver al estado primitivo que sus genes reclamaban para siempre, cuando se arrrojó decidida.

Su piel era bella, escamosa e irisada como el resplandor de un iceberg, su pelo largo y sedoso le llegaba hasta la cintura... Su pecho turgente despuntaba como unas dunas gemelas e insultantes entre el agua de la fuente donde yacía sumergida.

A pesar de su belleza, se doblegaba a mí suplicando el abrazo, un abrazo prolongado que le devolviese a su otra vida

Y mis dedos alargados hasta el infinito, se abrieron en abanico provocando una estampida de pájaros, que el silencio de Armilla fue violado hasta la queja de sus aguas emitiendo un chasquido singular en la fuente de las Dos Orillas. Mis brazos se abrieron como suaves tentáculos para acoger su cuerpo en un abrazo prolongado hasta el fin de mi oración susurrada en sus oídos.

En ese instante, las aguas se alzaron tormentosas en un alud de gotas infinitas que caían en finísima lluvia por la ciudad de Armilla. El viento desatado originó un despliegue de olas que salían furiosas por los caños de la fuente de las Dos Orillas. Ludmila quedó envuelta en una transparente burbuja y rodó hasta el mar para formar la gota más hermosa del Océano...

Su gran cola de pez la alejó de nosotros como un barco ondulante escondido entre las olas desde donde ella vigila y defiende para siempre, la leyenda de la ciudad de Armilla...

 

 

Milagros Román es curandera en Armilla

 

 

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