EL
PAÍS DEL AGUA ES EL INFIERNO DE LOS ÍGNEOS
El
país del agua es el infierno de los ígneos, la raza
flamígera no se extinguió, murió luchando,
pero su destino fue ser un pueblo dominante y cruel, arrasaron
planetas, destruyeron ciudades enteras, condenaron al hielo—su
mayor tortura—a los disidentes que reclamaron soluciones pacíficas
y jamás en sus labios quebrados hubo una mueca de temblor
que delatara arrepentimiento. Decían de sus mujeres que
extremaban el latido dulzor junto al más puro fuego de
su cuerpo. Ursula Andres perteneció a su raza y en una
sola noche arrasó Hollywood, después millones de
humanos se rindieron a su exquisito poder al verla salir, con
un biquini que la desnudaba, de unas aguas radiantes y silentes.
Yo llegué a Armilla, el infierno del agua, con un legado
del buen Dios. He de decir que el oficio de ángel es pasajero
y que las alas encanecen y se estrían y que los nódulos
sagrados que las mueven sufren de artritis con el tiempo y que
el reuma de los voladores es una comezón tan dolorosa como
la peor de las razones para no vivir más. Desde mi posición
de ser sagrado he de decir que no me mueve ninguna acción
moral, ángel era mi padre y un ángel fue mi abuelo
y yo heredé de ellos alas, santidad y la divina gracia,
cualidades que al menos, si no me han movido a la jactancia, si
me han permitido asegurarme un buen trabajo estable en estos tiempos
procelosos, plenos de timadores merodeantes en pos de una furtiva
presa. Yo no soy bueno, lo reconozco, pero yo no soy Dios, tan
sólo soy un ángel y cómo tal tengo la libertad
precisa para poder revelarme contra él, aunque no la maldad
necesaria y es que la cobardía es otro rasgo común
a mi familia que siempre fue aplicada, adicta al régimen
celeste y colaboradora con los cielos. De los ígneos los
ángeles tuvimos la tentación de modelar, pues cada
raza malvada del planeta universo incita al ángel a una
pasión artística desconocida y es bien sabido que
no hay mayor peligro para el ángel que convertirse en un
artista, ya que el arte es enemigo del Sagrado porque es contra
el mundo y aparta de Dios, porque niega el mundo y pretende recrearlo,
reinterpretarlo. Muchas veces, mientras mis manos estudiaban la
traición de los iguales, mis manos sentían el deseo
de buscar barro y modelar y quién sabe si hubiera sucumbido
a aquella tentación y me hubiera ocurrido como a aquel
ángel malvado que creó al hombre del barro y a su
compañera de una simple costilla, ese ángel malvado
es adorado en otros mundos que le llegaron a considerar el verdadero
Dios, pero el Sagrado sabe de su malicia y pudre su invento con
las armas que en su día les substrajo a los ígneos;
así les llena del fuego del tabaco y del alcohol y del
fuego del sexo, intentando de esa forma apartarlos del maléfico
alfarero y acercarlos a él. Supe yo de los ígneos
muy poca cosa, apenas cuatro datos o más de los que aprendí
en mi formación angélica en la escuela. Cuando barajas
todos los pueblos del universo llegas a darte cuenta de que la
maldad es una constante, algunos compañeros se deprimen
y se pasan a formación privada, decidiendo desempeñar
labores de escolta como ángeles de la guarda, otros deciden
sumarse al mal y vuelan a engrosar las hordas de los ahijados
de Lucifer. En todo caso yo no les condeno y a decir verdad hay
muchas veces que les envidio. No soy perfecto, soy adicto al incienso
y amigo de homilías y mi mayor pecado fue enamorarme de
una rueda granate sin guardabarros que había sido de una
bicicleta, pero luego fue mía y le rendí un fetichista
amor sin sexo a sabiendas de que el Magnífico no nos permitía
sentir placer ni sentimientos por todo aquello que estuviera vivo
y fuera corporal. Me preguntaba si en el infierno de los ígneos
encontraría flotando el caucho junto a sus almas despedazadas
o si por el contrario Armilla sería un gran desierto acuoso
semejante a Sedón o a Tugarl o parecido a Sutilde pero
sin corrientes o a Persido pero sin la agónica mirada de
los devoradores. En todo caso me entristecía pensar que
mi misión no iba a ser redentora sino oprobiosa, que mi
ignominia sería constatar su cantidad de sufrimiento para
que nada escapase a la desidia del buen Dios. Me aterraba pensar
que los ígneos hubiesen encontrado—tanta era su perversión—un
placer masoquista en el agua y disfrutasen lo suyo con eso, en
ese caso, mi función sería devolverles al lugar
de su origen donde ya no podrían adaptarse al nuevo cambio.
Mi cabeza vibraba con la emoción de ser reconocido, la
envidia que iban a sentir de mí mis compañeros al
verme recompensado por mis méritos y ascendido a un lugar
más cercano a Dios, quizás alguna de esas casas
blancas y amarillas que tienen dos piscinas y un espacio cuadrado
para jugar al golf pequeño con los niños. En todo
caso tendría un terreno jugoso ajardinado y una azotea
clara para observar directamente la luz de Dios. No sé
bien si en mi anterior reencarnación fui un hombre o qué
sé yo, pero el caso es que los hombres me producían
simpatía. En mis primeros inicios como ángel estuve
al servicio de un rico arcángel mercader que no tenía
uno sino cuatro hombres que cuidaban su hacienda, mi preferido
era uno de color negro al que llamaba Blaky y al que alimentaba
yo mismo, comiendo incluso de mi misma mano, llegando a pesar
por eso de cuatro a siete toneladas, pues es sabido que los hombres
engordan mucho en su dorado cielo donde allá van creyendo
que es el premio por ser buenos y son de inmediato reducidos a
animales de guarda con una exagerada tendencia a engrosar sebo
bajo la piel. Maldigo a los que piensan que la mente de un ángel
es dulce, que es una confitura de buenos pensamientos. Al menos
sé que mi mente es imperfecta porque en nosotros el tiempo
es un aprendizaje que nos lleva a ser lo que seremos, pero no
lo que somos, de esa forma, viviendo el presente, mi mente está
marcada por el signo de la imperfección y sólo,
con poderes videnciales, trasladándome al futuro, soy capaz
de ver en mí todas aquellas nobles gracias con las que
el creador me diseñó. Si he de hacer un reproche
sólo lamento ser el juez y el verdugo de Armilla. Ahora.
En este preciso momento en el que me veo obligado a asumir su
destrucción.
José
Ángel Pizarro Nogués es angel en Armilla